
EL
PROTESTANTISMO COMPARADO
CON EL
CATOLICISMO
Dr. D. Jaime Balmes 1842
TOMO 5 caps. 60 a 73 final
Resumen de la obra y declaración del autor, sujetándola
al juicio de la Iglesia romana.
DEMOCRACIA.
En los siglos que precedieron al XVI, era tal la situación de Europa, que no
parece fácil que la democracia ocupara un lugar muy distinguido en las teorías
políticas. Ahogada por tantos poderes como encontraba establecidos, escasa
todavía de los medios que andando el tiempo le granjearon ascendiente, era muy
natural que cuantos pensaban en gobierno la divisasen apenas. De hecho se
hallaba muy abatida; y así no fuera extraño que influyendo la realidad sobre
las ideas, éstas representasen al pueblo como una parte abyecta de la sociedad,
indigna de honores y de bienestar, apta únicamente para obedecer, trabajar y
servir.
Sin
embargo, es notable que las ideas tomaban otra dirección; pudiendo asegurarse
que eran mucho más elevadas y generosas que los hechos. Y he aquí una de las
pruebas más convincentes del desarrollo intelectual que había comunicado al
hombre el cristianismo; he aquí uno de los testimonios más irrecusables de
aquel profundo sentimiento de razón y de justicia que había depositado en el
corazón de la sociedad; elementos que no podían ser ahogados por los hechos más
contrarios y más fuertes, porque tenían un apoyo en los mismos dogmas de la
religión, y ésta se hallaba firme a pesar de todos los trastornos, como después
de destruida una máquina queda inmóvil e inalterable un eje robusto.
Leyendo
los escritos de aquella época encontramos establecido como cosa indudable el
derecho que tiene el pueblo a que se le administre justicia, que no se le
atropelle con ninguna clase de vejaciones, que se distribuyan con equidad las
cargas, que no se obligue a nadie sino a hacer aquello que sea conforme a
razón, y conducente al bien de la sociedad; es decir, que vemos reconocidos y
asentados todos aquellos principios sobre los cuales debían fundarse las leyes
y las costumbres que habían de producir la libertad civil.
559 Y
es esto tanta verdad, que a medida que fueron consintiéndolo las
circunstancias, se desarrollaron esos principios con la mayor extensión y
rapidez, se hicieron de ellos amplias y multiplicadas aplicaciones, y la
libertad civil quedó tan arraigada entre los pueblos de
En
confirmación de que las ideas favorables al pueblo eran hijas del cristianismo,
alegaré una razón que me parece decisiva. La filosofía que a la sazón dominaba
en las escuelas era la de Aristóteles. Su autoridad era de mucho peso; se le
llamaba por antonomasia el, filósofo; un buen comentario de sus obras parecía
el más elevado punto a que en estas materias se podía llegar. Sin embargo, es
bien notable que en lo tocante a las relaciones sociales no eran adoptadas las
doctrinas del publicista de Estagira; y que los escritores cristianos
contemplaban a la humanidad con mirada más alta y generosa.
Aquella
degradante enseñanza sobre hombres nacidos para servir, destinados a este fin
por la naturaleza misma anteriormente a toda legislación, aquellas horribles
doctrinas sobre el infanticidio, aquellas teorías que de un golpe inhabilitaban
para el título de ciudadano a todos los que ejercían oficios mecánicos, en una
palabra, aquellos monstruosos sistemas que los antiguos filósofos aprendían sin
pensarlo de la sociedad que los rodeaba, todo esto lo desecharon los filósofos
cristianos.
El
hombre que acababa de leer
Una
de las causas que más impiden el desarrollo del elemento popular haciendo que
el mayor número de los habitantes de un país no salga nunca de un estado de
abyección y, servidumbre, es el régimen de las castas; pues que vinculándose en
ellas los honores, riquezas y mando, y trasmitiéndose de padres a hijos estos
privilegios, se levanta una barrera que separa a unos hombres de otros, y acaba
por hacer considerar a los más fuertes cual si pertenecieran a especie más
elevada.
560 "Cuando
se trata de la creación y transmisión del poder eclesiástico, se usa comúnmente
una palabra que tengo necesidad de separar de este lugar: tal es la palabra casta. Suele decirse que el cuerpo de
magistrados eclesiásticos forma una casta. Tal expresión está llena de error,
pues que la idea de casta envuelve la de sucesión y herencia, y la sucesión y
herencia no se encuentran en
Consultad,
si no, la historia; examinad los países en los que ha dominado el régimen de
las castas: fijaos, si os place, en
"Se manifiestan ya por sí mismas las
consecuencias de esta diferencia; siempre que hay casta, hay herencia; siempre
que hay herencia hay privilegio. Ideas son éstas unidas, dependientes las unas
de las otras. Cuando las mismas funciones, los mismos poderes se comunican de
padres a hijos, está visto que el privilegio pertenece exclusivamente a la
familia; y esto es lo que efectivamente aconteció en todas las partes en que el
gobierno religioso se radicó en una casta.
Todo lo contrario ha sucedido en
A la sazón todo lo dominaba el privilegio,
excesivamente desigual era la condición de los hombres; sólo
Este
magnífico pasaje del publicista francés vindica cumplidamente a
561 Sabido
es cuánto han declamado contra el celibato religioso los afectados defensores
de la humanidad; pero es bien extraño que no hayan visto cuán exacta es la
observación de M. Guizot de que el
celibato ha impedido que el clero cristiano llegase a ser una casta.
En efecto, veamos lo que hubiera sucedido en el caso contrario. En los tiempos
a que nos referimos era ilimitado el ascendiente del poder religioso, y muy
cuantiosos los bienes de
Lo
que acabo de afirmar no es una vana conjetura, es un hecho positivo que puedo
evidenciar con la historia en la mano. La legislación eclesiástica nos presenta
notables disposiciones por las cuales se echa de ver que fué necesario todo el
vigor de la autoridad pontificia para impedir que no se introdujese la indicada
sucesión. La misma fuerza de las cosas tendía visiblemente a este objeto; y si
Léase el titulo
XVII del libro I de las Decretales de Gregorio IX,
y por las disposiciones pontificias en él contenidas se convencerá cualquiera
de que el mal ofrecía síntomas alarmantes. Las palabras empleadas por el Papa,
son las más severas que encontrarse pueden: "ad
enormitatem istam eradicandam", "observato
Apostolici rescripti decreto quod successionem in Ecclesia Dei hereditariam
detestatur." =
"Ad extirpandas successiones a sanctis Dei Ecclessis studio totius
sollicitudinis debemus intendere." = "Quia igitur in Ecclesia successiones, et in praelaturis et
dignitatibus Ecclesiasticis statutis canonicis dammantur";
éstas y otras expresiones semejantes manifiestan bien claro que el peligro era
ya de alguna gravedad, y justifican la prudencia de
Sin
la continua vigilancia de la autoridad pontificia el abuso hubiera cundido cada
día más, ya que a él impulsaban los más poderosos sentimientos de la
naturaleza. Habían transcurrido cuatro siglos desde que se dieron las
disposiciones a que acabo de aludir, cuando vemos que todavía en 1533, el Papa
Clemente VII se ve precisado a restringir un canon de Alejandro III, para
obviar graves escándalos de que se lamenta sentidamente el piadoso pontífice.
562 Ahora,
suponed que
Este
bello fruto nos habría traído el matrimonio de los eclesiásticos, si la llamada
Reforma se hubiese realizado algunos siglos antes. Viniendo a principios del
XVI encontró ya formada en gran parte la civilización europea; tenía que
habérselas con un adulto a quien no era fácil hacerle olvidar sus ideas ni
cambiar sus costumbres. Lo que ha sucedido nos indicará lo que habría podido
suceder.
En
Inglaterra se formó estrecha alianza entre la aristocracia seglar y el clero
protestante; y ¡cosa notable! allí se ha visto, y se está viendo todavía, algo
de semejante a castas, bien que con las modificaciones que no puede menos de
traer consigo el gran desarrollo de cierto género de civilización y libertad a
que ha llegado Gran Bretaña.
Si
en los siglos medios el clero se hubiese constituido clase exclusiva,
afianzando su perpetuidad en la sucesión hereditaria, era natural que se
estableciese la alianza aristocrática que acabo de citar; y entonces, ¿quién la
quebrantará? Los enemigos de
Se
objetará que Europa no es Asia: es cierto; pero tampoco
Es
cierto también que el celibato le ha dado al clero una fuerza moral, y un
ascendiente sobre los ánimos, que por otros medios no alcanzara; pero esto sólo
prueba que
563 ¿Y
acaso no es altamente digno de alabanza que para dirigir a la humanidad se
empleen, en cuanto posible sea, los medios morales? ¿Por ventura no es
preferible que el clero católico haya hecho con instituciones severas para sí,
lo que en parte pudiera hacer adoptando sistemas lisonjeros a sus pasiones, y
envilecedores (le los demás? Bien resplandece aquí la obra de aquel que estará
con su Iglesia hasta la consumación de, los siglos.
Sea
lo que fuere del peso de las reflexiones que preceden, no se me podrá negar que
donde no ha existido el cristianismo, allí el pueblo ha sido la víctima de unos
pocos que sólo le han retribuido sus fatigas con ultraje y desprecio.
Consúltese la historia, atiéndase a la experiencia, el hecho es general,
constante, sin que ni siquiera formen excepción las antiguas repúblicas que
tanto blasonaron de su libertad. Debajo de formas libres había la esclavitud,
propiamente dicha, para el mayor número, cubierta con bellas apariencias para
esa muchedumbre turbulenta, que servía a los caprichos de un tribuno, y que
quería ejercer sus altos derechos cuando condenaba al ostracismo o a la muerte
a ciudadanos virtuosos.
Entre
los cristianos, a veces las apariencias no eran de libertad; pero el fondo de
las cosas le era siempre favorable; si por libertad hemos de entender el
dominio de leyes justas, dirigidas al bienestar de la multitud, fundadas sobre
la consideración y profundo respeto que son debidos a los derechos de la
humanidad.
Observad
todas las grandes fases de la civilización europea, en los tiempos en que
dominaba exclusivamente el Catolicismo; con sus variadas formas, con sus
distintos orígenes, con sus diversas tendencias, todas se encaminan a favorecer
la causa del mayor número; lo que a este fin se dirige, dura; lo que le
contraría, perece. ¿Cómo es que no ha sucedido así en los demás países? Si
evidentes razones, si hechos palpables no manifestaran la saludable influencia
de la religión de Jesucristo, bastar debiera coincidencia tan notable para
sugerir graves reflexiones a cuantos meditan sobre el curso v carácter de los
acontecimientos que cambian o modifican la suerte del humano linaje.
Los
que nos han presentado el Catolicismo como enemigo del pueblo, debieran
indicarnos alguna doctrina de
564 Por
cierto que ni poseía las riquezas que después ha adquirido ni se habían
extendido los conocimientos tanto como se ha verificado en tiempos más
modernos; pero semejantes progresos ¿se deben por ventura al Protestantismo?
¿Acaso el siglo XVI no se inauguraba bajo mejores auspicios que el XV, así como
éste se había aventajado al XIV? Esto prueba que
Lo
que ha dado más vuelo a la democracia moderna, disminuyendo la preponderancia
de las clases aristocráticas, ha sido el desarrollo de la industria y comercio.
Yo examino lo que sucedía en Europa antes de la aparición del Protestantismo, y
veo que lejos de que embargaran semejante movimiento las doctrinas e
instituciones católicas, debían de favorecerlo; pues que a su sombra y bajo su
protección se desenvolvían los intereses industriales y mercantiles de una
manera sorprendente.
Nadie
ignora el asombroso desarrollo que habían tenido en España; y sería un error el
creer que tal progreso fué debido a los moros. Cataluña sujeta a la sola
influencia católica, se nos muestra tan activa, tan próspera, tan inteligente
en industria y comercio, que parecería increíble su adelanto si no constara en
documentos irrecusables. Al leer las Memorias históricas sobre la marina,
comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, de nuestro insigne
Campmany, parece que uno se engríe de pertenecer a esa nación catalana, cuyos antepasados
se lanzaban tan briosamente a todo linaje de empresa, no consintiendo que otras
los aventajasen en la carrera de la civilización y cultura.
Mientras
en el mediodía de Europa se verificaba este hermoso fenómeno, se había
levantado en cl Norte la asociación de las ciudades anseáticas, cuyo primer
origen se pierde en la oscuridad de los siglos medios; y que con el tiempo
llegó a ser poderosa hasta el punto de medir sus fuerzas con los monarcas. Sus
riquísimas factorías establecidas en muchos puntos de Europa, y favorecidas con
ventajosos privilegios, la elevaron al rango de una verdadera potencia. No
contenta con el poderío que disfrutaba en su país, y además en Suecia, Noruega
y Dinamarca, lo extendía hasta
Es
bien notable que la asociación anseática había tomado por modelo las
comunidades religiosas, en lo tocante al sistema de vida de los empleados de
sus factorías. Comían en común, tenían dormitorios comunes, y a ningún
habitante de ellas le era permitido casarse. Si contravenía a esta ley, perdía
los derechos de socio anseático y de ciudadano.
En
Francia se organizaron también las clases industriales, de suerte que pudiesen
resistir mejor a los elementos de disolución que entrañaban; y cabalmente este
cambio, tan fecundo en resultados, es debido a un rey a quien
¿Y
qué diremos de
Parece increíble el vuelo que en aquella
península habían tomado la industria y comercio, y el consiguiente desarrollo
del elemento democrático. Si la influencia del Catolicismo fuese de suyo tan
apocadora, si el aliente de la corte romana fuese mortal para el progreso de
los pueblos, ¿no es verdad que debían hacerse sentir con más daño allí donde
podían obrar más de cerca? ¿Cómo es que mientras buena parte de Europa gemía
bajo la opresión del feudalismo, la clase media, la que no tenía más títulos de
nobleza que el fruto de su inteligencia y trabajo, se mostrase en Italia tan
poderosa, tan lozana y floreciente? No pretendo que este desarrollo se debiese
a los papas; pero al menos será preciso convenir en que los papas no lo
embarazaban.
Y
ya que vemos un fenómeno semejante en España, particularmente en
No
alcanzo ver con qué ojos han estudiado la historia los que han querido otorgar
al Protestantismo el bello título de favorable a los intereses de la multitud.-
566 Su origen fué esencialmente
aristocrático, y en los países donde ha logrado
arraigarse ha establecido la aristocracia sobre cimientos tan profundos, que no
han bastado a derribarla las revoluciones de tres siglos. Véase en prueba de
esta verdad lo sucedido en Alemania, en Inglaterra, y en todo el norte de
Europa.
Se
ha dicho que el calvinismo era más favorable al elemento democrático, y que si
hubiese prevalecido en Francia habría sustituido a la monarquía un conjunto de
repúblicas confederadas. Sea lo que fuere de tal conjetura sobre un cambio, que
por cierto no era muy favorable al porvenir de aquella nación, siempre resulta
que no se habría podido ensayar otro sistema que el aristocrático; dado que no
permitían otra cosa las circunstancias de la época, ni consintieran diferente
organización los magnates que se hallaban a la cabeza de las innovaciones
religiosas.
Si
el Protestantismo hubiese triunfado en Francia, quizás los pobres paisanos trataran de
imitar a los de Alemania
reclamando una parte en el pingüe botín; pero de seguro que la proverbial
dureza de Calvino no les fuera menos funesta que lo fué a los alemanes el
atolondramiento de Lutero. Es probable que aquellos miserables aldeanos, que,
según relación de escritores contemporáneos, no comían más que negro pan de
centeno, jamás probaban la carne, dormían sobre un montón de paja y no usaban
otra almohada que un trozo de madera, al levantarse para reclamar en provecho
propio las consecuencias de las nuevas doctrinas habrían sufrido la misma
suerte que sus hermanos de Alemania, los cuales no fueron castigados sino
exterminados.
En
Inglaterra
la repentina desaparición ele los conventos produjo el pauperismo; pues que
pasando los bienes a manos seglares, quedaron sin medios de subsistencia, así
los religiosos arrojados de sus moradas como los indigentes que antes vivían de
la limosna de aquellos piadosos establecimientos.
Y
nótese bien que el daño no fue pasajero: ha continuado hasta nuestros días, y
es aún el mayor de los que afligen a
Algo
había en el Protestantismo que no lisonjearla a los demócratas de la época,
cuando vemos que no pudo encontrar acogida en España ni en Italia, que eran a
la sazón los dos países donde el pueblo disfrutaba más bienestar, más derechos.
567 Y
esto es tanto más reparable cuanto vernos que las innovaciones prendieron
fácilmente allí donde preponderaba la aristocracia feudal. Se me hablará de las
Provincias Unidas; pero esto sólo prueba que el Protestantismo, codicioso de
sostenedores, se aliaba gustoso con todos los descontentos. Si
Felipe II hubiese sido un celoso protestante, las Provincias Unidas habrían
quizás alegado que no querían continuar sometidas a un príncipe hereje.
Largos
siglos estuvieron aquellos países bajo la exclusiva influencia del Catolicismo,
y sin embargo prosperaron, y el elemento popular se desenvolvía en ellos sin
encontrar que la religión le sirviese de obstáculo. ¿Cabalmente a principios
del siglo XVI descubrieron que no podían medrar sin abjurar la fe de sus
mayores?
Observad
la situación geográfica de las Provincias Unidas, vedlas rodeadas de reformados
que les ofrecían auxilio, y entonces encontraréis en el orden político las
causas que buscáis en vano en imaginarias afinidades del sistema protestante
con los intereses del pueblo. [i]
VER
NOTA 34.
EL
ENTUSIASMO por ciertas instituciones políticas que tanto había cundido en
Europa en los últimos tiempos, se ha ido enfriando poco a poco; pues que la
experiencia ha enseñado que una organización política que no esté acorde con la
social, no sirve de nada para el bien de la nación, antes al contrario derrama
sobre ella un diluvio de anales.
Se
ha comprendido también, y no ha dejado de costar trabajo comprender una cosa
tan sencilla, que las formas políticas sólo deben mirarse como un instrumento
para mejorar la suerte de los pueblos; y que la libertad política, si algo
había de significar de razonable, no podía ser sino un medio para adquirir la
civil.
Estas
ideas son ya comunes entre todos los hombres que saben; el fanatismo por estas
o aquellas foráneas políticas, sin relación a los resultados civiles, se deja
ya solamente como propio de ilusos, o como recurso muy desacreditado del que
echan mano afectadamente aquellos ambiciosos, que careciendo de mérito sólido
no tienen otro camino de medrar sino las revueltas y trastornos.
568 Sin
embargo, no puede negarse que miradas las formas políticas como un instrumento,
han adquirido consideración y arraigo en algunos países las que se llaman de
gobierno mixto, templado, constitucional, representativo, o como se quiera; y
por esta causa llevará mala recomendación en muchas partes todo principio al
cual se le suponga enemigo natural de las formas representativas, y amigo
únicamente de las absolutas.
La
libertad civil se ha hecho una necesidad para los pueblos europeos; y como en
algunas naciones se ha vinculado de tal manera la idea de ésta con la de
libertad política, que es difícil hacer entender que la civil también puede
encontrarse bajo una monarquía absoluta, es menester analizar cuáles son en
esta materia las tendencias de la religión católica y de la protestante,
tendencias que procuraré descubrir examinando con imparcialidad los hechos
históricos.
“Nunca
tal vez ha sido más raro, dice muy bien M. Guizot, el conocimiento de los
resortes naturales del inundo y de los caminos secretos de
De
propósito me he servido de la palabra tendencias, porque es bien claro que el
Catolicismo no tiene sobre este punto ningún dogma; nada determina sobre las
ventajas de esta o aquella forma de gobierno; el romano pontífice reconoce como
a su hijo al católico que se sienta en los escaños de una asamblea americana,
como al vasallo que recibe sumiso las Ordenes de un poderoso monarca.
Es
demasiada la sabiduría que distingue a la religión católica, para que pudiera
descender a semejante arena. Arrancando del mismo cielo se extiende corno la
luz del sol sobre todas las cosas; a todas las ilumina y fecundiza, pero ella
no se oscurece ni empaña. Su destino es encaminar al hombre al cielo,
proporcionándole como de paso grandes bienes y consuelos en la tierra;
muéstrale de continuo las verdades eternas, dale saludables consejos en todos
los negocios; pero en descendiendo a ciertas particularidades, no le obliga, no
le estrecha.
Le
recuerda las santas máximas de su moral, le advierte que no se desvíe de ellas,
y como que le dice a manera de tierna madre a su hijo: "con tal que no te apartes de lo que te he
enseñado, obra como mas conveniente te parezca."
569 Pero,
es verdad que el Catolicismo entrañe al menos cierta tendencia a estrechar la
libertad? ¿Qué es lo que ha producido en Europa el Protestantismo con respecto
a formas políticas? ¿En qué ha enmendado o mejorado la obra del Catolicismo?
En
los siglos anteriores al XVI se había complicado de tal suerte la organización
de la sociedad europea, tal era el desarrollo de todas las facultades
intelectuales, tal era la lucha de intereses muy poderosos, y tal por fin la
extensión de las naciones que con la aglomeración de las provincias se andaban
formando, que era de todo punto indispensable para el sosiego y prosperidad de
los pueblos, un poder central, fuerte, robusto, muy elevado sobre todas las
pretensiones de los individuos y de las clases.
No
de otra manera era concebible que pudiera
Esta
fué la causa por que tan luego como principió a ser posible, se vió una
irresistible tendencia hacia la monarquía; y cuando la misma tendencia se hizo
sentir en todos los países de Europa, hasta en aquellos que tenían
instituciones republicanas, señal es que existían para ello causas muy
profundas.
En
la actualidad ningún publicista de nota duda ya de estas verdades; pues
cabalmente de medio siglo a esta parte se han verificado sucesos muy a
propósito para manifestar que la monarquía en Europa era algo más que
usurpación y tiranía; hasta los países en que se han arraigado mucho las ideas
democráticas, han tenido que modificarlas, y quizás falsearlas lo necesario
para poder conservar el trono, al que miran como la mas segura garantía de los
grandes intereses de la sociedad.
Achaque
es de todas las cosas humanas que, por más buenas y saludables que sean,
traigan siempre consigo su correspondiente sequito de inconvenientes y males; y
ya se ve que de esta regla general no podía ser una excepción la monarquía, es
decir, que la grande extensión y fuerza del poder había de acarrear abusos y
excesos. No son los pueblos europeos de índole tan sufrida y genio tan
templado, que puedan sobrellevar en calma ningún linaje de desmanes.
Tan
profundo es el sentimiento que tiene el europeo de su dignidad, que para él es
incomprensible ese quietismo de los pueblos orientales, que vegetan en medio
del envilecimiento, que obedecen con abatida frente al déspota que los oprime y
desprecia.
Así
es que si bien se ha conocido y sentido en Europa la necesidad de un poder muy
robusto, se ha tratado empero siempre de tomar aquellas medidas que pudieran
reprimir y precaver sus abusos.
570 Nada
tan a propósito para hacer resaltar el grandor y dignidad de los pueblos de
Europa, como el compararlos en esta parte con los de Asia; allí no se conoce otro
medio de sustraerse de la opresión que degollar al soberano. Está humeando
todavía la sangre del uno, y ya se sienta en el trono algún otro, cuya planta
pisa con orgulloso desdén la cerviz de aquellos hombres tan crueles como
degradados.
En
Europa no; en Europa se apela ahora y se ha apelado siempre a los medios
propios de la inteligencia; al planteo de instituciones, que de un modo estable
y duradero pongan a cubierto a los pueblos de vejaciones y demasías. No es esto
decir que tales esfuerzos no hayan costado torrentes de sangre, ni que se haya
seguido el camino más conducente; pero sí que el espíritu de
El
problema no es de hoy, existe desde la cuna de las sociedades europeas; lejos
de que su conocimiento date de estos últimos tiempos, ya muy anteriormente se
habían hecho grandes esfuerzos para resolverle. He aquí cómo expone sus ideas
sobre las causas de que exista este difícil problema el conde de Maistre.
"Aunque
la soberanía no tenga mayor ni más general interés que el de ser justa, y
aunque los casos en que puede caer en la tentación de no serlo, sean sin
comparación menos que los otros, sin embargo ocurren por desgracia muchas
veces; y el carácter personal de ciertos soberanos puede aumentar estos
inconvenientes, hasta el punto de que para hacerlos soportables, casi no hay
otro medio que el de compararlos con los que indudablemente resultarían si no
existiese el soberano.
"Era, pues,
imposible que los hombres no hiciesen de tiempo en tiempo algunos esfuerzos
para ponerse a cubierto de los excesos de esta enorme prerrogativa; mas sobre
este punto se ha dividido el mundo en dos sistemas enteramente diversos uno de
otro.
"La atrevida
raza de Jafet no ha cesado de gravitar, si es permitido decirlo así, hacia lo
que indiscretamente se llama la libertad, es decir, hacia aquel estado en que
el que gobierna es lo menos gobernador posible, y el pueblo tan poco gobernado
como puede ser. El europeo siempre prevenido contra sus dueños, ya los ha
destronado, ya les ha impuesto leyes; lo ha tentado todo, y apurado todas las
formas imaginables de gobierno para emanciparse de dueños, o para cercenarles
el poder.
571 "La inmensa
posteridad de Sezn y de Canz ha tomado otro rumbo diferente; y, desde los
tiempos primitivos hasta nuestros días, ha dicho siempre a un hombre solo:
"Haced de nosotros todo lo que
queráis; y cuando nos hallemos ya cansados de sufriros, os degollaremos."
Por lo demás, nunca
han podido ni querido saber qué viene a ser una república; ni tratado ni
entendido nada de equilibrio de poderes, ni de esos privilegios o leyes
fundamentales, de que nosotros tanto nos jactamos.
Entre ellos el
hombre más rico y más señor de sus acciones, el poseedor de una inmensa fortuna
mobiliaria, absolutamente libre de transportarla donde quisiese, y seguro por
otra parte de una entera protección en el suelo europeo, aunque vea venir hacia
sí el cordón o el puñal, los prefiere no obstante a la desdicha de morir de
tedio en medio de nosotros.
"Sin duda que
nadie aconsejará a
Este
espíritu de libertad política, este deseo de limitar el poder por medio de
instituciones, no data, pues, de la época de los filósofos franceses; antes de
ellos, y aún mucho antes de la aparición del Protestantismo, circulaba ya por
las venas de los pueblos de Europa: la historia nos ha conservado de esta verdad
monumentos irrefragables.
¿Cuáles
fueron las instituciones juzgadas a propósito para llenar este objeto. Ciertas
asambleas, donde pudiese resonar el eco de los intereses y de las opiniones de
la nación; asambleas que formadas de esta o de aquella manera, y reunidas a
tiempos alrededor del trono, pudieran elevarle sus quejas y reclamaciones.
Como
no era posible que estas asambleas gobernasen, lo que hubiera sido destruir la
monarquía, era menester que se les asegurase de un modo u otro la influencia en
los negocios del Estado; y, yo no veo que hasta ahora se haya ideado algo más a
propósito que el derecho de intervenir en la formación de las leves, garantido
por otro derecho que puede llamarse el arma de la representación nacional: la
votación de los impuestos.
¡Mucho
se ha escrito sobre constituciones y gobiernos representativos, pero lo
esencial está aquí; las modificaciones pueden ser muchas, muy varias, pero al
fin todo viene a parar a un trono, centro de poder y de acción, rodeado de
asambleas que deliberan sobre las leyes y los impuestos.
572
Mirada la libertad política desde este punto
de vista, ¿debe acaso su origen a las ideas protestantes? ¿Tiene nada que
agradecerles? ¿Tiene algo que echar en cara al Catolicismo?
Yo
abro los escritos de los autores católicos anteriores al Protestantismo, para
ver qué es lo que pensaban sobre esta materia; y encuentro que veían claramente
el problema que había por resolver; yo escudriño si puedo encontrar en ellos
nada que contrariase el movimiento del mundo, nada que se oponga a la dignidad
ni que menoscabe los derechos del hombre, nada que tenga afinidad con el
despotismo, con la tiranía; y los encuentro llenos de interés por la
ilustración y progreso de la humanidad, rebosando de sentimientos nobles y
generosos, llenos de celo por la felicidad del mayor número, y noto que levanta
la indignación su pecho al solo mentar el nombre de tiranía y despotismo.
Abro
los fastos de la historia, examino las ideas y costumbres de los pueblos, las
instituciones dominantes; y veo por todas partes fueros, privilegios,
libertades, cortes, estados generales, municipalidades, jurados.
Lo
veo con cierta informe confusión, pero lo veo; y no extraño que no se presente
con regularidad, porque es un nuevo mundo, que acaba de salir del caos.
Pregunto si el monarca tiene facultad de formar leyes por sí solo; y en esto,
como es natural, encuentro variedad, incertidumbre, confusión; pero observo que
las asambleas que representan las varias clases de la nación toman parte en la
formación de esas leyes; pregunto si tienen intervención en los grandes
negocios del Estado, y encuentro consignado en los códigos que se las debe
consultar en los asuntos de más gravedad e importancia, y hallo que muy a
menudo lo verifican así los monarcas; pregunto si esas asambleas tienen algunas
garantías de su existencia e influjo, y los códigos me muestran textos
terminantes, y cien y cien hechos vienen a recordarme el arraigo de estas
instituciones en los hábitos y costumbres de los pueblos.
¿Y
qué religión era entonces la dominante? El Catolicismo ¿Eran muy apegados a la religión
los pueblos? Tanto, que el espíritu religioso lo señoreaba todo. ¿Tenía el
clero mucha influencia? Muy grande. ¿Cuál era el poder de los papas? Inmenso. ¿Dónde están las
gestiones del clero para acrecentar las facultades de los reyes a expensas de
los pueblos? ¿Dónde los decretos pontificios contra estas o aquellas formas?
¿Dónde las medidas y las trazas de los papas para menoscabar ningún derecho
legítimo?
473
Entonces me digo con indignación: si bajo la
influencia del Catolicismo salía del caos
¿Dónde
esa impía alianza de los reyes y de los papas para oprimir y vejar, para entronizar
el feroz despotismo, y gozarse a su sombra con los infortunios y las lágrimas
de la humanidad?
Cuando
los papas tenían desavenencias con algunos reinos ¿eran por lo común con los príncipes, o con los
pueblos?
Cuando había que decidirse contra la tiranía,
o contra la opresión de alguna clase, ¿quién había que levantase voz más alta y
robusta que el pontífice romano? ¿No son los papas quienes, como confiesa Voltaire, "han
contenido a los soberanos, protegido a los pueblos, terminando querellas temporales
con una sabia intervención, advertido a los reyes y a los pueblos de sus
deberes, y lanzado anatemas contra los grandes atentados que no habían podido
prevenir?" (Citado por de Alaistre, del Papa, lib. 2, cap.
3.)
¿No
es bien notable que la bula In Cana Domini, esa bula que tanto ruido metió,
contenga en su art. 5 una excomunión contra "los que estableciesen en sus tierras nuevos impuestos o aumentasen los
antiguos, fuera de los casos señalados por el derecho?"
El
espíritu de deliberación, tan común hasta en aquellas épocas en que formaba
singular contraste con la inclinación a medios violentos, provenía en buena
parte del ejemplo que por tantos siglos había estado dando
En
efecto: no cabe encontrar sociedad, donde hayan sido más frecuentes las juntas,
en que se reuniese todo lo más distinguido por su sabiduría y virtud. Concilios
generales, nacionales, provinciales, sínodos diocesanos, he aquí lo que se
encuentra a cada paso en la historia de
En
España la mayor parte de los concilios de Toledo eran al propio tiempo
congresos nacionales, donde al paso que la autoridad episcopal llenaba sus
funciones, vigilando sobre la pureza del dogma y atendiendo a las necesidades
de la disciplina, se trataban de acuerdo con la potestad secular los grandes
negocios del Estado, y se formaban aquellas leyes que cautivan todavía la
admiración de los observadores modernos.
574 Ahora
que han caído en completo descrédito entre los mejores publicistas las utopías
de Rousseau, y que no se trata de defender los gobiernos representativos como
un medio de poner en acción la voluntad general, sino como instrumento a
propósito para consultar la razón y el buen sentido que de otra manera andarían
desparramados por la nación;
Ahora
que en los libros de derecho constitucional se nos pintan las asambleas
legislativas como focos donde pueden reunirse todas las luces que sean parte a
ilustrar las cuestiones sobre los negocios públicos, como representantes de
todos los intereses legítimos, órgano de todas las opiniones razonables, eco de
todas las quejas justas, vehículo de todas las reclamaciones, conducto de
perenne comunicación entre gobernantes y gobernados, prenda de acierto en las
leyes, medio para hacerlas respetables y veneradas a los ojos de los pueblos, y
por fin como una seguridad continua de que el gobierno, no mirando jamás a sí,
tiene siempre fija la vista en la utilidad y conveniencia pública; ahora que
con tan bellas palabras se nos dice lo que debieran ser, mas no lo que son, no
deja de ser interesante el recordar los concilios; pues que ocurre desde luego
que en cierto modo se explican con esto la naturaleza y espíritu de ellos, se
indican sus motivos y sus fines.
No
se me ocultan las capitales diferencias que median entre unas y otras
asambleas; pues de ninguna manera pueden equipararse hombres que tienen sus
poderes de un nombramiento popular, con aquellos a quienes el Espíritu Santo ha
puesto para regir
Pero
no trato yo aquí de formar ingeniosos paralelos, y de buscar cavilosamente
semejanzas que no existen; sólo me propongo manifestar la influencia que sobre
las leves y costumbres políticas debieron de tener las lecciones de prudencia y
madurez que por tantos siglos estuvo dando
Ya
miremos las historias de las naciones antiguas, va de las modernas, veremos que
en todas las asambleas deliberantes toman su asiento solamente aquellos que
tienen este derecho consignado en las leves. Pero eso de llamar al sabio, sólo
porque es sabio, ese tributo pagado al mérito, esa proclamación solemne de que
el arreglo del mundo pertenece a la inteligencia, eso lo ha hecho
575 Como
mi objeto en esta observación es demostrar que el estado civil debió en buena
parte a
Pasaré
por alto el espíritu que la ha distinguido constantemente de las otras
sociedades, cual es el buscar siempre el mérito y, nada más que el mérito, para
elevarle a los primeros puestos; espíritu que nadie le puede disputar, y que ha
contribuido mucho a darle brillo y preponderancia; pero lo que hay notable es
que este espíritu ha ejercido su influencia hasta allí donde a primera vista
parecía no deber ejercerla.
En
efecto: nadie ignora que según las doctrinas ele
¿Quién
no ha recorrido con placer la lista de los sabios que, sin ser obispos,
figuraron en el de Trento?
En
la sociedades modernas ¿no es el talento, no es el saber, no es el Qenin quien
levanta su erguida frente, quien exige consideración y- respeto, quien pretende
elevarse a los altos puestos, dirigir los negocios públicos, o ejercer sobre
ellos influencia?
Sepan,
pues, ese talento, ese saber, ese genio, que en ninguna parte se han respetado
tanto sus títulos como en
rl
nlcllnlento, las riquezas, nada significan en
576
Lo diré en los términos del día: la aristocracia del saber debe mucho de su
importancia a las ideas y costumbres de
DANDO
una ojeada al estado de Europa en el siglo XV, échase de ver fácilmente que
semejante orden de cosas no podía ser duradero; y que de los tres elementos que
se disputaban la preferencia, había de prevalecer por necesidad el monárquico.
Y no podía ser de otra manera: pues que siempre se ha visto que las sociedades,
después de muchos disturbios y revueltas, vienen al fin a colocarse a la sombra
de aquel poder que les ofrece más seguridad y bienestar.
Al
ver a aquellos grandes tan orgullosos, tan exigentes, tan turbulentos, enemigos
unos de otros, y rivales del rey y del pueblo; aquellos comunes, cuya
existencia se presenta bajo tan diferentes formas, cuyos derechos, privilegios,
fueros y libertades ofrecen un aspecto tan variado y complejo, cuyas ideas no
tienen dirección bien marcada y constante; conócese desde luego que no han de
ser parte para luchar con el poder real, a quien se le observa obrando ya con
plan premeditado, con sistema fijo, acechando todas las ocasiones que puedan
favorecerle.
¿Quién
no ha notado la sagacidad de Fernando el Católico en desenvolver y plantear su
idea dominante, la de centralizar el poder, de darle robustez, de hacer su
acción fuerte, regular y universal, es decir, la de fundar una verdadera
monarquía? ¿Quién no ha visto un digno y más aventajado continuador de
semejante política, en el inmortal Cisneros?
Y
no se crea que esto fuese en daño de las naciones; todos los publicistas
convienen en que era preciso dar nervio y estabilidad al poder, y evitar que su
acción fuera débil e intermitente; y el verdadero poder no tenía otro
representante fijo que el trono. Así es que el robustecerse y engrandecerse el
real fue una verdadera necesidad; y no podían ser parte a impedirlo todos los planes
y esfuerzos de los hombres.
577
Queda empero la dificultad, si este engrandecimiento pasó de los límites
convenientes; y aquí es donde han de encararse el Protestantismo y el
Catolicismo, para que se vea si alguno de ellos tuvo la culpa, quién fué y
hasta qué punto.
Materia
es esta muy importante y curiosa; pero al propio tiempo difícil y delicada:
porque tanto se han trastrocado los nombres en estos últimos tiempos, tanta es
la aversión que los partidos se profesan, tanta la impetuosidad con que rechazan
todo lo que ni de lejos siquiera se parece a lo que ensalzan los adversarios,
que es ardua tarea la de hacerles entender ni el estado de la cuestión, ni el
significado de las palabras.
Lo
que les suplico a los hombres de todas opiniones es que suspendan el juicio,
hasta haber leído todo lo que voy a exponer sobre este punto; pues que si lo
hacen así, si no se exaltan por una que otra palabra que pueda causarles a
primera vista algún desagrado, si tienen la suficiente templanza para escuchar
antes de juzgar, estoy seguro que si no quedamos del todo acordes, cosa
imposible en tanta variedad de opiniones, al menos no dejarán de confesar que
el aspecto bajo que considero las cosas no carece de apariencias de razón, y
que mis conjeturas no están destituidas de fundamento.
Por
de pronto prescindiré completamente de si fué o no ventajoso para la sociedad
el que en la mayor parte de las monarquías europeas quedase el poder real sin
ningún linaje de freno; a no ser aquel que de suyo le imponía el estado de las ideas
y de las costumbres. Quienes estarán por la afirmativa, quienes por la
negativa; y no es menester señalar con sus propios nombres a los que figurarán
en uno y otro bando. La palabra libertad es para muchos hombres una palabra de
escándalo; así como el nombre de poder absoluto es para otros sinónimo de
despotismo.
¿Y cuál es la libertad que los primeros
rechazan con tanta fuerza? ¿Qué significa en su diccionario esta palabra?
Ellos
han visto pasar ante sus ojos
Lo
que ha sucedido: que han unido a la idea de libertad la de toda clase de
impiedad y crímenes, y que por consiguiente la han odiado, la han rechazado, la
han combatido con las armas.
578 En
vano se ha dicho que antiguamente había Cortes; ellos han respondido que no
eran como las de ahora; en vano se ha recordado que en nuestras leyes estaba
consignado el derecho que tenía la nación de intervenir en la votación de los
impuestos; ellos han respondido que ya lo sabían, pero que los que lo hacían
ahora no representaban a la nación, y que se valían de este título para
esclavizar al pueblo y al monarca; en vano se ha opuesto que en los grandes
negocios del Estado intervenían antiguamente los representantes de las varias
clases; ellos han respondido: ¿Qué clase de Estado representáis vosotros que
degradáis al monarca, insultáis y perseguís a la nobleza, ultrajáis y despojáis
al clero, y despreciáis al pueblo burlándoos de sus costumbres y creencias?
¿A
quién representáis vosotros? ¿Cómo podéis representar a la nación española
cuando pisáis su religión y sus leyes, provocáis por todas partes la disolución
de la sociedad, y hacéis correr torrentes de sangre?
¿Cómo podéis llamaros restauradores de
nuestras leyes fundamentales, cuando nada encontramos en vosotros ni en
vuestros actos que exprese al verdadero español, cuando todas vuestras teorías,
planes y proyectos, todos son mezquinas copias de libros extranjeros harto
conocidos, cuando habéis olvidado hasta nuestra lengua?
Yo
ruego a los lectores que se tomen la pena de pasar los ojos por las colecciones
de periódicos, sesiones de Corte, y de otros documentos que nos han quedado de
las dos épocas de 1812 y 1820; que recuerden también lo que acabamos de
presenciar, que revuelvan en seguida los monumentos de las épocas anteriores,
nuestros códigos, nuestros libros, todo aquello en que puedan encontrar
expresados el carácter, las ideas, las costumbres del pueblo español; y
entonces que pongan la mano sobre su pecho, y sean cuales fueren sus opiniones,
que digan a fuer de hombres honrados si hallan ninguna semejanza entre lo
antiguo y lo moderno, que digan si no advierten a primera vista la más fuerte
oposición y contrariedad, si no encuentran que media entre las dos épocas un
abismo, y que, si se había de llenar había de hacerse, ¡ah, dolor causa
decirlo!, había de hacerse como se ha hecho, con montones de ruinas, de
cenizas, de cadáveres, con torrentes de sangre.
Colocada
la cuestión fuera de la emponzoñada atmósfera de las pasiones, y del alcance de
irritantes recuerdos, bien se podría entrar en el examen de si fué o no
conveniente que creciera hasta tal punto la autoridad de los reyes, que llegasen
a verse libres de todo género de trabas, hasta con respecto a los negocios de
más gravedad y a la imposición de las contribuciones. En tal caso, la cuestión
fuera simplemente histórico-política; nada tendría que ver con la práctica
actual; y por consiguiente no afectaría ni los intereses ni las opiniones de
nuestra época.
579 Como
quiera, aun me propongo prescindir de todo esto, v de cuanto se ha opinado
sobre la materia; y estribaré en el supuesto de que fuera a la sazón dañoso a
los pueblos, y un obstáculo a los progresos de la verdadera civilización, el
que desaparecieran de la máquina política todos los elementos, excepto el
monárquico.
¿Quién
tuvo la culpa?
Por
de pronto es bien reparable que el mayor acrecentamiento del poder real en
Europa date cabalmente de la época del Protestantismo. En Inglaterra, desde
Enrique VIII, prevaleció no diré la monarquía, sino un despotismo tan duro, que
no bastaban a ocultar su destemplanza las vanas apariencias de formas
impotentes.
En
Francia después de la guerra de los hugonotes se presenta el poder real más
fuerte que nunca; en Suecia se entroniza Gustavo, y desde su tiempo los reyes
ejercen un poder casi sin límites; en Dinamarca continúa y se fortalece la
monarquía; en Alemania se crea el reino de Prusia, y prevalecen en general en
las otras partes las formas absolutas; en Austria se levanta el imperio de
Carlos V con todo su poderío y esplendor; en Italia van desapareciendo las
pequeñas repúblicas, y van entrando los pueblos con este o aquel título, bajo
el dominio de los príncipes; y en España caen en desuso las antiguas Cortes de
Castilla, Aragón, Valencia y Cataluña; es decir, que lejos de ver que con la
aparición del Protestantismo dieran los pueblos ningún paso hacia las formas
representativas, notamos, muy al contrario, que se encaminan rápidamente hacia
el gobierno absoluto.
Este
hecho es cierto, incontestable; tal vez no se ha reparado bastante en tan
singular coincidencia, pero no deja por esto de existir; y de cierto que
sugiere abundantes y, delicadas reflexiones.
Esta
coincidencia ¿fué netamente casual? ¿Hubo entre el Protestantismo r- el
completo desarrollo y establecimiento de las formas absolutas alguna relación
secreta? Yo creo que sí; y además añadiré que si el Catolicismo hubiera quedado
dominando exclusivamente en Europa, se habría limitado suavemente el poder
real, tal vez no hubieran desaparecido del todo las formas representativas, los
pueblos hubieran continuado tomando parte en los negocios públicos, nos
hallaríamos mucho más adelantados en la carrera de la civilización, más
amaestrados en el goce de la verdadera libertad, y ésta no andaría enlazada con
el recuerdo de escenas horrorosas.
Sí;
la malhadada Reforma torció el curso de las sociedades europeas, adulteró la
civilización, creó necesidades que no existían, formó vacíos que no pudo
llenar; destruyó muchos elementos de bien; y por tanto cambió radicalmente las
condiciones del problema político. Creo poder demostrarlo.
580
HAY
EN LA historia de Europa un hecho capital, consignado en todas sus páginas, y
presente todavía a nuestros ojos, cual es la marcha paralela de dos
democracias, que semejantes a veces en apariencia, tienen en realidad la
naturaleza, el origen y el fin muy diferentes. Estriba la una en el
conocimiento de la dignidad del hombre, y del derecho que le asiste de
disfrutar cierta libertad conforme a razón y a justicia.
Con
ideas más o menos claras, más o menos acordes sobre el verdadero origen de la
sociedad y del poder, las tiene no obstante muy lúcidas, determinadas, fijas,
sobre el verdadero objeto y fin de entrambos, y ora haga descender directa e
inmediatamente de Dios el derecho de mandar, ora le suponga comunicado
primordialmente a la sociedad, y trasmitido después a los gobernantes, siempre está
conforme en que el poder es para el bien común, y que si no encamina sus actos
a este bien, cae en la tiranía.
Los
privilegios, los honores, las distinciones cualesquiera, todo lo examina con su
piedra de toque favorita, el bien común;
si un objeto le contraría, es condenado como dañoso; si no sirve para él, es
desechado como inútil.
Bien
convencida de que lo único que tiene un valor real, atendible en la
distribución de los puestos sociales, son la sabiduría y la virtud, clama
siempre para que se las busque, y se las levante a la cumbre del poder y de la
gloria; aunque sea arrancándolas de en medio de la oscuridad más profunda.
Un noble que ufano de sus títulos y blasones
ensalza las hazañas de antepasados a quienes no sabe imitar es a sus ojos un
objeto ridículo; un hombre a quien dejará disfrutar de sus riquezas, por no
tocar al sagrado de la propiedad, pero a quien quitará por todos los medios
legítimos la influencia que pudieran darle sus títulos de sangre. Si atiende al
nacimiento o a las riquezas, no es por lo que son en sí, sino como signos de
más cumplida educación, o de mayor saber y probidad.
Llena
esta democracia de ideas generosas, teniendo un elevado concepto de la dignidad
del hombre, recordando los derechos sin olvidar los deberes, se indigna al solo
nombre de la tiranía; la odia, la condena, la rechaza, y discurre de continuo
cuál es el medio más oportuno de precaverla.
581 Cuerda
y sosegada, como compañera inseparable de la razón y del buen sentido, se
aviene muy bien con la monarquía; pero puede asegurarse que en general ha deseado
que de una u otra manera, las leyes del país pusieran coto a las demasías de
los reyes.
Bien
ha conocido que el escollo en que éstos peligraban de estrellarse era cargar
demasiado a los pueblos con impuestos desmedidos; y por lo mismo, ha sido siempre
su idea favorita, que no ha muerto jamás, aun cuando no haya sido posible
ponerla en práctica, el coartar la ilimitada facultad del poder en materia de
contribuciones.
Otra
idea la ha dominado también, y es que no prevaleciera nunca ni en la formación de
las leyes, ni en su aplicación, la voluntad del hombre: siempre ha deseado
algunas garantías en que el lugar de la razón no estaría ocupado por la
voluntad.
Tanta
ha sido la fuerza de este deseo universal, que se ha comunicado a las
costumbres europeas de un modo indeleble; y los monarcas más absolutos no han
podido dejar de satisfacerle.
Así
es muy digno de notarse, que siempre se han visto al lado de los tronos
consejos respetables, cuya existencia estaba asegurada o por las leyes o por
las costumbres de la nación; consejos que por cierto no podían conservar, en
ciertas circunstancias, toda aquella independencia que habían menester para
llenar cumplidamente su objeto, pero que no dejaban de producir un gran bien;
pues que su sola existencia era una elocuente protesta contra las disposiciones
injustas y arbitrarias, una magnífica personificación de la razón y de la
justicia, señalando con su dedo los sagrados límites que no debe nunca pisar el
más poderoso monarca.
Del
mismo origen dimana que los soberanos en Europa no ejercen la facultad de
juzgar por sí mismos; distinguiéndose en esto de los sultanes.
Las
leyes y costumbres europeas rechazan fuertemente esa facultad, que tan funesta
es al pueblo y al monarca; y la sola narración de un atentado semejante
concitaría contra su autor la indignación pública.
Todo
esto significa que el principio tan celebrado de que no es el monarca quien
manda sino la ley, está recibido en Europa de muchos siglos a esta parte; y
largo tiempo antes de que lo enunciaran con énfasis los publicistas modernos,
estaba ya vigente en todas las naciones de Europa.
Diráse
quizás que así era en teoría, más no en la práctica: no negaré que hubiera
excepciones reprensibles; pero en general el principio era respetado.
582
Por punto de comparación tomemos el reinado más absoluto de los tiempos
modernos, el poder real en toda su ilimitada extensión, en todo su auge y
esplendor, el reinado de quien pudo decir con desmedido orgullo, y hasta cierto
punto con verdad, el Estado soy yo: el
de Luís XIV.
En
medio siglo que duró, y en tanta variedad y complicación de ocurrencias, ¿cuántas muertes,
confiscaciones, deportamientos se verificaron de real orden, sin forma de
juicio?
Si
citarán tal vez algunos atropellamientos, pero compárense con lo que sucede en
los países fuera de Europa en semejanza de circunstancias, recuérdese lo que
acontecía en tiempo del imperio romano, no se olviden los excesos de los reinos
absolutos donde quiera que no ha dominado el cristianismo, y se verá, entonces,
que ni siquiera son dignos de mentarse los desmanes que se hayan cometido en
las monarquías de Europa.
Esto
prueba que no es arbitraria ni ficticia la distinción que se ha hecho entre los
gobiernos monárquicos absolutos y los despóticos: y para quien conozca la legislación y
la historia de Europa es esta distinción tan palpable, que no podrá menos de
sonreírse al oír esas fogosas declamaciones en que por malicia o ignorancia se
confunden los dos sistemas de gobierno.
Esa
limitación del poder, ese círculo de razón y de justicia que ve siempre trazado
en su torno, y que ora sólo tiene su garantía en las ideas y en las costumbres,
ora en las formas políticas, trae principalmente su origen de las ideas que ha
difundido el cristianismo.
Él ha dicho: "La
razón y la justicia, la sabiduría y la virtud lo son todo; la mera voluntad del
hombre, su nacimiento, sus títulos, por sí solos, no son nada";
estas voces han penetrado desde el palacio de los reyes hasta la choza de los
pobres; y cuando un pueblo entero se ha imbuido de semejantes ideas, el despotismo asiático se ha hecho imposible.
Porque
aun cuando no hayan existido formas políticas que limitasen el poder del
monarca, éste ha oído siempre resonar por todas partes una voz que le decía:
"No somos tus esclavos, somos tus súbditos;
eres rey, pero eres hombre; y hombre que como nosotros has de presentarte un
día delante del Supremo juez; tú puedes hacer leyes, pero sólo para nuestro
bien; tu puedes pedirnos tributos, pero únicamente los necesarios para el bien
común; no puedes juzgarnos por tu capricho, sino con arreglo a las leyes; no
puedes arrebatarnos nuestras propiedades, sin ser más culpable que un ladrón
común; no puedes atentar contra nuestras vidas por sólo tu voluntad, sin ser un
asesino; el poder que has recibido no es para tus comodidades y regalos, no es
para satisfacer tus pasiones, sino únicamente para hacer nuestra dicha; tú eres
una persona consagrada, exclusivamente consagrada al bien público; si de esto
te olvidas eres un tirano".
583
Pero
desgraciadamente al lado de ese espíritu de legítima independencia, de
razonable libertad, al lado de esa democracia tan justa, tan noble y generosa,
ha marchado siempre otra que ha formado con ella el más vivo contraste y le ha
acarreado los mayores perjuicios, no dejándole que alcanzase lo que tan
justamente pretendía.
Errónea en sus principios, perversa en
sus intenciones, violenta e injusta en sus actos, ha
dejado siempre en su huella un reguero de sangre; lejos de proporcionar a los
pueblos la verdadera libertad, sólo ha servido para quitarles la que tenían; o
en caso de que en realidad los haya encontrado gimiendo en la esclavitud, sólo
ha sido a propósito para remachar sus cadenas.
Hermanándose
siempre con las pasiones más ruines, se ha presentado como la bandera de cuanto
abrigaba la sociedad de más vil y abyecto; reuniendo en torno de sí a todos los
hombres turbulentos y malvados, fascinando con engañosas palabras una turba de
miserables, y brindando a sus secuaces con el sabroso cebo de los despojos de
los vencidos, ha sido un eterno semillero de disturbios, escándalos,
encarnizados enconos, que al fin vinieron a producir su fruto natural: persecuciones,
proscripciones y cadalsos.
Su dogma
fundamental ha sido negar la autoridad, sea del orden que fuere; su empeño constante,
destruirla; y la recompensa que esperaba de sus trabajos era sentarse sobre
montones de escombros y ruinas, cebarse en la sangre de millares de víctimas, y
mientras se repartía los despojos ensangrentados, entregarse a la insensata
algazara de groseras orgías.
En
todos tiempos y países se han visto disturbios, levantamientos populares,
revoluciones; pero
Extravagancias
y delirios formaban el conjunto del sistema; obstinación, espíritu de proselitismo,
monstruosidades y crímenes, he aquí los caracteres que han acompañado su
planteo. En todas las páginas de la historia se halla atestiguada esta verdad
con caracteres de sangre; felices nosotros si no hubiésemos tenido que
experimentarla.
Europa
se asemeja a los hombres de alta capacidad y de carácter activo y osado, que en
lo bueno son los mejores, y en lo malo los peores.
Aquí,
apenas hay hechos de alguna gravedad que puedan
mantenerse aislados; aquí no hay verdad que no aproveche, ni error que
no dañe.
El pensamiento tiende siempre a la
realización; y los hechos a su vez piden su apoyo al pensamiento; si hay
virtudes se señala la razón de ellas, se busca su fundamento en elevadas
teorías; si hay crímenes se procura disculparlos: y para lograrlo, se los apoya
en sistemas perversos. El pueblo que hace el bien o el mal, no se contenta con
practicarle a solas; se esfuerza en propagarlo, y no reposa hasta que le imiten
sus vecinos.
Hay algo más que el apocado proselitismo que
se limita a determinados países; diríase que todas las ideas nacen entre
nosotros con pretensión al imperio universal. El espíritu de propaganda no data
de
Buena parte de las sectas que perturbaron
Lo diré terminantemente: la desaparición de
las instituciones políticas en que tomaban parte en los negocios del Estado las
varias clases que le formaban.
Y como atendido el carácter, ideas y
costumbres de los pueblos europeos, era muy difícil que se sometieran para
siempre a su nueva condición, y que siguiendo su inclinación favorita no
tratasen de poner coto a la extensión del poder, era también muy natural que
andando el tiempo sobrevinieran revoluciones, era natural que las generaciones
futuras presenciaran grandes catástrofes, tales como
Hubo un tiempo en que estas verdades pudieron
ser difíciles de comprender, ahora no: las revoluciones en que ele mucho tiempo
a esta parte viven sumergidos, ora unos, ora otros pueblos de Europa, han
puesto al alcance aun de los menos entendidos esa ley que se realiza siempre en
la sociedad: la anarquía conduce al despotismo, el despotismo engendra la
anarquía.
585
Jamás en ningún tiempo ni país, y ahí están la
historia y la experiencia que me abonarán, jamás en ningún tiempo ni país se
han derramado ideas antisociales, comunicado a los pueblos el espíritu de insubordinación
y levantamiento, sin que a no tardar se haya presentado el único remedio que en
semejante conflicto tienen las naciones: un gobierno muy fuerte, que con
justicia o injusticia, con legitimidad o sin ella, levante un brazo de hierro
sobre todas las cabezas, haga inclinar todas las frentes y doblegar todas las
cervices. Después del ruido y de la algazara viene el silencio más profundo; y
entonces los pueblos se resignan fácilmente a su nuevo estado, porque conocen
por reflexión y por instinto, que si bien es muy apreciable cierto grado de
libertad, la primera necesidad de las sociedades es su conservación.
¿Qué sucede en Alemania con el Protestantismo
después de las revoluciones religiosas? Se propalan máximas destructoras de
toda sociedad, surgen facciones, se hacen levantamientos; en el campo y en los
patíbulos se derrama a torrentes la sangre: pero entra luego a obrar el
instinto de conservación social; y muy lejos de arraigarse las formas
populares, todo propende al extremo contrario.
¿No es allí
donde se había lisonjeado tanto al pueblo con la perspectiva de ilimitada
libertad, con el repartimiento de las propiedades, y hasta la comunidad de
bienes, y la absoluta Igualdad en todas las cosas?
Allí mismo, pues, prevalece la desigualdad más
chocante, allí se conserva en su vigor la aristocracia feudal; y cuando en
otros países en que no se había hecho tanto alarde de libertad e igualdad,
apenas se conocen los lindes que separan a la nobleza del pueblo, allí se
conserva todavía rica, prepotente, rodeada de títulos, de privilegios, y de
toda clase de distinciones.
Allí mismo donde se había clamado contra el
poder de los reyes, allí mismo donde se había proclamado que rey era sinónimo
de tirano, y que ley era lo mismo que opresión, allí se levanta la monarquía
más absoluta; y el apóstata del orden teutónico funda el reino de Prusia,
donde no se han podido introducir todavía las formas representativas.
En Dinamarca se arraiga el Protestantismo, y a su
lado echa también raíces profundas el poder absoluto; en Suecia, precisamente a la misma
época, se crea el poder de los Gustavos.
¿Qué es lo que sucede en Inglaterra? Las formas
representativas no fueron introducidas en Inglaterra por el Protestantismo;
siglos antes existían allí, como en otras naciones de Europa.
Cabalmente, el monarca fundador de
¿Qué pensaremos de la libertad de un país,
cuyos legisladores y representantes se degradan hasta el punto de declarar que
cualquiera que tenga noticias de ilícitos amores de la reina debe acusarla so
pena de alta traición?
¿Qué pensaremos de la libertad cuando los que
debían ser sus defensores lisonjeaban tan villanamente las pasiones del
destemplado monarca, cuando no se avergonzaban de establecer, en obsequio de
los celos de su soberano, que la doncella que se casase con un rey de
Inglaterra, si
antes hubiere padecido algún desliz, debía manifestarlo también bajo la pena de
alta traición?
Estas ignominiosas miserias prueban
ciertamente más abyecto servilismo, que la misma declaración en que el
parlamento estableció que la sola voluntad del monarca tenía fuerza de ley.
Ni el conservarse en esta nación las formas representativas,
cuando habían naufragado en casi todos los países de Europa, fueron parte a
libertarla de la tiranía; y los ingleses seguramente no recordarán muy ufanos
la libertad que disfrutaron bajo los reinados de Enrique VIII y de Isabel.
Quizá no había país en Europa en que se gozara
menos libertad, en que bajo formas populares se oprimiera más al pueblo, y
reinara más ilimitado el despotismo. Si algo es capaz de convencer de estas
verdades, en caso de no bastar los hechos ya citados, lo serán sin duda los
esfuerzos de los ingleses para adquirir libertad; y si es segura señal de la
violencia y de opresión el esfuerzo que se hace por sacudirla, derecho tenernos
a pensar que debía de ser muy grande la que sufrían los ingleses, cuando
atravesaron una revolución tan dilatada, tan terrible, en que se vertieron
tantas lagrimas y tanta sangre.
Si miramos lo acontecido en Francia,
notaremos que el poder real se ostenta mucho más fuerte y poderoso después de
las guerras religiosas; y cuando después de tantas agitaciones, disturbios,
guerras civiles, vemos el reinado de Luís XIV, y oímos al orgulloso monarca
diciendo el
Estado soy yo, tenemos delante la personificación más completa del
mando absoluto que viene siempre en pos de la anarquía.
Si los pueblos europeos tienen algo de que
dolerse con respecto al ilimitado poder que ejercieron los monarcas, si tienen
que lamentarse de que se rindieran todas las formas representativas, que podían
ser una garantía de sus libertades, se lo pueden agradecer al Protestantismo, que esparciendo
por toda Europa los gérmenes de la anarquía, creó una necesidad imperiosa,
urgente, imprescindible, de centralizar el mando, de fortificar el poder real,
de que se obstruyesen todos los conductos por donde pudieran expresarse
principios disolventes, de que se separasen y aislasen todos los elementos que
con el contacto y el roce eran susceptibles de inflamarse y de acarrear
conflagraciones funestas.
587 Todos los hombres
pensadores habrán de convenir en esta parte conmigo; y en el modo de considerar
el engrandecimiento del poder absoluto en Europa, no verán más que la
realización de un hecho observado ya de antemano en todas partes. Por cierto
que los monarcas de Europa no pueden compararse ni en su origen, ni en sus
actos, con los déspotas que con este o aquel título se han apoderado del mando
de la sociedad, en aquellos momentos críticos en que estaba a punto de
disolverse; pero bien podrá decirse que la ilimitación de su poder ha provenido
también de una gran necesidad social, de que sin una autoridad única y fuerte,
no era posible la conservación del orden público.
Espanto causa el dar una ojeada por
Disputas acaloradas, contiendas interminables,
acusaciones, recriminaciones sin fin, disturbios, revueltas, guerras
intestinas, guerras extranjeras, batallas sangrientas, suplicios atroces; he
aquí el cuadro que presentaba
¿Y qué había de resultar de esa confusión, de
ese retroceso en que parecía la sociedad encaminarse de nuevo a los medios de
violencia, y a sustituir el hecho al derecho?
Lo que había de resultar era lo que resultó:
que el instinto de conservación, más fuerte que las pasiones y delirios de los
hombres, había de prevalecer, y había de sugerir a
Esto si bien se mira está representado por lo
acontecido en 1680 en Suecia, cuando se sometió enteramente a la libre
voluntad de Carlos
XI; en 1669 en Dinamarca, cuando la nación, fatigada de
anarquía, suplicó al rey Federico III que se dignase declarar la monarquía
hereditaria y absoluta, como en efecto lo hizo; en 1747 en Holanda, con la creación del
Stathouder hereditario; y si queremos ejemplares más violentos, podemos
recordar el despotismo de Cromwell en Inglaterra en pos de tantas revoluciones, y el de
Napoleón en Francia después de la república. [iii]VER
NOTA 36
588
CUANDO estaban encarados a manera de rivales
en liza los tres elementos de gobierno, la monarquía, la aristocracia y la democracia, el
medio más a propósito para que prevaleciese la primera con exclusión de las
demás, era arrojar a una de éstas en el camino de las demasías y excesos.
Entonces se creaba una necesidad imprescindible de que un centro de acción,
único, fuerte, libre de toda traba, pusiera coto a los desmanes, y asegurase el
orden público.
Cabalmente el elemento popular se hallaba
entonces en una posición, bien que llena de esperanzas, nada escasa empero de
peligros; para conservar la influencia adquirida y granjearse mayor ascendiente
y poderío, era menester que anduviera con mucha circunspección y miramiento. El
poder real era ya a la sazón muy fuerte; y como una parte de su fuerza la había
alcanzado poniéndose de parte del pueblo en las luchas y contiendas que éste
tenía con los señores, el poder del monarca se presentaba como el protector
nato de los intereses populares. Esto entrañaba mucha verdad; mas no dejaba de
abrir espaciosa puerta para que los reyes pudieran ensanchar ilimitadamente sus
facultades a expensas de los fueros y libertades de los pueblos.
Un germen de división existía entre la
aristocracia y los comunes, lo que prestaba ocasión a los reyes de escatimar y
cercenar a los señores sus derechos y poder, pudiendo estar seguros de que toda
medida que a este fin se encaminara, hallaría buena acogida en la multitud.
Pero, en cambio, también podía estar seguro el monarca de que no sería mal mirado
por los señores todo acto dirigido a doblegar la cerviz de ese pueblo, que tan
erguida empezaba a levantarla cuando se trataba de resistir a los aristócratas
feudales; y en tal caso, si el pueblo se propasaba a demasías y desmanes, si se
veían prohijadas por él máximas y doctrinas subversivas del orden público,
nadie había de poner obstáculo a que le enfrenase el monarca por todos los
medios posibles.
589
Siendo los grandes quienes tenían fuerza para
hacerlo, se hubieran abstenido de realizarlo; ya para que no se desencadenase
enteramente contra ellos mismos, y no les arrebatase con las prerrogativas y
honores hasta las propiedades y la vida; ya también porque siendo su rival el
pueblo de muchos siglos antes, y enconada esta rivalidad por tantos y tan
porfiados combates, era regular que mirasen con secreta complacencia la
humillación de aquél que acaba de humillarlos; y que ayudaran a esto con todas
sus fuerzas, dado que la mala dirección que comenzaba a tomar el movimiento
popular les ofrecía ocasión de satisfacer su venganza, cubriéndola con el velo
de la utilidad pública.
Contaba a la sazón el pueblo con algunos
medios de defensa; pero si llegaba a quedarse aislado, y en oposición con el
trono, eran esos medios sobrado débiles para que pudiera prometerse la
victoria.
El saber no era ya un patrimonio exclusivo de
ninguna clase privilegiada; pero es menester confesar que no había transcurrido
el tiempo necesario para difundirse los conocimientos hasta el punto de que
pudiera formarse una opinión pública bastante poderosa para influir
directamente sobre los negocios de gobierno. La imprenta, si bien ya comenzaba
a dar sus frutos, no se había desarrollado de manera que las ideas adquirieran
aquel grado de movilidad y rapidez que han alcanzado en tiempos posteriores; a
pesar de los esfuerzos que se hacían por todas partes en pro de la difusión de
los conocimientos, basta tener alguna noticia de la naturaleza y carácter de
éstos en aquella época, para quedar convencido de que no eran a propósito, ni
en su fondo ni en su forma, para que participasen mucho de ellos las clases
populares.
Con el desarrollo de las artes y comercio se
formaba a la verdad un nuevo género de riqueza, que por precisión debía ser el
patrimonio del pueblo; pero estaban aún en su infancia, y no habían alcanzado
aquella extensión y arraigo a que han llegado después, hasta enlazarse
íntimamente con todos los ramos de la sociedad. A excepción de uno que otro
país muy reducido, el nombre de comerciante y artesano no tenía el prestigio
suficiente, para que con este solo título se pudiera ejercer mucha influencia.
Atendido el curso de las cosas, y la altura a
que se había levantado el poder real sobre las ruinas del feudalismo, antes de
que el elemento democrático pudiera hacerse respetar lo bastante, el solo medio
que se ofrecía para poner límites a la potestad de los monarcas era la unión de
la aristocracia con el pueblo.
590
No era fácil semejante empresa, cuando hemos
visto que mediaban entre ellos enconadas rivalidades; y éstas eran inevitables
hasta cierto punto, pues que tenían su origen en la oposición de los
respectivos intereses. Pero es menester recordar que la nobleza no era la única
aristocracia, pues existía otra, todavía más fuerte y poderosa que ella: el clero.
Tenía a
la sazón esta clase todo aquel ascendiente e influencia que dan los medios
morales unidos con los materiales; pues además del carácter religioso que la
hacía respetable y venerada a los ojos de los pueblos, poseía al propio tiempo
abundantes riquezas, con las cuales al paso que le era fácil granjearse de mil
maneras la gratitud, y asegurarse influencia, podía también hacerse temer de
los grandes y respetar de los monarcas.
Y he aquí un yerro capital del Protestantismo:
quebrantar entonces el poder del clero era apresurar la completa victoria de la
monarquía absoluta, era dejar al pueblo sin apoyo, al monarca sin freno, a la
aristocracia sin trabazón, sin principio de vida: era impedir que pudieran
combinarse sazonadamente los tres elementos monárquico,
aristocrático y democrático, para formar el gobierno templado, a que
parecían dirigirse casi todas las naciones de Europa.
Ya se ha visto que no convenía entonces dejar
al pueblo aislado, porque su existencia política era todavía muy débil y
precaria; y es no menos claro que si la nobleza había de quedar como un medio
de gobierno, tampoco era conveniente dejarla sola; pues que no entrañando esta
clase otro principio vital que el que le daban sus títulos y privilegios, no
podía sostenerse contra los ataques que el poder real le dirigiría de continuo.
Mal de su grado le era preciso plegarse a la voluntad del monarca, abandonando
los inaccesibles castillos para trasladarse a representar el papel de cortesana
en los lujosos salones de los reyes.
El Protestantismo quebrantó el poder del clero
no sólo en los países en que llegó a establecer sus errores, sino también en
los demás; porque allí donde él no pudo introducirse, se difundieron un tanto
sus ideas en la parte que no estaba en abierta oposición con la fe católica.
Desde entonces el poder del clero quedó sin uno de sus principales apoyos, cual
era la influencia política del Papa; pues no sólo los reyes cobraron mayor
osadía contra las pretensiones de
591 Todo esto se ha mirado como un progreso de la
civilización europea, como un paso hacia la libertad; sin embargo el rápido bosquejo que acabo de presentar
con respecto a la política, manifiesta claramente que lejos de seguirse el
camino más acertado para desenvolver las formas representativas, se anduvo por
el sendero que conducía al gobierno absoluto.
El Protestantismo como interesado en
quebrantar de todos modos el poder del papa, ensalzó el de los reyes hasta en
las cosas espirituales; y concentrando de esta manera en sus manos el temporal
y espiritual, dejó al real sin ningún linaje de contrapeso. Así, quitando la
esperanza de alcanzar libertad por medios suaves, arrojó a los pueblos al uso
de la fuerza, y abrió el cráter de las revoluciones que tantas lágrimas han
costado a
Si las formas de libertad política habían de
arraigarse y perfeccionarse, era necesario que no salieran prematuramente de la
atmósfera en que habían nacido: y toda vez que en esa atmósfera había el
elemento monárquico, el aristocrático y el democrático, todos fecundizados y
dirigidos por la religión católica, toda vez que bajo la influencia de la misma
empezaban a combinarse suavemente, era menester no separar la política de la
religión; y lejos de mirar al clero como si fuera un elemento dañino, importaba
considerarle como un mediador entre todas las clases y poderes, que templara el
calor de las luchas, pusiera coto a las demasías, y no permitiera el
prevalecimiento exclusivo ni del monarca, ni de los grandes, ni del pueblo.
Siempre que se trata de combinar poderes e
intereses muy diferentes, es necesario un mediador, es necesario que intervenga
algo que impida los choques violentos; si este mediador no existe por la
naturaleza de las cosas, es preciso crearle con la ley. Por lo cual, sube muy
de punto la evidencia del daño que hizo a
La aristocracia lega perdió desde luego su
influencia política, porque le faltó la fuerza y trabazón que sacaba de estar
mezclada con la aristocracia eclesiástica; y reducidos los nobles a la esfera
de cortesanos, se encontró sin contrapeso el poder del rey.
Ya lo he dicho, y lo repito aquí: muy útil fué
para la conservación del orden público, y por tanto muy conducente para el
desarrollo de la civilización, el que se robusteciese el poder real, aun cuando
fuera a expensas de los derechos y libertades de los señores y de los comunes;
pero ya que mientras se confiesa esta verdad, no se escasean los lamentos por
el exceso que tomó ese poder, es necesario considerar que una de las causas que
más contribuyeron a ello, fue el sacar al clero del juego de la máquina
política.
592
A principios del siglo XVI ya no estaba la
cuestión en si habían de conservarse esa muchedumbre de castillos desde donde
un orgulloso barón dictaba la ley a sus vasallos, y se creía con facultades
para desobedecer las disposiciones del monarca; ni tampoco en si habían de
conservarse ese hormiguero de libertades comunales, que no tenían ninguna
trabazón entre sí, que estaban en oposición con las pretensiones de los
grandes, que embarazaban la acción del soberano, e impedían la formación de un
gobierno central, que asegurando el orden y protegiendo todos los intereses
legítimos, diera impulso al movimiento de civilización que con tanta viveza
había comenzado.
No estaba en esto la cuestión, porque los
castillos iban allanándose a toda prisa, los señores iban descendiendo de sus
fortalezas para mostrarse más humanos con el pueblo, ceder a sus exigencias e
inclinar con respeto la frente ante el poder del monarca; y los comunes
precisados a entrar en la amalgama que se iba haciendo de tantas pequeñas
repúblicas para formar grandes monarquías, se veían forzados a sufrir que se
escatimase y cercenasen sus fueros y libertades en la parte que se oponía a la
centralización general.
La cuestión estaba en si había algún medio de
que alcanzando los pueblos los beneficios que había de traerles la
centralización y engrandecimiento del poder, era dable al propio tiempo señalar
a éste límites legales; de manera que sin embarazar ni debilitar su acción,
ejerciesen los pueblos una razonable influencia en el curso de los negocios; y
sobre todo, si podrían conservar el derecho que tenían ya adquirido de vigilar
la inversión de los caudales públicos.
Es decir, que se trataba de evitar las escenas
sangrientas de las revoluciones, y los abusos y desmanes de los privados.
Para que los pueblos pudieran por sí solos
conservar esta influencia, era necesario que contaran con un recurso
indispensable para tales casos, recurso de que en general estaban muy faltos:
la inteligencia en los negocios públicos.
No es esto decir que entre los comunes no
hubiera cierta clase de conocimientos, pero es menester no olvidar que la
palabra público acaba de levantarse a una altura muy superior, porque no
limitándose su significado a una municipalidad, ni a una provincia, a causa de
la centralización que en general iba prevaleciendo, se extendía a todo un
reino, y aun éste no aislado, sino en relación con todos los demás pueblos.
Desde entonces empezaba ya la civilización
europea a presentar ese carácter de generalidad que la distingue; desde
entonces, para formar verdadero concepto de un negocio en un reino, era
menester elevar y extender la vista, dar una mirada a
593
Ya se ve que los hombres capaces de tanta
elevación de miras no debían de ser muy comunes; y además era natural que
atraído lo más ilustre de la sociedad por el brillo que rodeaba el trono de los
reyes, se formase allí un foco de inteligencia que podía pretender exclusivos
derechos al gobierno. Si con este centro de acción y de inteligencia encaráis
al pueblo solo, todavía débil, todavía ignorante, ¿qué sucederá?
Bien fácil es conocerlo; pues jamás
prevalecieron la debilidad y la ignorancia sobre la fuerza y la inteligencia.
¿Y qué medios había para atajar este inconveniente? Conservar la religión
católica en toda Europa; conservar de esta manera el influjo del clero; porque nadie ignora que éste se hallaba todavía con el
cetro del saber.
Cuando se ha ensalzado el Protestantismo por
haber debilitado la influencia política del clero católico, no se ha
reflexionado bastante sobre la naturaleza de ella. Difícil fuera encontrar una clase que tuviera
afinidades con los tres elementos de poder, intereses comunes con todos ellos,
sin estar exclusivamente ligada con ninguno.
La monarquía nada tenía que temer del clero;
pues que los ministros de una religión que mira al poder como bajado del cielo,
mal podían declararse enemigos del real, que, como hemos visto, era la cabeza
de todos los demás. La aristocracia tampoco tenía que recelar del clero, mientras
se limitase a un círculo razonable. Al alegar sus títulos de propiedad con
respecto a sus riquezas, y sus derechos a cierta consideración y preferencia,
no se viera contrariada por una clase que por sus principios e intereses no
podía ser enemiga de cuanto estuviera encerrado en el ámbito de la razón, de la
justicia y de las leyes.
La democracia, y entiendo ahora por esta
palabra la generalidad del pueblo, había encontrado a la época de su mayor
abatimiento el más firme apoyo, el más generoso amparo en
Si el pueblo había mejorado su estado civil,
lo debía al clero; si había alcanzado influencia política, lo debía a la mejora
de su situación, y esta mejora era debida al clero; y si a su vez el clero
tenía en alguna parte seguro apoyo, había de ser en esta misma clase popular,
que estaba con él en continuo contacto, y que de él recibía todas sus
inspiraciones y enseñanza.
Además,
594
Échase pues de ver que el clero, ligado con
todas las clases, era un elemento excelente para impedir el prevalecimiento
exclusivo por parte de ninguna de ellas, y muy a propósito para que se
mantuvieran todos los elementos en cierta fermentación suave y fecunda, que
andando el tiempo produjese una combinación natural y sazonada.
No es esto decir que hubiesen faltado
desavenencias, contiendas, quizás luchas; cosas todas inevitables mientras los
hombres no dejen de ser hombres; pero ¿quién no ve que entonces fuera imposible el espantoso
derramamiento de sangre que se hizo en las guerras de Alemania, en la revolución
de Inglaterra, y en la de Francia?
Se me dirá, quizás, que el espíritu de la
civilización europea se encaminaba por necesidad a disminuir la excesiva
desigualdad de clases; yo lo confieso; y aún añadiré que esa tendencia era muy
conforme a los principios y máximas de la religión cristiana, que recuerda de
continuo a los hombres su igualdad ante Dios, que todos tienen un mismo origen
y destino, que nada son las riquezas y los honores, que lo único que hay de sólido sobre la
tierra, lo único que nos hace agradables a los ojos de Dios es la virtud.
Pero reformar no es destruir; para remediar el mal, no se debe matar a quien lo
padece.
Se ha preferido derribar de un golpe lo que se
podía corregir por medios legales; falseada la civilización europea con las
funestas innovaciones del siglo XVl, desconocida la legítima autoridad hasta en
las materias que le eran más propias, se han sustituido a su acción benéfica y
suave los desastrosos recursos de la violencia.
Tres siglos de calamidades han amaestrado un tanto
a las naciones, manifestándoles cuán peligroso es, aun para el buen éxito de
las empresas, el encomendarlas a los duros azares del empleo de la fuerza; pero
es probable que si el Protestantismo no hubiese aparecido como manzana de
discordia, todas las grandes cuestiones sociales y políticas estarían mucho más
próximas a una resolución acertada y pacífica, si es que no hubiesen sido
resuelta mucho tiempo antes [iv]. VER NOTA 37
595
La del siglo XVIII había dicho: "El rey es
naturalmente el enemigo del pueblo; su poder es necesario o destruirle
enteramente, o al menos cercenarle y limitarle de tal manera que se presente en
la cinta del edificio social con las manos atadas, y sólo con facultad de
aprobar lo que sea del agrado de los representantes del pueblo".
¿Y qué dice la escuela moderna, ella que se
precia de más adelantada, que se aplaude de no haber despreciado las lecciones
de la experiencia, que se gloría de haber dado en el blanco señalado por la
razón y el buen sentido?
"La monarquía, dice, es una verdadera necesidad para las
grandes naciones europeas; sea lo que fuere de los ensayos hechos en América,
éstos han de sufrir todavía la prueba del tiempo; y además, habiéndose
verificado en circunstancias muy diferentes de las nuestras, nunca pueden ser
imitadas por nosotros.
El rey no ha de ser mirado como enemigo del pueblo, sino como su
padre; y lejos de exponerle a la vista pública con las manos atadas, es
necesario presentarle rodeado de poder, de grandor y hasta de majestad y de
pompa; porque de otro modo no será posible que el trono llene las altas
funciones que le están encomendadas.
El rey ha de ser inviolable,
y esta inviolabilidad es menester que no sea de puro nombre, sino verdadera y
efectiva, sin que pueda ser atacada jamás bajo ningún pretexto. Es necesario
que el monarca esté colocado en una esfera superior al torbellino de las
pasiones y partidos; cual una divinidad tutelar, que enteramente ajena a toda
mira mezquina, a toda pasión baja, sea como el representante de la razón y de
la justicia".
596
"Insensatos, han dicho sus adversarios, ¿no veis que para
tener un rey como le queréis vosotros, más valiera no tener ninguno?, ¿no veis
que el monarca entre vosotros será siempre el enemigo nato de la constitución,
pues que ella le sale siempre al paso por todas partes, embarazándole,
coartándole, humillándole?"
Cotejemos ahora esos adelantos científicos con
las doctrinas dominantes en Europa mucho antes de la aparición del
Protestantismo; y resultará demostrado que todo cuanto ellas entrañan de
razonable, de justo, de útil, era ya sabido, común en Europa, antes que obrasen
sobre ella otras influencias que las de
Es necesario un rey, dice la escuela moderna;
y merced a la influencia de la religión católica, todas las grandes naciones de
Europa tenían un rey: el rey ha de ser mirado no como enemigo, sino como padre
del pueblo, y padre del pueblo se le apellidaba ya; el poder del rey ha de ser
grande: y ese poder era grande también; el rey ha de ser inviolable, su persona
ha de ser sagrada; y su persona era sagrada; y esta prerrogativa se la
aseguraba de muy antiguo
"El pueblo es soberano, decía la escuela del siglo pasado; la
ley es la expresión de la voluntad general; los representantes del pueblo son,
pues, los únicos que tienen la facultad legislativa; el monarca no puede
contrariar esa voluntad: las leyes se sujetarán a su sanción por mera fórmula;
si se negase a darla, sufrirán a lo más un nuevo examen; pero si la voluntad de
los representantes del pueblo continuare la misma, se la elevará a la esfera de
ley; y el monarca, que negándole su sanción había manifestado que la reputaba
nociva al bien público, quedará obligado a mandarla ejecutar, con mengua de su
dignidad e independencia".
¿Y qué
dice a esto la escuela moderna?
"La soberanía del pueblo, o nada significa, o tiene un sentido
muy peligroso; la ley no ha de ser la expresión de la voluntad, sino de la
razón; la mera voluntad no basta para hacer leyes; son necesarias la razón, la
justicia, la conveniencia pública";
y todas esas ideas eran comunes ya mucho antes del siglo XVI, no sólo entre los
sabios, sino también entre la gente más sencilla e ignorante.
Un doctor del siglo XIII lo había expresado
con su acostumbrado y admirable laconismo: ordenación de la razón, dirigida al bien común.
"Si queréis, continúa la escuela
moderna, si queréis que el poder real sea una verdad, es necesario señalarle el
primer lugar entre los poderes legislativos, es necesario el veto absoluto; y
en las antiguas Cortes, en los antiguos Estados y parlamentos, tenía el rey ese
primer puesto entre los poderes legislativos, y nada se hacía contra su
voluntad: poseía el veto absoluto".
597
"Fuera
toda clase, dicen los de
"Sois unos temerarios, dice la escuela
moderna, si no hay distinciones, es menester crearlas; si en la sociedad no hay
clases quede suyo puedan formar un segundo cuerpo legislativo, un mediador
entre el rey y el pueblo, será menester fingir esas clases, será necesario
crear por la ley lo que no se halle en la sociedad; si no hay realidad, ha de
haber ficción".
Y esas clases existían en la sociedad antigua,
y tomaban parte en los negocios públicos, y estaban organizadas en brazos, y
formaban altos cuerpos colegisladores.
Y pregunto yo ahora: ¿de
semejante cotejo no resulta más, claro que la luz del día, que lo que
actualmente se apellida adelanto en: materias de gobierno, es en el fondo un
verdadero retroceso hacia lo que se hallaba enseñado y practicado por todas
partes antes del Protestantismo, bajo la influencia de la religión católica?
Por cierto que con respecto a los hombres
dotados de mediana comprensión en materias sociales y políticas, podré
dispensarme de insistir sobre las diferencias que necesariamente deben mediar
entre una y otra época.
Reconozco que el mismo curso de las cosas
hubiera traído modificaciones de importancia; siendo preciso acomodar las
instituciones políticas a las nuevas necesidades que se habían de satisfacer.
Pero sostengo, sí que en cuanto lo consentían las circunstancias, la
civilización europea marchaba por el buen camino hacia un mejor porvenir, que
ella entrañaba en su seno los medios que había menester para reformar sin
trastornar.
Más para esto convenía que los acontecimientos
se desenvolvieran con espontaneidad, sin violencia de ningún género; convenía
no olvidar que la acción del hombre por sí sola vale muy poco; que los ensayos
repentinos son peligrosos; que las grandes producciones sociales se asemejan a
las de la naturaleza; unas y otras necesitan un elemento indispensable: el
tiempo.
Un hecho hay sobre el cual me parece que no se
ha fijado la atención, sin embargo de que en él viene encerrada la explicación
de extraños fenómenos que se han presenciado durante los tres últimos siglos.
El hecho es que el Protestantismo ha impedido que la civilización moderna fuera
homogénea; contrariándose una muy fuerte tendencia que conduce a esta
homogeneidad a todas las naciones ele Europa. No cabe duda que la civilización
de los pueblos recibe su naturaleza y caracteres de los principios que le han
comunicado el movimiento y la vida; y siendo estos principios los mismos a poca
diferencia para todas las naciones de Europa, debían éstas parecerse mucho unas
a otras.
598 La historia
se halla en esta parte de acuerdo con la filosofía; y así es que mientras las
naciones europeas no tuvieron inoculado ningún germen de división, se las veía
desarrollar sus instituciones civiles y políticas con una semejanza muy
notable. Es cierto que se observaban entre ellas aquellas diferencias que eran
el resultado inevitable de la diversidad de circunstancias; pero se conoce que
llevaban camino de asemejarse más y más, tendiendo a formar de
Esta homogeneidad hubiera llegado a su colmo
por medio de la rapidez de la comunicación intelectual y material, que se
estableció con el aumento y prosperidad de las artes y comercio, y sobre todo
con la imprenta; pues que el flujo y reflujo de las ideas hubiera allanado a
toda prisa las desigualdades que separaban a limas naciones de otras.
Pero desgraciadamente nació el Protestantismo,
y separó a los pueblos europeos en dos grandes familias que se profesaron desde
su división un odio mortal; odio que produjera encarnizadas guerras en que se
vertieron torrentes de sangre. Peor que estas catástrofes fue todavía el germen
de cisma civil, político y literario que dimanó de la falta de unidad
religiosa.
Las
instituciones civiles y políticas, y todos los ramos de conocimientos hayan
nacido y prosperado en Europa bajo el influjo de la religión; el cisma fue
religioso, afectó la raíz misma, y por necesidad se extendió a todos los ramos.
Esta fue la causa de que se levantaran entre unas y otras naciones esos muros
de bronce que las tenían separabas, de que se esparciese por todas partes el
espíritu de sospecha y desconfianza, de que lo que antes se hubiera juzgado
como inocente o de poca monta, se reputase después como altamente peligroso.
Bien se deja entender el malestar, la
inquietud, la agitación, que combinaciones tan funestas debían traer; y la
historia de las calamidades que afligieron a Europa en los tres últimos siglos
puede decirse que está encerrada en ese germen maligno. Las guerras de los
anabaptistas, la del imperio, la de los treinta años, a quien las debe
Lo quien debe esa causa profunda de división,
ese semillero de discordia, que empezó en los hugonotes, continuo en el
jansenismo, prosiguió con la filosofía y terminó en
599 Sin
el Protestantismo, habría llegado al fatal estado en que se halla la cuestión
irlandesa, dejando apenas medio entre un desmembramiento del imperio y una
revolución espantosa?
Pueblos hermanos no hubieran encontrado medio
de entenderse amistosamente, si durante los tres últimos siglos no los
separaran las discordias religiosas con un lago de sangre?
Estas ligas ofensivas y defensivas entre
naciones y naciones, que dividían
El vapor se encamina a convertir
El estrecharse mucho antes los corazones no
hubiera anticipado el momento feliz en que pudieran estrecharse las manos?
600
INCOMPLETA dejaría la aclaración de esta
materia, si no soltase la dificultad siguiente: "En España dominó
exclusivamente el Catolicismo, y a su lado prevaleció la monarquía absoluta, lo
que indica que las doctrinas católicas son enemigas de la libertad
política".
La mayor parte de los hombres no entra en
profundo examen sobre la verdadera naturaleza de las cosas, ni sobre el valor
de las palabras; en pudiéndose presentarles alguna cosa de bulto, y que hiere
fuertemente su imaginación, aceptan los hechos tales como se los ofrecen a
primera vista, y confunden sin reparo la causalidad con la coincidencia. No
puede negarse que el predominio de la religión católica coincidió en España con
el prevalecimiento de la monarquía absoluta; pero la dificultad está en si fué
la religión la verdadera causa de dicho prevalecimiento; si fué ella quien echó
por el suelo las antiguas Cortes, asentando sobre las instituciones populares
el trono de los monarcas absolutos.
Antes de colocarnos en el terreno donde ha de
agitarse la presente cuestión, es decir, antes de descender al examen de las
causas particulares que destruyeron la influencia de la nación en los negocios
públicos, será bien recordar que en Dinamarca, en Suecia, en Alemania, se estableció y arraigó
el absolutismo al lado del Protestantismo; lo que basta para
manifestar que se puede fiar muy poco del argumento de las coincidencias, pues
que militando la misma razón en un caso que otro, tendríamos también probado
que el Protestantismo conduce a la monarquía absoluta.
Y aquí advertiré, que cuando en los capítulos
anteriores me propuse manifestar que la falsa Reforma contribuyó a matar la
libertad política, si bien llamé la atención sobre las coincidencias, no me
fundé únicamente en ellas, sino en que el Protestantismo, sembrando doctrinas
disolventes, había hecho necesario un poder más fuerte; y destruyendo la
influencia política del clero y del Papa había trastornado el equilibrio de las
clases, dejado al trono sin contrapeso, y aumentado además sus facultades, otorgándole
la supremacía eclesiástica en los países protestantes, y exagerando sus
prerrogativas en los católicos.
Pero dejemos esas consideraciones generales, y
fijemos la vista sobre España. Esta nación tiene la desgracia de ser una de las
menos conocidas; pues que ni se hace un verdadero estudio de su historia, ni se
observa cual debe su situación presente. Sus agitaciones, sus revueltas, sus
guerras civiles, están diciendo en alta voz que no se acierta en el verdadero
sistema de gobierno; lo que indica bien a las claras que se tiene poco conocida
la nación que se ha de gobernar. Con respecto a su historia, aun es mayor, si
cabe, el desvarío; porque como los sucesos se han alejado ya mucho de nosotros,
y si influyen sobre lo presente es de un modo secreto y no muy fácil de ser
conocido, satisfechos los observadores con una mirada superficial sueltan la
rienda al curso de sus opiniones, y quedan éstas sustituidas a la realidad de
los hechos.
Casi todos los autores que tratan de las
causas por que se perdió en España la libertad política, fijan principal o
exclusivamente sus ojos sobre Castilla, y atribuyen a la sagacidad de los
monarcas mucho más de lo que les señala el curso de los sucesos.
La guerra de las comunidades suele tomarse
como punto de vista; al decir de ciertos escritores, parece que sin la derrota
de Villalar hubiera medrado indefectiblemente la libertad española. Ni negaré
que la guerra de las comunidades sea un excelente punto de vista para estudiar
esta materia, ni que en los campos de Villalar se hiciera en algún modo el
desenlace del drama, ni que Castilla deba mirarse como el centro ele los
acontecimientos, ni que los monarcas españoles empleasen mucha sagacidad en
llevar a cabo su empresa; creo, sin embargo, que no es justo dar a ninguna de
esas consideraciones una preferencia exclusiva; y además me parece también que
por lo común no se atina en el verdadero punto de la dificultad, que se toman a
veces los efectos por las causas, y lo accesorio por lo principal.
A mi juicio, las causas de la ruina de las
instituciones libres fueron las siguientes:
1°, el desarrollo prematuro y excesivamente
lato de esas mismas instituciones;
2° el haberse formado la nación española de
miembros tan heterogéneos, y que tenían todos instituciones muy populares;
3° el haberse asentado el centro del mando en
medio de las provincias donde eran menos amplias dichas formas, y más dominante
el poder de los reyes;
4° la excesiva abundancia de riquezas, de
poderío y de gloria, de que se vió rodeado el pueblo español, y que le
adormecieron en brazos de su dicha;
5° la posición militar y conquistadora en que
se encontraron los monarcas españoles; posición que cabalmente se halló en todo
su auge y esplendor, en los tiempos críticos en que debía decidirse la
contienda
602
Examinaré rápidamente" estas causas, ya
que la naturaleza de la obra no me permite hacerlo con la extensión que
reclaman la gravedad e importancia del asunto. El lector me dispensará esta
excursión política, recordando el estrecho enlace que con la presente materia
tiene la cuestión religiosa.
Es un hecho fuera de duda que
Ese vivo espíritu de libertad, esa muchedumbre
de fueros y privilegios, esas trabas que embargan el movimiento del poder
privándole de ejercer su acción con rapidez y energía, ese gran desarrollo del
elemento popular de suyo inquieto y turbulento, al lado de las riquezas,
poderío y orgullo de la aristocracia, debían engendrar naturalmente muchos
disturbios; pues no era posible que funcionaran tranquilamente con acción
simultánea, tantos, tan varios y tan opuestos elementos, que además no habían
tenido aún el tiempo suficiente para combinarse cual debieran, a fin de vivir
en pacífica comunión y armonía.
El orden es la primera necesidad de las sociedades;
a ellas deben doblegarse las ideas, las costumbres y las leyes; y así es que
viéndose que existe algún germen de desorden continuo, por más arraigo que
tenga ese germen, se puede asegurar que o será extirpado, o al menos
amortiguado, hasta que no ofrezca perenne riesgo a la tranquilidad pública.
La organización municipal y política de España
tenía este inconveniente; y he aquí una necesidad imperiosa de modificarla.
Tal era a la sazón el estado de las ideas y
costumbres, que no era fácil que parase la cosa en mera modificación; porque no
había entonces como ahora ese espíritu constituyente que crea con tanta
facilidad numerosas asambleas para formar nuevos códigos fundamentales o
reformar los antiguos; ni habían tomado las ideas esa generalidad por la cual
elevándose sobre todo lo que tiene algo de circunscrito a un pueblo particular,
se encumbran hasta aquellas altas regiones desde donde se pierden de vista
todas las circunstancias locales, y no se divisa más que hombre, sociedad,
nación, gobierno.
Entonces no era así; una carta de libertad
concedida por un rey a alguna ciudad o villa; alguna franquicia arrancada a un
señor por sus vasallos armados; algún privilegio obtenido por una acción
ilustre en las guerras, ora propia, ora de los ascendientes.
603
Una concesión hecha en Cortes por el monarca en el acto del otorgamiento de
alguna contribución, o como la llamaban, servicio; una ley, una costumbre cuya
antigüedad se ocultaba en la oscuridad de los tiempos, y se confundía con la
cuna de la monarquía; éstos y otros semejantes eran los títulos en que
estribaba la libertad de la nobleza y del pueblo, títulos de que se mostraban
ufanos, y de cuya conservación e integridad eran celosísimos y acérrimos
defensores.
La libertad de ahora tiene algo de más vago, y
a veces de menos positivo a causa de la misma generalidad y elevación a que se
han remontado las ideas; pero en cambio es también menos a propósito para ser
destruida; porque hablando un lenguaje entendido de todo, los pueblos, y
presentándose como una causa común a todas las naciones, excita simpatías
universales, y puede formar asociaciones mas vastas para resguardarse contra
los golpes que el poder intente descargarle.
Las
palabras de libertad, de igualdad, de derechos del hombre, las de intervención
del pueblo en los negocios públicos, de responsabilidad ministerial, de opinión
pública, de libertad de imprenta, de tolerancia y otras semejantes, entrañan
ciertamente mucha variedad de sentidos, difícil de deslindar y clasificar,
cuando se trato de hacer de ellas aplicaciones particulares; pero no dejan, sin
embargo, de ofrecer al espíritu ciertas ideas, que aunque complicadas y
confusas, tienen alguna falsa apariencia de sencillez y claridad.
Y como de otra parte presentan objetos de
bulto, que deslumbran con colores vivos y halagüeños, resulta que al
pronunciarlas se los escucha con, interés, son comprendidos de todos los
pueblos, y parece que constituyéndose en campeón de lo que por ellas viene
expresado, se elevan al alto rango de defensor de los derechos de la humanidad
entera.
Pero presentaos entre los pueblos libres de
los siglos XIV y XV, y os hallaréis en situación muy diferente; tomad en manos
una franquicia de Cataluña o Castilla, y dirigíos a esos aragoneses que tan,
bravos se muestran al tratar de sus fueros; aquello no es lo suyo, ni excita su
celo ni su interés; mientras no hallen el nombre que le recuerde alguna de sus
villas o ciudades, aquel pergamino será para ellos una cosa indiferente y
extraña.
Este inconveniente que tenía su raíz en el
mismo estado de las ideas, de suyo limitada a circunstancias locales, subía de
punto en España, donde se andaban amalgamando debajo de un mismo cetro pueblos
tan diferentes en sus costumbres y en su organización municipal y política, y
que además no carecían de rivalidades y rencores.
604
En tal caso, era mucho más fácil que pudiera
combatirse la libertad de una provincia sin que las demás se creyeran
ofendidas, ni temieran por la suya. Si cuando, se levantaron en Castilla las
comunidades contra Carlos V hubiera existido esa comunicación de
ideas y sentimientos, esas vivas simpatías que a la sazón enlazan a todos los
pueblos, la derrota de Villalar habría sido una derrota y nada más; porque
resonando el grito de alarma en Aragón y Cataluña, a buen seguro que hubieran
dado mucho más que entender al inexperto y mal aconsejado monarca. Pero no fue
así: se hicieron esfuerzos aislados, y por lo mismo estériles.
El poder real, procediendo siempre sobre un
mismo plan, podía ir batiendo por partes aquellas fuerzas diseminadas, y el
resultado no era dudoso.
En 1521 perecieron en un cadalso Padilla,
Bravo y Maldonado; en 1591 sufrieron igual suerte en Aragón D. Diego de
Heredia, D. Juan de Luna y el mismo justicia D. Antonio de Lanuza. y cuando en
1640 se sublevaron los catalanes en defensa de sus fueros, a pesar de sus
manifiestos por atraerse partidarios, no encontraron quién les ayudase.
No existían entonces esas hojas sueltas que a cada
mañana nos llaman la atención hacia toda clase de cuestiones, y que nos alarman
al menor riesgo. Los pueblos apegados a sus usos y costumbres, satisfechos con
las nominales confirmaciones que de sus fueros iban haciendo cada día los
reyes, ufanos con la veneración que éstos manifestaban á las antiguas
libertades, no reparaban que tenían a su vista un adversario sagaz que no
empleaba la fuerza sino cuando era menester para un golpe decisivo; pero que en
todo caso la tenía siempre preparada para aplastarlos con robusta mano.
Estudiando con reflexión la historia de España
se observa desde luego, que el plan de concentrar toda la acción gubernativa en
manos del monarca, excluyendo en cuanto fuera dable la influencia de la nación,
principió desde el reinado de Fernando e Isabel. Y no es extraño; porque
entonces hubo a un tiempo más necesidad y mayor facilidad de hacerlo. Hubo más
necesidad, porque partiendo la acción del gobierno de un mismo centro, y
extendiéndose a toda España, a la sazón tan varia en sus leyes, usos y
costumbres, se debía sentir más de lleno y con mayor viveza el embarazo que
oponía a la acción central, tanta diversidad de cortes, de ayuntamientos, de
códigos y privilegios; y como todo gobierno desea que su acción sea rápida y
eficaz, era natural que se apoderase del consejo de los reyes de España el
pensamiento de allanar, de uniformar y centralizar.
605
Ya se deja entender que a un rey que se
hallaba a la cabeza de numerosos ejércitos, que disponía de soberbias flotas,
que había humillado en cien encuentros a poderosos enemigos, que se veía
respetado de las naciones extranjeras, no podía serle muy agradable el tener
que sujetarse a cada paso a celebrar Cortes, ora en Castilla, ora en Aragón,
después en Valencia, luego en Cataluña; y que le habían de repugnar algún tanto
aquellos repetidos juramentos de guardar los fueros y libertades; aquella
eterna cantinela que hacían resonar a sus oídos los procuradores de Castilla, y
los brazos de Aragón, de Valencia y de Cataluña.
Ya se deja entender que aquello de tener que
humillarse a pedir a las Cortes algún servicio para los gastos del Estado, y en
particular para las guerras casi nunca interrumpidas, les había de caer tan
poco en gracia a los reyes, que sólo se resignarían a hacerlo, temiendo la fiera
altivez de aquellos hombres, que al paso que combatían como leones en el campo
de batalla cuando se trataba de su religión, de su patria y de su rey, hubieran
peleado intrépidos en las calles y en sus casas, si se hubiese intentado
arrebatarles los fueros y franquicias que habían heredado de sus mayores.
Con sólo la reunión de las coronas de Aragón y
Castilla, se preparó ya de tal manera la ruina de las instituciones populares,
que era poco menos que imposible no viniesen al suelo. Desde entonces quedó el
trono en posesión demasiado elevada, para que pudieran ser barreras bastantes a
contenerle los fueros de los reinos que se habían unido.
Si quisiéramos imaginar un poder político que
a la sazón fuera capaz de hacer frente al trono, debiéramos figurarnos todas
las asambleas que con nombre de Cortes se veían de vez en cuando en varias
partes del reino, reunidas también, refundidas en una representación nacional,
aumentándose su fuerza de la propia manera que se había alimentado la de los
reyes; deberíamos imaginarnos aquella asamblea central, heredera de sus
componentes en celo por la conservación de los fueros y privilegios,
sacrificando en las aras del bien común todas las rivalidades, y dirigiéndose a
su objeto con paso firme, en masa compacta, para que no fuera fácil abrirle
ninguna brecha.
Es decir, que deberíamos figurarnos un
imposible; imposible por el estado de las ideas, imposible por el estado de las
costumbres, imposible por las rivalidades de los pueblos, imposible porque no
eran éstos capaces de comprender la cuestión bajo un aspecto tan grandioso,
imposible por la resistencia que a ello habrían opuesto los reyes, por los
embarazos y complicaciones que hubiera ofrecido la organización municipal,
social y política; en una palabra, deberíamos fingir cosas tan imposibles de
ser entonces concebidas, como ejecutadas.
606
Todas las circunstancias favorecían al
engrandecimiento del poder del monarca. No siendo ya solamente rey de Aragón o
de Castilla, sino de España, los antiguos reinos iban haciéndose muy pequeños
ante la altura y esplendor del solio; y como desde entonces ya empezaban a
tomar el puesto que después les había de caber, el de provincias. Ya el monarca
teniendo que ejercer una acción más extensa y complicada, no puede estar en tan
continuo contacto con sus vasallos; y cuando sea menester celebrar Cortes en
alguno de los reinos componentes, será preciso aguardar mucho tiempo por
hallarse ocupado en otro punto de sus dominios.
Para castigar una sedición, para enfrenar un
desmán, o reprimir una demasía, ya no le será preciso acudir a las armas del
país; con las de Castilla podrá sojuzgar a los que se subleven en
Si las costumbres de la nación hubieran sido
pacíficas, si no hubiera sido su estado ordinario el de la guerra, quizás fuera
menos difícil que se salvaran las instituciones democráticas. Dirigida
exclusivamente la atención de los pueblos hacia el régimen municipal y político,
hubieran podido conocer mejor sus verdaderos intereses; los mismos reyes no se
arrojaran tan fácilmente a todo linaje de guerra, perdiendo así el trono parte
del prestigio que le comunicaban el esplendor y el estruendo de las armas; la
administración no se hubiera resentido de aquella dureza quebrantadora de que
más o menos adolecen siempre las costumbres militares; haciéndose de esta
suerte menos difícil que se conservara algún respeto a los antiguos fueros.
Cabalmente España era entonces
la nación más belicosa del mundo. El campo de
batalla era su elemento; siete siglos de combates habían hecho de ella un
verdadero soldado; las recientes victorias sobre los moros, las proezas de los
ejércitos de Italia, los descubrimientos de Colón, todo contribuía a engreírla,
y a darle aquel espíritu caballeresco
que por tanto tiempo fue uno de sus más notables distintivos. El rey había
de ser un capitán; y podía estar seguro de cautivar el ánimo de los españoles,
mientras se hiciera ilustre con brillantes hechos de armas. Y las armas son muy
temibles para las instituciones populares; porque habiendo vencido en el campo
de batalla, acostumbran a trasladar a las ciudades el orden, y la disciplina de
los campamentos.
607
Ya desde el tiempo de Fernando e Isabel se
levanta tan alto el solio de los reyes de Castilla, que en su presencia apenas
se divisan las instituciones libres; y si después de la muerte de la reina
vuelven a aparecer sobre la escena los grandes y el pueblo, es porque con la
mala inteligencia entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, había perdido
el trono su unidad, y por consiguiente su fuerza. Así es que tan pronto como
cesan aquellas circunstancias; sólo se ve figurar el trono; y esto no sólo en
los últimos días de Fernando, sino también bajo la regencia de Cisneros.
Exasperados los castellanos con las demasías
de los flamencos, y alentados tal vez con la esperanza de la debilidad que
suele llevar consigo el reinado de un monarca muy joven, volvieron a levantar
su voz. Las reclamaciones y quejas degeneraron luego en disturbios,
convirtiéndose después en abierta insurrección. A pesar de las muchas
circunstancias que favorecían sobremanera a los comuneros, a pesar de la
irritación que debía de ser general a todas las provincias de la monarquía,
notamos sin embargo que el levantamiento, si bien es considerable, no es tal
sin embargo que presente la extensión y gravedad de un alzamiento nacional;
manteniéndose buena parte de
Todo el reinado de Carlos V fué lo más a propósito para llevar a
cabo la obra comenzada; pues habiéndose inaugurado bajo el auspicio de la
batalla de Villalar, continuó con no interrumpida serie de guerras, en que los
tesoros y la sangre de los españoles se derramaron por todos los países de
Europa, África y América con prodigalidad excesiva.
Ni siquiera se daba a la nación el tiempo para
cuidar de sus negocios; estaba privada casi siempre de la presencia de su rey, y convertida en
provincia de que disponía a su talante el emperador de Alemania y dominador de
Europa.
Es verdad que las Cortes de 1538 levantaron
muy alto la voz, dando a Carlos una lección severa en lugar del servicio que
pedía; pero era ya tarde, el clero y la nobleza fueron arrojados de las Cortes,
y limitada en adelante la representación de Castilla a los solos procuradores;
es decir, condenada a no ser más que un mero simulacro de lo que era antes, y
un instrumento de la voluntad de los reyes.
608
Mucho se ha
dicho contra Felipe II; pero a mi juicio no hizo más que colocarse
en su lugar propio, y dejar que las cosas siguieran su curso natural. La crisis
había pasado ya, la cuestión estaba decidida; para que la nación volviese a
recobrar la influencia que había pendido, era necesario que pasase sobre España
la innovadora acción de los siglos.
Mas no debe creerse por esto, que la obra de
cimentar el poder absoluto estuviera ya tan acabada que no quedase ningún
vestigio de la antigua libertad; pero refugiada ésta en Aragón y Cataluña, nada
podía contra el gigante que la enfrenaba desde el centro de un país ya del todo
dominado, desde la capital de Castilla. Quizás los monarcas hubieran podido
hacer un ensayo atrevido, cual era el descargar de una vez un golpe recio sobre
cuanto los embarazaba; pero por más probabilidades que tuvieran de buen éxito,
atendidos los poderosos medios de que disponían, se guardaron muy bien de
hacerlo; permitieron a los habitantes de Navarra y de
EN EL CUADRO que acabo de bosquejar, y cuya
rigurosa exactitud nadie es capaz de poner en duda, no se ve la opresora
influencia del Catolicismo, no se descubre la alianza entre el clero y el trono
para matar la libertad; sólo se presenta a nuestros ojos el curso regular y
natural de las cosas, el sucesivo desarrollo de acontecimientos, contenidos los
unos en los otros como la planta en su semilla.
Por lo tocante a
609
Su objeto era religioso; y tanto distaba de
apartarse de él para lisonjear la voluntad del soberano, que, como hemos visto
ya, no tenía reparo en condenar las doctrinas que ensanchaban injustamente las
facultades del rey.
Si se
me objeta que
No se habían entonces trastornado las ideas,
dando a entender que la religión era amiga y auxiliar de la opresión de los
pueblos; muy al contrario, éstos abrigaban un vivo anhelo de libertad, de
adelanto, que se avenía muy bien en sus espíritus con una fe ardiente, entusiasta,
que consideraba como muy justo y saludable que no se tolerasen creencias
opuestas a la enseñanza de
La unidad en la fe católica no constriñe a los
pueblos como mano de hierro; no les impide el moverse en todas direcciones; la
brújula que preserva del extravío en la inmensidad del Océano, jamás se
apellidó la opresora del navegante.
La antigua unidad de la civilización europea,
¿carecía por ventura de grandor, de variedad y de belleza?
La unidad católica que presidía a los destinos
de la sociedad, ¿embargaba acaso su movimiento, ni aun en los siglos bárbaros?
¿Habéis fijado la vista sobre el grandioso y placentero espectáculo que
presentan los siglos anteriores al XVI?
Parémonos un momento a considerarle, que así
comprenderá mejor con cuánta verdad he afirmado que el curso de la civilización
fue torcido por el Protestantismo.
Con el inmenso sacudimiento producido por la
colosal empresa, de las cruzadas, obsérvase cual hierven los poderosos
elementos depositados en el seno de la sociedad. Avivada su acción con el choque
y el roce, multiplicadas con la unión las fuerzas, despliégase por doquiera y
en todos sentidos, un movimiento de calor y de vida, seguro anuncio del alto
grado de civilización y cultura a que en breve debía encumbrarse
Cual si una voz poderosa hubiese llamado a la
vida las ciencias y las artes, preséntanse de nuevo en la sociedad, reclaman a
voz en grito protección y distinguido acogimiento; y los castillos del
feudalismo, legado de las costumbre de los pueblos conquistadores, se ven de
repente iluminados con una ráfaga de luz, que recorre con la velocidad del rayo
todos los climas y países.
Aquellas bandas de hombres que escarbaran
fatigosos la tierra en provecho de sus señores, levantan erguida su frente; y
con el brío en el corazón y la franqueza en los labios, demandan una parte en
los bienes de la sociedad; dirigiéndose recíprocamente una mirada de
inteligencia, se unen, y reclaman de mancomún que se sustituyan las leyes a los
caprichos.
Entonces se forman, se engrandecen, se muran
las poblaciones; nacen y se desenvuelven las instituciones municipales; y
acechando tamaña oportunidad los reyes, juguete hasta entonces del orgullo,
ambición y terquedad de los señores, forman causa común con los pueblos.
Amenazado de muerte el feudalismo, entra con denuedo en la lucha; pero en vano;
una fuerza más poderosa que los aceros de sus mismos adversarios le detiene;
cual si le oprimiera el ambiente que le rodea, siente embargados sus
movimientos y debilitada su energía; y desconfiando ya de la victoria, se
abandona a los goces con que le brinda el adelanto de las artes.
Trocando la cerrada cota por el delicado
traje, el robusto escudo por el blasón lujoso, el ademán y continente guerrero
por los modales cortesanos, zapa por su misma base todo su poder, deja que se
desenvuelva completamente el elemento popular y que tome creces cada día
mayores el poder de los monarcas.
Robustecido el cetro de los reyes,
desenvueltas las instituciones municipales, socavado y debilitado el
feudalismo, cayendo de continuo a los golpes de tantos adversarios los restos
de barbarie y de opresión que se notaran en las leyes, se veían un número
considerable de grandes naciones, presentando, y esto por la primera vez en el
mundo, mostrando el apacible espectáculo de algunos millones de individuos
reunidos en sociedad, y que disfrutaban de los derechos de hombre y de
ciudadano.
Hasta entonces se había tenido siempre el
cuidado de asegurar la tranquilidad pública, y hasta la existencia de la
sociedad, separando del juego de la máquina a gran parte de los hombres por
medio de la esclavitud; y esto probaba a la vez la degradación, y la flaqueza
intrínseca de las constituciones antiguas.
La
religión cristiana, con el animoso aliento que inspiran el sentimiento de las
propias fuerzas y el ardiente amor de la humanidad, no dudando de que tenía a
la mano muchos otros medios para contener al hombre, sin que necesitase apelar
a la degradación y a la fuerza, había resuelto el problema del modo más grande
y generoso. Ella había dicho a la sociedad: "¿Temes esa inmensa turba que no cuenta con
bastantes títulos para poseer tu confianza?
611
Pués yo salgo fiador por ella; tú la sojuzgas
con una cadena de hierro al cuello, yo domeñaré su mismo corazón; suéltala
libremente, y esa muchedumbre que te hace temblar como manada de bestias
feroces, se convertirá en clase útil para sí y para ti misma." Y había
sido escuchada esta voz; y libres ya del férreo yugo todos los hombres,
trabábase aquella noble lucha que debía equilibrar la sociedad, sin destruirla
ni desquiciarla.
Ya hemos visto más arriba que se hallaban a la
sazón, cara a cara, adversarios muy poderosos; y si bien eran inevitables
algunos choques más o menos violentos, nada había que hiciese presagiar grandes
catástrofes, con tal que combinaciones funestas no vinieran a romper el freno,
único capaz de dominar ánimos tan briosos y tal vez exasperados, quitando de en
medio aquella voz robusta que hubiera dicho a los combatientes: basta; aquella
voz que hubiera sido escuchada con más o menos docilidad, pero lo suficiente
para templar el calor de las pasiones, moderar el ímpetu de los ataques y prevenir
escenas sangrientas.
Dando una ojeada sobre Europa a fines del
siglo XV y principios del XVI, buscando
los elementos que campeaban en la sociedad, y que entrando en reñida
competencia podían turbar su sosiego, se descubre el poder real elevado ya a grande
altura, sobre los señores y los pueblos.
Si bien se le observa todavía complaciendo a
sus rivales, y abalanzarse hacia unos por sojuzgar a los otros, se conoce
fácilmente que aquel poder es ya indestructible; y que más o menos coartado por
los recuerdos altaneros del feudalismo, y por la fuerza siempre creciente e
invasora del brazo popular, debía quedar no obstante, como un centro que
pusiese a cubierto a la sociedad de violencias y demasías. Tan marcada era la
dirección hacia este punto, que con más o menos claridad, con caracteres más o
menos semejantes, se presenta por doquiera el mismo fenómeno.
Las naciones eran grandes en extensión y
abundantes en número; abolida la esclavitud se había sancionado el principio de
que el hombre debía vivir libre en medio de la sociedad, disfrutando de sus
beneficios más esenciales, quedándole ancho campo para ocupar un grado más o
menos elevado en la jerarquía, según fueran los medios que emplease para
conquistarlo. Desde entonces la sociedad había dicho a todo individuo:
"Te reconozco como a hombre y
como a ciudadano, desde ahora te aseguro estos títulos; si deseas una vida
sosegada en el seno de tu familia, trabaja y ahorra; y nadie te arrebatará el
fruto de tus sudores, ni limitará el uso de tus facultades; si codicias grandes
riquezas, mira cómo las adquieren los otros, y despliega tú, como ellos, igual
grado de actividad y de inteligencia; si anhelas la gloria, si ambicionas los
grandes puestos, los títulos brillantes, ahí están las ciencias y las armas; si
tu familia te ha trasmitido un nombre ilustre, podrás acrecentar su esplendor;
cuando no, tú mismo podrás adquirírtelo."
612 He aquí cómo
se presentaban las condiciones del problema social a fines del siglo XV. Todos
los datos se hallaban a la vista; todos los grandes medios de acción estaban
descubiertos y se iban desenvolviendo rápidamente; la imprenta trasmitía ya el
pensamiento de un extremo a otro del mundo con la rapidez del relámpago, y
aseguraba su conservación para las generaciones venideras; la comunicación de
los pueblos, el renacimiento de las bellas letras y de las artes, el cultivo de
las ciencias, el espíritu de viaje y de comercio, el descubrimiento de un rumbo
nuevo para las Indias orientales, y el de las Américas, la afición a las
negociaciones políticas para arreglar las relaciones internacionales, todo se
había combinado ya para que recibieran los ánimos aquel fuerte impulso, aquel
sacudimiento, que despierta y desarrolla a la vez todas las facultades del
hombre, comunicando a los pueblos una nueva vida.
Apenas puede alcanzarse, cómo en vista de
datos tan positivos y ciertos, de tanto bulto que basta abrir la historia para
tropezar con ellos, se haya podido decir seriamente que el Protestantismo hizo
progresar al linaje humano.
Si
anteriormente a la reforma de Lutero, se hubiera visto a la sociedad
estacionaria, sin salir del caos en que la sumergieran las irrupciones de los
bárbaros; si los pueblos no hubieran acertado a constituirse en grandes
naciones, con formas de gobierno más o menos bien organizadas, pero que sin
disputa llevaban ventaja a cuantas hasta entonces habían existido.
Si la administración de justicia, más o menos
bien ejercida, no hubiese tenido ya un sistema de legislación muy moral, muy
razonable y equitativo, donde pudiera fundar sus fallos; si los pueblos no
hubiesen sacudido en gran parte el yugo del feudalismo, adquiriendo abundantes
medios para la conservación y defensa de las libertades; si el régimen
administrativo no hubiese ya dado gigantescos pasos con el establecimiento,
extensión y mejora de las municipalidades.
Si engrandeciéndose, robusteciéndose y
solidándose el poder real no se hubiese creado en medio de la sociedad un
centro fuerte para ejecutar el bien, impedir el mal, contener las pasiones,
prevenir luchas funestas, y velar por los intereses generales dispensándolos
perenne protección y eficaz fomento; si no se hubiera ya visto desde entonces
en todos los pueblos una sagaz previsión del escollo en que peligraba de
estrellarse la sociedad, por dejar sin ningún linaje de contrapeso el poderío
de los reyes.
613
Si esto se hubiera verificado después de la
revolución religiosa del siglo XVI, entonces tuviera el aserto alguna
verosimilitud, o al menos no habría el inconveniente de verle desde luego en
clara oposición con las más reparables y ciertas fechas.
Por de pronto quiero conceder que en toda
clase de materias sociales, políticas y administrativas, se hayan hecho desde
entonces grandes adelantos; ¿síguese de esto que sean debidos a la reforma
protestante?
Lo que
era necesario es que dos sociedades enteramente semejantes en posición y
circunstancias, separadas empero por larga distancia de tiempo para que no se
pudieran afectar recíprocamente, hubiesen estado sujetas, la una a la
influencia católica, y la otra a la protestante; en tal caso habrían podido
presentarse ambas religiones y decir: esto es mi obra.
Pero comparar ahora tiempos muy diferentes,
circunstancias nada parecidas, posiciones excepcionales con épocas comunes; y
no considerar que los primeros pasos en todas las cosas son siempre los más
difíciles, y que el mayor mérito es el de la invención; y aun después que se ha
incurrido en tan palpables defectos de lógica, empeñarse en atribuir a un hecho
todos los otros hechos sólo porque han venido después de el, esto es no tener
un deseo sincero de la verdad, es empeñarse en adulterar la historia.
La organización de la sociedad europea, tal
como la encontró el Protestantismo, no era ciertamente lo que debía ser; pero era si todo
lo que podía ser.
A menos que
Los elementos de adelanto, de felicidad, de civilización y cultura,
estaban en su seno, eran abundantes y poderosos; con la acción del tiempo iban
desenvolviéndose de un modo verdaderamente admirable; y ya que a fuerza de
dolorosas experiencias, las doctrinas disolventes van menguando en prestigio y
crédito, tal vez no esté lejos el día en que todos los filósofos que examinen
desinteresadamente esa época de la historia,
convengan en que la sociedad habría recibido entonces el movimiento más
acertado; y que viniendo el Protestantismo a torcerle el curso, no hizo más que
precipitarla por un rumbo sembrado de escollos, donde ha estado ya a pique de
zozobrar, y de donde zozobraría tal vez, si la mano del Altísimo no fuese más
poderosa que el débil brazo del hombre.
614
Gloríanse los protestantes de haber hecho un
gran servicio a la sociedad, quebrantando en unas partes y enervando en otras
el poder de los papas; por lo que toca a la supremacía en relación a las cosas
de fe, basta lo dicho sobre las desastrosas consecuencias del espíritu privado;
y por lo concerniente a la disciplina, como no trato de engolfarme en materias
que llevarían sobrado lejos los límites de esta obra, sólo rogaré a mis
adversarios que reflexionen, si es prudente dejar a una sociedad extendida por
todo el mundo, sin legislador, sin juez, sin árbitro, sin consultor, sin jefe.
Poder temporal. Esta palabra ha sido por mucho
tiempo el espantajo de los reyes, la enseña de los partidos anticatólicos, el
lazo donde han caído muchos hombres de buena fe, el blanco contra el cual han
asestado con más libertad sus tiros los políticos malcontentos, los escritores
ofendidos, los canonistas adustos; y nada más natural, pues que en esta materia
encontraban ancho campo para desfogar sus re-sentimientos, y verter sospechosas
doctrinas; seguros de que aparentando celo por el poder de los monarcas,
encontrarían para los azares que pudieran ofrecerse decidida protección en los
palacios de los reyes.
No es
aquí el lugar de discutir una materia que ha dado campo a tan acaloradas y
eruditas disputas; y sería esto tanto menos oportuno, cuanto no es regular que
en la actualidad ninguna potencia abrigue recelos con respecto a usurpaciones
temporales de
Es indudable que el poder temporal del Papa se
había con el transcurso de los tiempos elevado a tan grande altura, que ya no
era sola-mente el sucesor de San Pedro, sino un consultor, un árbitro, un juez
universal, de cuyo fallo era peligroso disentir, hasta con respecto a objetos
meramente políticos. Con el movimiento general de Europa se había este poder
debilitado algún tanto; conservaba sin embargo cuando la aparición del
Protestantismo tal ascendiente en los ánimos, inspiraba tales sentimientos de
veneración y respeto, y disponía de medios tan poderosos para defender sus
derechos, sostener sus pretensiones, apoyar sus juicios y hacer respetar sus
consejos, que aun los monarcas más poderosos de Europa consideraban corno
inconveniente de mucha gravedad en un negocio cualquiera, el contar como
adversaria a la corte de Roma; por cuyo motivo, procuraban siempre con grande
ahínco captarse su benevolencia y alcanzar su amistad.
De manera que se había constituido Roma en
centro general de negociaciones, y no había asunto importante que pudiera
sus-traerse a su influencia.
615 Tanto
se ha declamado contra ese poder colosal, contra esa pretendida usurpación de
derechos, que no parece sino que los papas fueron una serie de profundos
conspiradores, que con sus manejos y artificios, a nada menos aspiraban que a
la monarquía universal.
Ya que se ha querido blasonar de espíritu de
observación y de análisis de los hechos, era necesario reparar que el poder
temporal de • los papas se robusteció y extendió cuando aún no se hallaba
verdaderamente constituido ninguno de los otros poderes; así, el llamarle
usurpación, es no sólo una inexactitud, sino también un anacronismo.
En el trastorno general en que se hallaron
sumidas todas las sociedades europeas con la irrupción de los bárbaros, en la
informe y monstruosa amalgama que se hizo de razas, leyes, costumbres y
tradiciones, no quedó ninguna base sobre que pudiera labrarse la civilización y
cultura, ningún punto luminoso que iluminara aquel caos, ningún elemento
bastante a fecundar de nuevo las semillas de regeneración que yacían sepultadas
en medio de escombros y de sangre, sino el cristianismo; y así es que,
dominando, humillando, anonadan-do los restos de las otras religiones, se eleva
como solitaria columna en el centro de una ciudad arruinada, como antorcha
brillante en medio de un horizonte de tinieblas.
Bárbaros como eran los pueblos conquistadores, y engreídos con sus
triunfos, doblegan sin embargo su cerviz bajo el cayado de los pastores del
rebaño de Jesucristo; y estos hombres tan nuevos para ellos, que les hablaban
un lenguaje superior y divino, adquieren sobre los feroces caudillos de
aquellas hordas un ascendiente tan eficaz y duradero, que no fue bastante a
destruirle el transcurso de los siglos.
He aquí la raíz del poder temporal, y bien se
alcanza que elevado el Papa sobre todas los demás Pastores en el edificio de
Todos los principios de legislación, todas las
bases de la sociedad, todos los elementos de cultura, todo cuando había quedado
de artes y de ciencias, todo estaba en manos de la religión, y todo se puso por
consecuencia muy natural bajo la sombra del solio pontificio; como que éste era
el único poder que obraba con orden, concierto y regularidad, el único que
ofrecía prendas de estabilidad y firmeza.
Sucediéronse unas guerras a otras guerras,
unos trastornos a otros trastornos, unas formas a otras formas; pero el hecho
grande, general, dominante, fué siempre el mismo; y es cosa risible el oír a
tanto hablador apellidando un fenómeno tan natural, tan inevitable, y sobre
todo tan provechoso; "serie de atentados y de usurpaciones contra el poder
temporal."
Para que un poder sea usurpado, es menester
que exista; ¿y dónde existía entonces? ¿En los reyes, juguete, y a menudo
víctimas de orgullosos barones? En los señores feudales, que estaban en lucha
continua entre sí, y con los reyes y con los pueblos?
¿En el pueblo, tropa de esclavos, que, merced
a los esfuerzos de la religión, se iba lentamente emancipando? ¿Qué reuniéndose
para resistir a los señores, alzando la voz para reclamar la protección de los
reyes, o demandando a
¿Con qué buena fe se han podido comparar
nuestros tiempos con aquellos tiempos, queriendo aplicar reglas de deslinde de
autoridad, sólo admisibles en sociedades que, habiendo ya desarrollado los
elementos de vida y civilización, y asentadas sobre bases firmes y duraderas,
ordenan las funciones de los poderes sociales, entrando en minuciosos detalles
sobre el limite de las respectivas atribuciones?
No debiera haberse olvidado que discurrir de
otra manera es pedir orden al caos, regularidad a las oleadas de una tormenta.
No debiera haberse olvidado tampoco un hecho general y constante, cómo fundado
en la misma naturaleza de las cosas, hecho de que da repetidas lecciones la
historia de todos los tiempos y países, y que señaladamente se ha mostrado de
un modo muy notable en las revoluciones de los pueblos modernos, cual es, que
siempre que hay un gran desorden en la sociedad, se presenta un principio
fuerte para contrarrestarle.
Empiézase la lucha, se repiten, se avivan, se
multiplican los choques; pero al fin cede el principio de desorden al principio
de orden, y queda dominante por largo tiempo en la sociedad el que ha obtenido
el triunfo.
Este principio será más o menos justo, más o
menos racional, más o menos violento, más o menos apto para llenar el objeto de
su destino; pero sea cual fuere, y como quiera, siempre prevalece, a menos que
durante la lucha no se presente otro mejor y más fuerte que pueda reemplazarle.
Ahora bien, en los siglos medios este
principio era
617
Ella era a la sazón el único elemento de vida, la depositaria del
gran pensamiento que debía reorganizar la sociedad; y este pensamiento no era
abstracto y vago, y sí positivo, práctico, aplicable, como descendido de la
boca de Aquel, cuya palabra fecunda la nada, y hace brotar la luz en medio de
las tinieblas.
Así debía suceder que habiendo penetrado hasta
el corazón de la sociedad sus dogmas sublimes, se apoderase también de las
costumbres su moral pura, fraternal y consoladora; y que las formas de
gobierno, los sistemas de legislación, participasen más o menos de su poderosa
y suave influencia.
Estos son hechos, nada más que hechos; y
enlazándose con ellos otro, cual es, que el centro de esta religión, que con
tan legítimos títulos iba extendiendo su provechoso predominio, estaba en manos
del pontífice romano, bien claro es que muy naturalmente debía encontrarse
elevado su poder sobre todos los otros de la tierra.
Después de contemplar ese magnífico cuadro que a nuestros ojos
despliega la fiel y sencilla narración de la historia, el pararse en los
defectos o vicios de algunos hombres, el alegar demasías, yerros o vicios,
patrimonio inseparable de la humanidad, el andar a caza de ellos a través de
larga serie de tenebrosos siglos, amontonarlos, reunirlos en un punto de vista
para que hieran con más fuerza, y sorprendan a la credulidad e ignorancia, el
insistir sobre los mismos, exagerándolos, desfigurándolos y cubriéndolos de
negros colores, es tener muy menguada la vista, es conocer muy escasamente la
filosofía de la historia; y sobre todo, es acreditarse de espíritu parcial, de
miras poco elevadas, de sentimientos mezquinos y rencorosos.
Es
preciso decirlo en alta voz, para que se oiga, es necesario repetirlo una y mil
veces, para que no se olvide: no se respetan los límites que no existen, no se usurpa el
poder cuando se crea, no se violan las leyes cuando se forman, no se inducen
perturbaciones en la sociedad cuando se desembrolla el caos que la envuelve.
Esto
hizo
618
EL DIVORCIO irrevocable que se ha querido
suponer entre la unidad en la fe y la libertad política, es una invención de la
filosofía irreligiosa del pasado siglo.
Sean cuales fueren las opiniones políticas que
se adopten, importa mucho estar en guardia contra semejante doctrina; conviene
no olvidar que la religión católica pertenece a esfera muy superior a todas las
formas de gobierno, que no rechaza de su seno, ni al ciudadano de los Estados
Unidos, ni al morador de
Importa mucho recordar que la irreligión se alía con la libertad o
con el despotismo, según a ella le interesa; que, si aplaude al ver que
furibunda plebe incendia los templos y degüella a los ministros del Señor,
también sabe lisonjear a los monarcas, exagerando desmedidamente sus
facultades, siempre que éstos acierten a merecer sus encomios, despojando al
clero, trastornando la disciplina, o insultando al Papa.
¿Qué le importan los instrumentos, con tal que
consume su obra? Será realista cuando pueda dominar el ánimo de los reyes,
expulsar a los jesuitas de Francia, España y Portugal, y perseguirlos en todos
los ángulos de la tierra, sin darles tregua ni descanso; será liberal, mientras
haya asambleas que exijan al clero juramentos sacrílegos, y envíen al destierro
o al cadalso a los ministros fieles a su deber.
Preciso fuera haber olvidado la historia,
preciso fuera haber cerrado los ojos a bien reciente experiencia, para
desconocer la verdad y exactitud de lo que acabo de afirmar.
Con religión, con moral, pueden marchar bien
todas las formas de gobierno; sin ellas ninguna. Un monarca absoluto, imbuido
en ideas religiosas, rodeado de consejeros de sanas doctrinas, reinando sobre
un pueblo donde éstas dominen, puede hacer la felicidad de sus súbditos; y la
hará, a no dudarlo, en cuanto lo permitan las circunstancias del lugar y
tiempo.
619 Un monarca
impío, o dirigido por consejeros impíos, dañará tanto más cuanto más ilimitadas
sean sus facultades; será más temible que la revolución misma, porque combinara
mejor sus designios, y los ejecutará con más rapidez, con menos obstáculos, con
más apariencias de legalidad, con más pretextos de conveniencia pública, y por
tanto con más seguridad de buen éxito y estabilidad del resultado.
Las revoluciones han causado ciertamente
muchos daños a
Infiérese de esto que la monarquía pura, si no
es religiosa, no es apetecible; la irreligión, como de suyo es inmoral, tiende
naturalmente a la injusticia, y por consiguiente a la tiranía. Si llega a
sentarse en un trono absoluto, o señorea el ánimo de quien le ocupa, sus
facultades no tienen límites; y yo no conozco cosa
más horrible que la omnipotencia de la impiedad.
La democracia europea de los últimos tiempos
se ha señalado tristemente por sus criminales atentados contra la religión; y
esto lejos de favorecer su causa, la ha dañado sobremanera. Porque un gobierno
más o menos lato puede concebirse cuando hay virtudes en la sociedad, cuando
hay moral, cuando hay religión; pero faltando éstas es imposible. Entonces no
hay otro medio de gobierno que el despotismo, que el imperio de la fuerza;
porque es la única que puede regir a los hombres sin conciencia y sin Dios.
Si reflexionamos sobre las diferencias que
mediaron entre la revolución de los Estados Unidos y la de Francia, hallaremos
que no es una de las menores el que aquélla fue esencialmente democrática, y
ésta esencialmente impía; en los manifiestos con que se inauguraba aquélla, se
ve por todas partes el nombre de Dios, de
620 Esta
insensatez ha producido su fruto; pegándose el fatal contagio a las demás
revoluciones de los últimos tiempos, se ha inaugurado el nuevo orden de cosas
con atentados sacrílegos, y la proclamación de los derechos del hombre ha
comenzado con la profanación de los templos de Aquel de quien emanan todos los
derechos.
Verdad es, que los modernos demagogos no han
hecho más que imitar a sus predecesores, los protestantes, husitas y
albigenses; sólo
que en nuestros tiempos se ha manifestado abiertamente la impiedad al lado de
su digna compañera, la democracia de sangre y lodo, mientras antiguamente se
asociaba esta última con el fanatismo de las sectas.
Las doctrinas disolventes del Protestantismo
hicieron necesario un poder mas fuerte, precipitaron las ruinas de las antiguas
libertades, e hicieron que la autoridad hubiese de estar continuamente en
acecho y en actitud de herir. Debilitada la influencia del Catolicismo, fue
preciso llenar el vacío con el espionaje y la fuerza.
No
olvidéis este ejemplo, oh vosotros que hacéis la guerra a la religión
apellidando libertad; no olvidéis que las mismas causas producen idénticos
efectos; que si no existen las influencias morales será menester suplirlas con
la acción física; que si quitáis a los pueblos el suave freno de la religión no
dejáis otros medios de gobierno que, la vigilancia de la policía y la fuerza de
las bayonetas. Medid y escoged.
Antes del Protestantismo, la civilización
europea, colocada bajo la égida de la religión católica, tendía evidentemente a
esa armonía general, cuya falta ha producido la necesidad de un excesivo empleo
de la fuerza. Desapareció la unidad de la fe, y con esto se introdujo la
licencia del pensamiento y la discordia religiosa; se destruyó en unas partes y
se debilitó en otras la influencia del clero y con esto se rompió el equilibrio
de las clases, y se inutilizó la que por su naturaleza estaba destinada a ser
mediadora; se enflaqueció el poder de los papas, y con esto se quitó a los
pueblos y a los gobiernos un freno suave que los templaba sin abatirlos, y
corregía sin humillarlos; así quedaron frente a frente los reyes y los pueblos,
sin una clase autorizada que pudiese interponerse en caso de conflicto, sin un
juez que, amigo de todos y desinteresado en las contiendas, pudiese terminar
imparcialmente las desavenencias; el gobierno contó con los ejércitos regulares
que a la sazón se organizaron, el pueblo con la insurrección.
621 Ni vale alegar
que en las naciones donde prevaleció el Catolicismo también se verificó en el
orden político un fenómeno semejante al de los países protestantes; yo afirmo
que ni aun en los católicos siguieran los acontecimientos el curso que les era
natural, a no haber sobrevenido la malhadada Reforma.
La civilización europea, para desenvolverse
bien y cumplidamente, había menester la unidad que la había engendrado; sólo
así le era dable alcanzar la armonía de los varios elementos que en su seno
abrigaba. Le faltó la homogeneidad, tan pronto como desapareció la unidad de la
fe; desde entonces cada nación se vio precisada a organizarse de la manera
conveniente, no sólo atendiendo a sus necesidades interiores, sino también a
los principios que dominaban en otras partes, y de cuya influencia le importaba
resguardarse.
¿Creéis que la causa del gobierno español, constituído el defensor
de la causa del Catolicismo contra poderosas naciones protestantes, no debió de
resentirse profundamente de las circunstancias excepcionales y sumamente
peligrosas en que
Creo haber demostrado que
He dejado también fuera de duda que las sectas
separadas de
Esta lección de la historia la confirma la
experiencia, y no la desmentirá el porvenir. El hombre es tanto más digno de
libertad cuanto es más religioso y moral; porque entonces necesita menos el
freno exterior, a causa de llevarlo muy poderoso en la conciencia propia. Un
pueblo irreligioso e inmoral ha menester tutores que le arreglen sus negocios;
abusará siempre de sus derechos, y por tanto merecerá que se los quiten.
San Agustín había comprendido admirablemente
estas verdades; y en pocas palabras explica con mucho tino las condiciones
necesarias para las diferentes formas de gobierno. El santo Doctor establece
que las populares serán buenas, si el pueblo es morigerado y concienzudo; mas
si fuere corrompido, será preciso o la aristocracia reducida a muy pocos, o la
monarquía pura. No dudo que se leerá con agrado el interesante pasaje, que en
forma de diálogo se encuentra en su
Lib. I del Libre Albedrío, cap. 6.
"Agustín. Los hombres ni los pueblos,
¿tienen acaso tal naturaleza, que sean del todo eternos, y no puedan ni perecer
ni mudarse?
- Evodio. ¿Quién duda que son mudables y están
sujetos a la acción del tiempo?
- Ag. Luego si el pueblo es muy templado y
grave, y además muy solícito del bien común, de manera que cada cual prefiera
la conveniencia pública a la utilidad propia, ¿no es verdad que será bueno
establecer por ley que este pueblo se elija él mismo los magistrados para la
administración de la república?
-Evod. Ciertamente.
- Ag. Pero si el mismo pueblo llega a
pervertirse de manera que los ciudadanos pospongan el bien público al privado,
si vende sus votos, y corrompido por los ambiciosos, entrega el mando de la
república a hombres malvados y criminales como él, ¿no es verdad que si hay
algún varón recto y además poderoso, hará muy bien en quitarle a ese pueblo la
potestad de distribuir los honores, y concentrar este derecho en manos de pocos
buenos, o también de uno solo?
- Evod. No cabe duda.
- Ag. Y pareciendo tan opuestas estas leyes,
que la una otorga al pueblo la potestad de los honores, lo que la otra le
niega; y siendo imposible que ambas se hallen vigentes a un mismo tiempo, ¿por
ventura debemos decir que alguna de ellas es injusta, o que no fué conveniente
su establecimiento?
- Evod. De ninguna manera." [vii]
623 Helo aquí
dicho todo en pocas palabras. ¿Pueden ser legítimas y hasta convenientes la
monarquía, la aristocracia, la democracia? Sí. ¿A qué debe atenderse para
resolver sobre esta legitimidad y conveniencia? A los derechos existentes, y a
las circunstancias del pueblo a que dichas formas se han de aplicar. ¿Lo que
antes era bueno podrá pasar a ser malo? Ciertamente; porque todas las cosas
humanas están sujetas a mudanza. Estas reflexiones, tan sólidas como sencillas,
preservan de todo entusiasmo exagerado por estas o aquellas formas; no hay aquí
una cuestión de mera teoría, sino también de prudencia; y la prudencia no da su
dictamen sino después de haber considerado todas las circunstancias con
detenida reflexión.
Pero descuella en la doctrina de San Agustín
el pensamiento que llevo indicado más arriba, a saber, la necesidad de mucha
virtud y desprendimiento en los gobiernos libres. Mediten sobre las palabras
del insigne Doctor aquellos que quieren fundar la libertad política sobre la
ruina de todas las creencias.
¿Cómo queréis que el pueblo ejerza amplios
derechos, si procuráis incapacitarle para ello, extraviando sus ideas v
corrompiendo sus costumbres? Decís que en las formas representativas se recogen
por medio de las elecciones la razón y la justicia, y se las hace obrar en la
esfera del gobierno; y sin embargo, no trabajáis para que esta justicia y razón
existan en la sociedad de donde se deberían sacar. Sembráis viento, y por esto
cogéis tempestades; por esto en vez de modelos de sabiduría y de prudencia, les
ofrecéis a los pueblos escenas de escándalo.
Nos decís que condenamos al siglo, pero que el
siglo marcha a pesar nuestro; nosotros no desechamos lo bueno, pero no podemos
menos de reprobar lo malo.
El siglo marcha, es verdad, pero ni vosotros
ni nosotros sabemos adónde va.
Una cosa sabemos los católicos, y para esto no
necesitamos ser profetas: que con hombres malos no se puede formar una sociedad
buena; que los hombres inmorales son malos; que faltando la religión, la moral
carece de base. Firmes en nuestras creencias os dejaremos que andéis ensayando
varias formas, buscando paliativos al mal, y engañando al enfermo con palabras
lisonjeras; sus frecuentes convulsiones y su continuo malestar revelan vuestra
impotencia; y dichoso el si conserva este desasosiego, indicio seguro de que
todavía no habéis conquistado plenamente su confianza; que si algún día consiguieseis
infundírsela, y se durmiese tranquilo en vuestros brazos, aquel día se podría
asegurar que toda carne ha corrompido su camino, aquel día se pudiera temer que
Dios quiere borrar al hombre de la faz de la tierra.
624
BIEN ASENTADO queda en el decurso de esta
obra, que la falsa Reforma no contribuyó en nada a la perfección de individuo
ni de la sociedad; de lo que se infiere muy naturalmente que nada le debe
tampoco el desarrollo de la inteligencia. Sin embargo, no quiero dejar esta
última verdad en la esfera de un mero corolario, porque me parece que es
susceptible de peculiar ilustración. Puede abrirse discusión directa sobre las
ventajas que proporcionó el Protestantismo a los varios ramos del saber humano,
sin que el Catolicismo haya de temer ningún linaje de desaire.
Cuando se trata de examinar objetos de tal
naturaleza que abarcan tantas y tan varias relaciones, no basta pronunciar
algunos nombres brillantes, ni citar con énfasis uno que otro hecho; de esta
manera no se coloca la cuestión en su terreno propio, ni se la ventila como, es
debido. Quedando limitada a reducido círculo, no puede presentar toda su
extensión y variedad, o divagando por un espacio indefinido, remeda a los ojos
poco observadores, la universalidad, la elevación, el atrevido vuelo, cuando en
realidad no hace más que fluctuar incierta, sin rumbo fijo, a merced de toda
clase de contradicciones.
Si esta cuestión ha de ser examinada cual
merece, necesitase a mi juicio tomar en manos el principio católico y el
protestante, desentrañarlos hasta en sus más recónditos pliegues, para ver
hasta qué punto pueden envolver algo que ayude o embarace el desarrollo del
espíritu humano.
No contento con este examen el observador,
debe hacer todavía más; debe recorrer la historia del entendimiento, pararse
muy en particular sobre aquellas épocas en que habrá podido ser mayor el
influjo del principio cuyas tendencias y efectos se quieren conocer; y
entonces, si no se hace caso de excepciones extrañas que nada prueban en pro ni
en contra, si se desprecian aquellos hechos que por su pequeñez y aislamiento
nada influyen en el curso de los sucesos, si se eleva la mirada a la altura
correspondiente, con espíritu de observación, con sincero deseo de encontrar la
verdad, se descubrirá si las consideraciones filosóficas están de acuerdo con
los hechos, y se habrá resuelto cumplidamente el problema.
625
Uno de los principios fundamentales del
Catolicismo y de sus caracteres distintivos, es la sujeción del entendimiento a la
autoridad en materias de fe.
Éste es el punto contra que se han dirigido
siempre, y se dirigen todavía los ataques de los protestantes; lo que es muy
natural, pues que ellos profesan como principio fundamental y constituyente la
resistencia a la autoridad; y
todos sus demás errores son corolarios que fluyen de ese manantial corrompido.
Si algo se encuentra en el Catolicismo que
pueda embargar el movimiento de nuestro espíritu, y rebajar la altura de su
vuelo, debe de hallarse sin duda en el principio de la sumisión a la autoridad;
a el deberá achacarse toda la culpa, si es que de alguna sea responsable en
este punto la religión católica.
No puede negarse que quien oiga hablar de
sujeción del entendimiento a una autoridad, quien oiga pronunciar esta palabra
sin que se explique su verdadero significado, sin que se determinen los objetos
con respecto a los cuales se entiende dicha sujeción, recelará que no haya aquí
algo que se oponga al desarrollo del entendimiento; y si es amante de la
dignidad del hombre, si es entusiasta de los adelantos científicos, si le
agrada ver cuál despliega sus hermosas alas el espíritu humano para lucir su
vigor, agilidad y osadía, no dejará de sentir un tanto de aversión hacia un
principio que parece entrañar la esclavitud, abatiendo el vuelo de la mente,
dejándola cual ave débil y rastrera.
Pero si se examina el principio tal como es en
sí, si se le aplica a todos los ramos científicos, y se observa cuáles son los
puntos de contacto que con ellos tiene, ¿qué se encontrará de fundado en esos
temores y sospechas?, ¿qué de verdadero en las calumnias de que ha sido blanco
el Catolicismo?, ¿cuánto no se hallará de vacío, de pueril, en las
declamaciones que a este propósito se han publicado?
Entremos de lleno en la ventilación de esa
dificultad, tomemos en manos el principio católico, examinándole a los ojos de
una filosofía imparcial; llevémosle luego a través de todas las ciencias,
interroguemos el testimonio de los hombres más grandes; y si hallamos que se haya
opuesto al verdadero desarrollo de algún ramo de conocimientos, si al
presentarnos ante las tumbas de los genios mas insignes, ellos levantan su
cabeza del sepulcro para decirnos que el principio de la sujeción a la
autoridad encadenó su entendimiento, oscureció su fantasía, o secó su corazón,
entonces tendrán razón los protestantes en los cargos que por esta causa
dirigen de continuo a la religión católica.
Dios, el hombre, la sociedad, la naturaleza, la creación entera, he
aquí los objetos en que puede ocuparse nuestro espíritu; no cabe salir de esa
región, porque es infinita; y además, porque fuera de ella no hay nada.
Ni por lo que toca a Dios, ni al hombre, ni a
la sociedad, ni a la naturaleza, embaraza el principio católico el progreso del
entendimiento; en nada le embarga, en nada se le opone; lejos de serle dañoso,
puede considerarse como un gran faro que, en vez de contrariar la libertad del
navegante, le sirve de guía para no extraviarse en la tinieblas de la noche.
¿Qué puede encontrarse en el principio católico que se oponga al
vuelo del entendimiento humano, en todo lo que pertenece a
La religión católica une a dicha idea un
misterio inconcebible, profundo, inefable, cubierto con cien velos a los ojos
del débil mortal: el augusto arcano de
Los luteranos, los calvinistas, los
anglicanos, y muchas otras sectas, condenan con nosotros a los que niegan el
augusto misterio; siendo notable que
Calvino hiciera quemar en Ginebra a Miguel Servet, por sus doctrinas heréticas
sobre
No ignoro los estragos que ha hecho el
socinianismo en las iglesias separadas, a causa que el espíritu privado y el derecho de examen en materias de fe,
convierten a los cristianos en filósofos incrédulos; pero esto no impide
que el misterio de
Además que yo no alcanzo cuál es la traba que
ese misterio pone a la razón en sus contemplaciones sobre
627
Díganlo los innumerables volúmenes escritos
sobre
Bajo dos aspectos pueden ser consideradas las
doctrinas católicas sobre
Lo primero se halla en región tan elevada,
versa sobre objetos tan superiores a todo pensamiento criado, que aun cuando
éste se abandonara a las investigaciones más dilatadas, más profundas y al
propio tiempo más libres, no fuera posible, a no preceder la revelación, que le
ocurriese ni la más remota idea de tan inefables arcanos. Mal pueden
embarazarse cosas que no se encuentran, que pertenecen a un orden del todo
diferente, que se hallan a inmensa distancia. El entendimiento puede meditar
sobre una de ellas, abismarse, sin ni aun pensar en la otra: la órbita de la
luna, ¿qué tiene que ver con la del astro que gira en la más lejana región de
las estrellas fijas?
¿Teméis que la revelación de un misterio
limite el espacio donde se explaya vuestra razón? ¿Teméis ahogaros de
estrechez, al divagar por la inmensidad? ¿Faltó anchuroso campo al genio de
Descartes, Gassendi y Malebranche? ¿ sé quejaron nunca que su entendimiento se
hallaba limitado, aprisionado? ¿Ni cómo podían hacerlo, si no sólo ellos, sino
cuantos sabios modernos han tratado de
Cuando nos hablan de
Antes de aparecer sobre la tierra el
cristianismo, antes que la fe de la cátedra de San Pedro se hubiese apoderado
del mundo, borradas como estaban las primitivas nociones sobre
Pero desde que apareció aquel inefable
resplandor, que descendiendo del seno del Padre de las luces alumbra toda la
tierra, han quedado las ideas sobre
Los protestantes sintieron la fuerza de esta
verdad: su odio a todo cuanto les venía de los católicos rayaba en fanatismo;
mas por lo que toca a la idea de Dios, generalmente hablando, puede decirse que
la respetaron. Aquí es donde tuvo menos cabida el espíritu innovador: ¡ah!, no
podía ser de otra manera; el Dios de los católicos era sobrado grande para que pudiera
ser reemplazado por otro dios; Newton y Leibnitz, abarcando en sus cálculos y
meditaciones el cielo y la tierra, nada encontraron que decirnos sobre el Autor
de tantas maravillas que no nos lo hubiera dicho de antemano la religión
católica.
Dichosos los protestantes, si en medio de sus
extravíos conservaran al menos este precioso tesoro; si no apartándose de las
huellas de sus predecesores, rechazasen esa filosofía monstruosa que amenaza
resucitar todos los errores antiguos y modernos, comenzando por sustituir el
informe panteísmo al Dios sublime de los cristianos.
Que no estén desprevenidos los protestantes
que profesan amor a la verdad, que se interesan por el honor de su comunión,
por el bien de su patria, por el porvenir del mundo; si el panteísmo llega a
dominar, no será la filosofía espiritualista la que habrá salido triunfante,
sino la materialista. En vano se entregan los filósofos alemanes a la
abstracción y al enigma, en vano condenan la filosofía sensualista del pasado
siglo: un Dios confundido con la naturaleza no
es Dios; un Dios que se identifica con todo, es nada; el panteísmo es la
divinización del universo, es decir, la negación de Dios.
Dolorosas reflexiones sugiere la dirección que
van tomando los espíritus en diferentes países de Europa, y muy particularmente
en Alemania; los católicos habían dicho que se comenzaba por resistir a la
autoridad negando un dogma, pero que al fin se acabaría por negarlos todos,
precipitándose en el ateísmo; y el curso de las ideas en los tres últimos siglos
ha confirmado plenamente la predicción.
Pero
¡cosa notable!, la filosofía alemana se empeño en promover una reacción contra
la escuela materialista, y con todo su
espiritualismo ha venido a ser panteísta.
Parece que
Tampoco alcanzo cómo puede el Catolicismo
cortar el vuelo a la inteligencia, en lo que tiene relación con el estudio del
hombre. En este punto, ¿qué exige de nosotros
Los filósofos se han dividido en dos escuelas:
materialistas y espiritualistas;
los primeros afirman que nuestra
alma no es más que una porción de materia que, modificada de cierta manera,
produce dentro de nosotros eso que llamamos pensar y querer;
los segundos pretenden que la
actividad que consigo llevan el pensamiento y la voluntad, son incompatibles
con la inercia de la materia; que lo divisible, lo que se compone de muchas
partes, y por tanto de muchos seres, no puede avenirse con la unidad simple que
por necesidad se ha de hallar en el ser que piensa, que quiere, que se da
cuenta a sí mismo de todo, y que posee el profundo sentimiento de un yo; y así
sostienen que la opinión contraria es falsa y absurda, y esto lo confirman con
todo linaje de razones.
Pero preguntadle a
Antes de la luz del Evangelio estaban las
escuelas de los filósofos en las tinieblas de la más profunda ignorancia sobre
nuestro origen y destino, ninguno de ellos sabía cómo explicar esas monstruosas
contradicciones que en el hombre se notan; ninguno de ellos atinaba a señalar
la causa de esa informe mezcla de grandor y de pequeñez, de bondad y de
malicia, de saber y de ignorancia, de elevación y de bajeza. Vino la religión y
dijo: "el hombre es obra de Dios; su destino es unirse a Dios para
siempre; la tierra es para él un destierro; no es tal ahora como salió de las
manos del Criador; todo el linaje humano sufre las consecuencias de una gran
caída";
y
yo emplazo a todos los filósofos antiguos y modernos, para que me muestren cómo
en la obligación de creer todo esto se encierra algo que se oponga a los
progresos de la verdadera filosofía.
Tan distante se halla el dogma católico de
contrariar en nada los adelantos filosóficos, que antes bien es de todos ellos
fecunda semilla. No es poco cuando se trata de adelantar en alguna ciencia, el
tener un polo alrededor del cual como punto seguro y fijo, pueda girar el
entendimiento; no es poco evitar ya desde el principio una muchedumbre de
cuestiones, de cuyos laberintos o no se saldría jamás, o se saldría para caer
en los mayores absurdos; no es poco, si se quieren examinar estas mismas
cuestiones, el tenerlas ya resueltas de antemano en lo que encierran de más
importancia el saber dónde está la verdad, dónde el peligro de extravíos.
Entonces el filósofo es como aquel que seguro de la existencia de una mina en
algún lugar, no gasta el tiempo en vano para descubrirla; sino que fijándose
luego sobre el verdadero terreno, aprovecha ya desde un principio todas sus
investigaciones y trabajos.
Aquí está la razón de la inmensa ventaja que
llevan en estas materias los filósofos modernos a los antiguos; éstos marchaban
en tinieblas, a tientas; aquéllos caminan precedidos de brillante luz, con paso
firme y seguro, en derechura al objeto. No importa que digan tan a menudo que
prescinden de la revelación; no importa que a veces la miren con desvío, o quizás la
combatan abiertamente; aun en este caso la religión los alumbra,
ella guía con frecuencia sus pasos porque no pueden olvidar mil y mil ideas
luminosas tomadas de la religión, ideas que han encontrado en los libros,
aprendido en los catecismos, chupado con la leche; ideas que andan en boca de
todos, que se han esparcido por todas partes, y que como un elemento
vivificante y benéfico, impregnan, por decirlo así, la atmósfera que
respiramos.
Cuando los modernos desechan la religión, llevan muy allá su ingratitud, porque al propio tiempo
que la insultan, se aprovechan de sus beneficios.
No es aquí el lugar de entrar en pormenores
sobre esta materia; fácil sería aducir abundantes pruebas para confirmar cuanto
acabo de establecer; bastándome abrir las obras de un filósofo cualquiera de
los modernos y cotejarlo con los antiguos.
Pero semejante trabajo no fuera suficiente
para los que no estén versados en tales materias, y sería inútil para los que
se han ocupado en ellas. A la inteligencia y a la imparcialidad abandono la
cuestión con entera confianza; y estoy, seguro ele que convendrán conmigo en
que siempre que los filósofos modernos hablan del hombre con verdad y dignidad,
se encuentra en su lenguaje el sabor de las ideas cristianas.
631
Si tal es la influencia del Catolicismo con
respecto a ciencias que, limitándose al orden puramente especulativo, dan lugar
a que campee y con mayor libertad y lozanía el ingenio del filósofo; si, con
respecto a esas ciencias, lejos de limitar en nada la extensión del
entendimiento, le ensancha sobremanera; si lejos de abatir su vuelo, sólo hace
que sea éste más alto, más osado, pero más seguro, más libre de vaguedad y de
extravío; ¿qué diremos si fijamos nuestra consideración en las ciencias
morales?
Todos
los filósofos juntos, ¿que han descubierto en moral que no se halle en el
Evangelio? En pureza, en santidad, en elevación, ¿hay doctrina que se aventaje
a la enseñada por la religión católica? Preciso es en esta parte hacer justicia
a los filósofos, aun a los más enemigos de la religión cristiana; han atacado
sus dogmas, se han burlado de su divinidad, pero llegándose a tratar de la
moral la han respetado; no sé qué fuerza secreta los ha impelido a hacer una
confesión que debía serles muy dolorosa: "sí, han
dicho todos, no puede negarse, su moral es excelente."
Hay en el Catolicismo algunos dogmas, que ni
puede decirse que pertenezcan directamente a Dios, ni al hombre, ni a la moral,
en el sentido que damos por lo común a esta palabra. Claro es que siendo la
religión católica religión revelada, de un orden muy superior a todo cuanto
puede concebir el entendimiento humano, destinada a conducirnos a un fin que
con solas nuestras fuerzas no podríamos alcanzar ni imaginar siquiera; y partiendo además
del principio que la naturaleza está caída y corrompida, y que por consiguiente
necesita una reparación y purificación, debía encerrar algunos dogmas que
enseñasen el modo con que se habían hecho en general y con que se hacían en
particular dicha reparación y purificación, y explicasen cuáles eran los medios
de que Dios quería servirse para conducir a los hombres a la bienaventuranza
eterna.
He aquí los dogmas de
La razón es la misma que llevo indicada.
Cuantos hayan hecho un estudio comparativo de las ciencias filosóficas y de las
teológicas habrán podido observar que por lo tocante a los extremos indicados,
anda la teología en una región tan diferente, tan superior, que apenas es atmósfera
filosófica.
Son dos órbitas, ambas grandes, ir que ocupan
posición muy distante en la inmensidad, y
el hombre quiere aproximarlas a veces, quiere que se crucen, quiere que
una ráfaga de luz terrenal penetre en aquella región de arcanos
incomprensibles; pero apenas sabe cómo hacerlo; él mismo siente su debilidad, y
le oiréis confesar que habla por congruencias, por analogías, no más que para
darlo a entender mejor; y
Después de haber discurrido tanto los
filósofos sobre los atributos de
¿Han tropezado nunca con ellos, como con un
embarazo que no les consintiera pasar adelante en sus investigaciones?
En la revolución filosófica provocada por
Descartes en el siglo XVIl, hay que notar un hecho singular que arroja mucha
luz sobre la materia.
Conocida es la doctrina de la religión
católica con respecto al augusto misterio de
La teoría de Descartes, y de casi todos los
filósofos modernos, era incompatible con esa explicación, pues que negaban la
existencia de los accidentes como distintos de la sustancia; por lo cual
parecía a primera vista que había de resultar de aquí algún compromiso para la
doctrina católica, y que
¿Y ha sucedido así? No; examinada a fondo la
cuestión, se ha encontrado que el dogma católico estaba en una región mucho más
elevada, a la que no podían alcanzar las vicisitudes de la doctrina filosófica
que tanto parecía rozarse con él; y por más que hayan disputado los teólogos,
por más cargos que se hayan hecho unos a otros, por más consecuencias que se
hayan querido sacar de la nueva doctrina para presentarla como peligrosa,
Ésta es la libertad que deja
633
Pero esta razón tan grande, y al propio tiempo
tan débil, se hincha a veces en demasía, levanta con orgullo una frente
altanera e insultante; en nombre de la libertad y de la independencia pide el
derecho de blasfemar de Dios, de negar al hombre su libre albedrío, y al alma
su espiritualidad, su inmortalidad, y la elevación de su origen y destinos;
entonces sí, lo confesamos, y lo confesamos con noble orgullo, entonces
Esta libertad no la tenemos los católicos, pero tampoco la queremos;
porque sabemos que también en estas materias hay un linde sagrado que distingue
entre la libertad y la licencia.
Dichosa esclavitud, por la cual quedamos privados de ser ateos o
materialistas, de dudar que nuestra alma viene de Dios y se dirige a Dios; de
que en pos de los sufrimientos que agobian en esta vida al infortunado mortal,
hay preparada por los méritos de un Hombre-Dios otra vida eternamente feliz.
Por lo que toca a las ciencias que versan
sobre las sociedad, me parece que podré excusarme de vindicar a la religión
católica del cargo de opresora del entendimiento humano, cuando las extensas
consideraciones en que llevo expuestas sus doctrinas, y su influencia con
respecto a la naturaleza y extensión del poder, y a la libertad civil y política
de los pueblos, dejan más claro que la luz del día, que la religión católica
sin descender al terreno de pasiones y pequeñez en que se agitan los hombres, enseña la doctrina
más a propósito para la verdadera civilización y bien entendida libertad de las
naciones.
Trataré, pues, brevemente de las relaciones
del principio católico en lo que toca al estudio de la naturaleza. Ciertamente
que no es fácil ver en qué puede dañar dicho principio al adelanto del espíritu
humano en las ciencias naturales. Digo que no es fácil verlo, y podría añadir
que es imposible atinarlo; y todo esto por una razón muy sencilla, fundada en
un hecho que está al alcance de todo el mundo, y es, que la religión católica
se manifiesta en extremo reservada en
todo cuanto pertenece a conocimientos puramente naturales. Diríase que Dios se propuso dar una severa lección a nuestra excesiva
curiosidad; leed
Y no es que en
No quería el Espíritu Santo hacer
naturalistas, sino virtuosos; por esto, sólo nos presenta los portentos de la
creación bajo el aspecto más a propósito para excitar en nosotros la admiración
y gratitud hacia el Autor de tantas maravillas y beneficios. La naturaleza tal
como viene mostrada en el sagrado texto, satisface poco la curiosidad filosófica;
pero en cambio, recrea y engrandece la fantasía, hiere y penetra en el corazón.
POR
Pero como sucede a menudo que los raciocinios
al parecer más sólidos flaquean por alguna parte desconocida, y que cuando se
los pone al lado de los hechos se descubre su vicio, será bien hacer la prueba
en la cuestión que nos ocupa; pues no dudo que ganará mucho con ello la causa
de la verdad. Tomaremos la cosa desde su principio.
Afirma M. Guizot que la lucha entre
635
Se conoce por todo el texto de la obra de M.
Guizot que en su opinión el cargo más fundado que hacerse podía a
Esta idea que se proponía desenvolver más
cumplidamente al tratar de propósito de la revolución religiosa del siglo XVI,
debía estar ya como en semilla en lo que hubiese asentado en sus lecciones
anteriores; pues, de otra manera, se hubiese presentado el hecho aislado, y
hubiera perdido de su importancia.
Además, era menester también que la resistencia
de los protestantes a
Para alcanzar estos extremos era necesario que
por una parte se nos mostrase
Este es el hilo del discurso de M. Guizot; y
aquí se encuentra la razón de los esfuerzos que hace en el lugar citado para
preparar el triunfo de sus opiniones. Anduvo empero con tan poco acierto, que
no parece sino que había olvidado los hechos más palpables de la historia de
Para que no se diga que procedo de ligero,
citaré literalmente palabras; helas aquí: "Presentaba
Juan
Erigena, Roscelín, Abelarlo : he aquí los sabios que se declararon intérpretes
ele la razón humana, defensores de su libre ejercicio, impugnadores acérrimos
de la autoridad del hombre como justo criterio en asuntos de religión: he aquí
los que agregaron sus esfuerzos a los esfuerzos reformadores de Hildebrando y,
de San Bernardo. Al investigar la naturaleza y carácter de ese movimiento, no
se ve que tendiese a un cambio radical en las opiniones, que encerrase una
revolución contra las creencias recibidas: nada de esto; sólo se pretendía
raciocinar 636
libremente,
romper hasta en cuestiones de fe las trabas de la autoridad." (Historia
general de la civilización europea. Lección S.)
Dejemos
aparte la singular extrañeza de presentar unidos los esfuerzos de Juan Erigena,
Roscelín y Abelardo, con los esfuerzos reformadores de Hildebrando, o sea san
Gregorio, y de san Bernardo; éstos trataban de reformar
Pobre
cosa fuera la filosofía de la historia si consentir pudiese tal confusión de
ideas; menguado progreso harán en esta ciencia los que se contenten con tan
extraña manera de observar los hechos.
Mas
dejemos, repito, tan singulares aberraciones, para fijarnos particularmente en
dos objetos: la importancia de los tres escritores que tanto se nos ensalzan, y
la idea que se nos da de su movimiento de resistencia. Estoy seguro que los
nombres de Juan Erigena y de Roscelín se pronuncian ya con respeto por los que,
deseando pasar por filósofos en la historia sin haberla leído siquiera, se ven
precisados a contentarse con esas lecciones fáciles, que se escuchan en breve
rato, o se estudian en una velada: les bastará que se los haya nombrado con
énfasis, y apellidado hombres emprendedores, sabios, intérpretes de la razón
humana, defensores de su libre ejercicio, para creer que las ciencias no les
deben menos a Erigena y a Roscelín, que a Descartes o Bacón.
A
no recordar las observaciones arriba emitidas sobre la posición en que se
encontraba Guizot, no sería fácil atinar por qué quiso presentar como nuevo y
extraordinario lo que era viejo y común; cómo pudo decir que empezó
Y a la verdad ¿quién era ese Juan Erigena?
Un
escritor que, poco versado en las ciencias teológicas, y engreído con el favor
que le dispensaba Carlos el Calvo, esparció unos cuantos errores sobre
637 ¿Qué hay en todo eso de nuevo, de
extraordinario? ¿Acaso en la historia de
Lo
repito: es imposible atinar cómo pudo juzgarse oportuno el recordarnos el nombre de Erigena, cuando ni sus errores
tuvieron notables consecuencias, ni la misma época en que vivió puede mirarse
como muy influyente en el desarrollo del entendimiento en los tiempos
sucesivos.
Juan Erigena vivía en el siglo XI, el cual no
pertenece al movimiento de los siguientes; pues es cosa sabida que el siglo X
fue el máximun de la ignorancia de los siglos medios, y que sólo comenzó el
movimiento intelectual a fines del X y principios del XI. Entre Erigena y Roscelín median dos siglos.
Por
lo que toca a Roscelín y Abelardo, es más fácil de concebir por qué se nos
citan a este propósito; pues nadie ignora el ruido que metió en el mundo
Abelardo por sus doctrinas, y más tal vez por sus aventuras; y en cuanto a
Roscelín, no deja también de llamar la atención, no sólo por sus errores, sino
y principalmente por haber sido el maestro de Abelardo.
Para
dar una idea del espíritu que guiaba a esos hombres, y del aprecio que debe
hacerse de sus intentos, es necesario entrar en algunos pormenores sobre su
vida y doctrinas. Era Roscelín uno de los hombres más cavilosos de su tiempo:
dialéctico sutil, y ardiente partidario de la secta de los nominales, sustituyó
sus opiniones a la enseñanza de
La
historia nos ha conservado un hecho que prueba de un modo incontestable su
insigne mala fe, y su falta ele probidad y de pudor. Cuando propalaba Roscelín
sus errores, vivía san Anselmo, que después fue arzobispo de Cantorberi, y que
a la sazón era abad de Bec.
Había
muerto algún tiempo antes Lanfranco, arzobispo de la nombrada silla, con una reputación
de virtud y de buena doctrina que nada dejaba de desear. Roscelín creyó que sus
errores ganarían mucho concepto si podían verse autorizados con un nombre
respetable; y echando mano de la más negra calumnia, afirmó que sus opiniones
eran las mismas del arzobispo Lanfranco, y de Anselmo, abad de Bec.
No podía responderle Lanfranco porque había
muerto ya; pero el abad de Bec se defendió vigorosamente de tan injusta
imputación, vindicando al propio tiempo a Lanfranco, que había sido su maestro.
Las obras de san Anselmo no nos dejan duda alguna sobre cuáles eran los errores
de Roscelín, pues que en ellas los encontramos formulados con toda precisión. A
decir verdad, tampoco se puede atinar por qué M. Guizot dio tanta importancia a
ese hombre, ni por qué nos lo había de señalar como uno de los principales
defensores de la libertad del pensamiento, cuando no encontrarnos en él nada
que le distinga de los demás herejes.
638 Es un hombre
que cavila, que sutiliza y que yerra; pero esto es una cosa tan trivial en la
historia de
Mas
digno es de que llame nuestra atención el famoso Abelardo, dado que su nombre
se ha lecho tan célebre, que no hay quien no esté al corriente de sus tristes
aventuras. Discípulo de Roscelín, e igualmente hábil que su maestro en la
dialéctica de su siglo, dotado de grandes talentos y sediento de ostentarlos en
las principales arenas literarias, llegó a granjearse más alta reputación que
no alcanzara jamás el dialéctico de Compiegne.
Sus
errores en gravísimas materias acarrearon males de cuantía a
Afortunadamente
tenernos testimonios irrecusables que no nos dejan ninguna duda de que no fue
el método lo que se culpó en Roscelín, sino su error sobre
Sabemos
por san Bernardo que sobre
No se no oculta que Abelardo pretendió ser
falsos semejantes cargos, pero ya sabemos lo que valen tales negativas; y lo
cierto es que en la fangosa asamblea de Seas, provocada por el mismo Abelardo,
no pudo responder palabra al santo abad de Claraval que le echó en cara sus
errores, presentando las mismas proposiciones entresacadas de sus obras, e
invitándole a que o las defendiese o las abjurase.
En
tan terrible apuro se encontró Abelardo al verse cara a cara con adversario tan
respetable, que por de pronto no atino a responder -otra cosa sino que apelaba
a Roma. Y si en el concilio de Sens por respeto a
Se
conoce, sí, que se abandonaba demasiado a sus propias cavilaciones; pero no
hacía más que dogmatizar erróneamente sobre los puntos más graves, cosa que
habían hecho ya todos los herejes que le habían precedido.
Buscando la razón que pudo inducir a M. Guizot
a recordarnos con tanto énfasis los nombres de Roscelín y Abelardo, ocurre
desde luego que se proponía buscar a los protestantes algunos predecesores
ilustres; y como quiera que Roscelín y Abelardo no carecieron de talentos y ye
saber, y por otra parte vivieron en la misma época en que se desplegaba en
Europa el movimiento intelectual, debió parecerle muy oportuno sacar a la
escena a estos novadores, para manifestar que ya desde el principio del
desarrollo del entendimiento habían levantado la voz en pro de la libertad de
pensar los hombres mas famosos.
Aun
cuando pudiera probarnos M. Guizot que Erigena, Roscelín y Abelardo sólo se
propusieron proclamar el examen privado en materias de fe, no se seguiría de
aquí que aquellos novadores no quisieran un cambio radical en las doctrinas, ya
que nada puede haber más radical en materias de fe que lo que ataca la raíz de
la certeza, que es la autoridad. No se inferiría tampoco que
Sin
embargo, si los citados novadores se hubiesen presentado combatiendo
principalmente la autoridad en materias de fe, hubiera tenido razón M. Guizot
en hacernos notar sus nombres, como que indicaban una nueva época; pero ¡cosa
singular! no se halla que formulasen principalmente sus proposiciones en favor
de la independencia del pensamiento y contra la autoridad en materias de fe, no
se halla que
Bien conocía M. Guizot que estas son materias
que todo el mundo trata, y que pocos profundizan, y que para excitar simpatías
en los hombres superficiales, bastaba hablarles pomposamente de la libertad del
pensamiento, pronunciar nombres que muchos oirían sin duda por la primera vez,
como Erigena y Roscelín, y sobre todo mentar el apellido del infortunado amante
de Eloísa.
Como
a M. Guizot no podía ocultársele que flaqueaban un tanto las observaciones que
iba emitiendo sobre aquella época, trató de remediarlo insertándonos un trozo
de
Se
nos quiere persuadir que empezaba ya a reinar entonces un fuerte espíritu de
resistencia a la autoridad de
He
aquí las palabras a que me refiero: "Al
investigar -dice M. Guizot- la naturaleza y carácter de ese movimiento, no se
ve que tendiese a un cambio radical en las opiniones, que encerrase una
revolución contra las creencias recibidas; nada de esto; sólo se pretendía
raciocinar libremente, romper hasta en cuestiones de fe las trabas de la
autoridad".
Ya hemos visto cuán ajeno está de toda verdad
lo que asienta aquí el escritor; y que, aun cuando se hubiese atacado solamente
el principio de autoridad, esto ya encerraba un cambio radical en las
opiniones, una revolución contra las creencias recibidas; pues que la
infabilidad de
Harto
me parece que lo ha demostrado la experiencia, desde la aparición del
Protestantismo en el primer tercio del siglo XVI. Pero dejemos proseguir a M.
Guizot: "Dísenos el mismo Abelardo en su Introducción a
¿Cuál
puede ser el objeto de una sana filosofía sino conducirnos al más perfecto
conocimiento de Dios, donde deben ir a parar todas nuestras meditaciones, todos
nuestros estudios? ¿Con qué miras se permite a los fieles la lectura de las
cosas del siglo, y hasta de los libros de los gentiles, sino para disponer su
inteligencia a alcanzar las verdades de
Es
por lo mismo indispensable emplear todas las fuerzas de la razón, a fin de
impedir que en cuestiones tan difíciles y complicadas como las que se ofrecen a
cada paso en el estudio de las doctrinas del Evangelio, no alteren jamás la
pureza de nuestra fe las sutilezas de sus enemigos.
641 No puede
negarse que en la época en que figuraba Abelardo se había despertado una viva
curiosidad, que excitaba al espíritu a emplear sus fuerzas para darse razón de
las cosas que creía; pero no es verdad que
No cabe presentar
He
aquí a
Las quejas de
Abelardo y hasta cierto punto las de San Bernardo, los concilios de Soissons y
Sens que condenaron al primero, son una verdadera expresión de aquel hecho, que
por un oculto eslabonamiento de resultados se ha perpetuado hasta los tiempos
más modernos".
Siempre la misiva confusión de ideas. Ya lo he
dicho, y es preciso repetirlo:
Al
reprobar una doctrina perniciosa, subversiva de toda fe, cual es la que niega
la infalibilidad de
642 Que si lo
contrario hiciera, se negaría a sí misma, dejaría de ser quien es, no sería la
celosa depositaria de la verdad divina. Si consintiese que se pusiera en duda
su autoridad infalible, desde aquel momento se olvidaría de una de sus
obligaciones más sagradas, y, no tendría derecho a que se la creyese; pues que
manifestando que le es indiferente la verdad, mostraría bien a las claras que no es una religión bajada
del cielo, y por consiguiente entraría en la esfera de las ilusiones humanas.
Cabalmente
a la época a que se refiere M. Guizot, hay un hecho que indica que
No teme el santo condescender a sus súplicas,
y se propone contentarlos escribiendo a este propósito el citado opúsculo, y no
deja de adoptar en otras partes el mismo método. Como ahora pocos se cuidan de
escritores antiguos, quizás no serán muchos los que hayan leído alguna vez las
obras de este santo; y no obstante se encuentra en ellas una claridad de ideas,
una solidez de razones, y sobre todo un juicio tan sobrio y templado, que
apenas parece posible que desde el principio del movimiento intelectual se
elevase tan alto el pensamiento. Allí se ve la mayor libertad de pensar unida
con el respeto debido a la autoridad de
Allí se ve que no era sólo Abelardo quien
enseñaba no a repetir sus lecciones, sino a comprenderlas; pues que algunos
años antes estaba haciendo esto mismo san Anselmo, con una claridad y solidez
muy superiores a lo que podía esperarse de su tiempo. Se ve también, que se
trataba en
En
las obras de este sabio escritor se verá que no era Abelardo quien había de
enseñar al mundo que "el objeto de una sana filosofía es conducirnos al más
perfecto conocimiento de Dios, y que es
indispensable emplear todas las fuerzas de la razón a fin de impedir que en
cuestiones tan difíciles y complicadas como las que se ofrecen a cada paso en
el estudio de las doctrinas del Evangelio, no alteren jamás la pureza de
nuestra fe las sutilezas de sus enemigos".
643 Pero
en la profunda sumisión que muestra el santo a la autoridad de
YA
QUE nos hemos trasladado a los siglos XI y XII, para examinar cuál había sido
en ellos la conducta de
Se
ha dicho que el desarrollo del entendimiento había sido en Europa enteramente
teológico; esto es verdad, y, verdad necesaria. La razón es muy sencilla: todas
las facultades del hombre se desenvuelven conforme a las circunstancias que le
rodean: y así como su salud, su temperamento, sus fuerzas y hasta su color y
estatura, dependen del clima, de los alimentos, del tenor de vida, y otras
circunstancias que le afectan, así también las facultades intelectuales y
morales llevan el sello de los principios que preponderan en la familia y
sociedad de que forma parte.
En
Europa el elemento predominante era la religión; se la oye, se la ve, se la
encuentra en todos los objetos; sin ella no se descubre en ningún punto un
principio de acción y de vida; y así era preciso que todas las facultades del europeo se
desenvolviesen en un sentido religioso. Si bien se observa, no era
sólo el entendimiento el que presentaba ese carácter: era también el corazón,
hasta las pasiones, todo el hombre moral; de suerte que así como no se puede
dar un paso en ninguna dirección de Europa sin tropezar con algún monumento
religioso, tampoco se puede examinar ninguna facultad del europeo sin encontrar
la huella de la religión.
644 Lo
que sucedía en el individuo, se verificaba también en la familia y en la
sociedad: la religión era igualmente dueña de éstas que de aquél. Un fenómeno
semejante encontramos en todas partes donde el hombre haya caminado hacia un
estado más perfecto; pudiendo asegurarse como un hecho constante en la historia
del linaje humano, que jamás ninguna sociedad adelantó por el camino de la
civilización a no ser bajo la dirección e impulso de los principios religiosos.
Verdaderos
o falsos, razonables o absurdos, se los encuentra en todas partes donde el
hombre se perfecciona; y bien que sean dignos de lástima algunos pueblos, por
las monstruosidades supersticiosas en que se precipitaron, todavía se debe
confesar que bajo aquella superstición se ocultaban gérmenes de bien, que no
dejaban de proporcionar considerables ventajas. Los egipcios, los fenicios, los
griegos, los romanos, todos eran muy supersticiosos; y sin embargo hicieron
tantos adelantos en la civilización y cultura, que nos asombran aún con sus
monumentos y recuerdos.
Fácil
es reírse de una práctica extravagante o de un dogma descabellado; pero no debe
nunca olvidarse que
hay una porción de principios morales que sólo medran o se conservan estando
bajo la sombra de las creencias; principios indispensables para que
el individuo no se convierta en un monstruo, y no se quebranten todos los lazos
de la sociedad y de la familia.
Se
ha hablado mucho contra la inmoralidad tolerada, consentida, y a veces
predicada por algunas religiones; por cierto que nada hay tan lamentable como
que sirva para extraviar al hombre aquello que debiera ser su principal guía;
pero si miramos al través de aquellas sombras, que tanto nos chocan a primera
vista, no dejaremos de descubrir algunas ráfagas de luz, que nos harán mirar a
las falsas religiones, no con indulgencia, pero sí con menos horror que a las sistemas impíos que no
reconocen otro ser que la materia, ni otro Dios que el placer.
La
sola conservación de la idea del bien y del mal moral, idea que sólo tiene
sentido en el supuesto de existir una divinidad, ya es de suyo un beneficio
inapreciable; y este beneficio lo traen siempre consigo las religiones, aun las
que permiten o mandan aplicaciones monstruosas o criminales. Sin duda que se
han visto en los pueblos antiguos, y se ven todavía en los no iluminados por el
cristianismo, aberraciones lamentables; pero en medio de estas mismas
aberraciones hay siempre alguna luz; luz que por poco que brille, por pálidos y
endebles que sean sus rayos, vale incomparablemente más que las densas
tinieblas del ateísmo.
645 Entre
los pueblos antiguos y los europeos había una diferencia muy notable, y es que
aquéllos marcharon hacia la civilización saliendo de su infancia, y éstos se
dirigían al mismo punto saliendo de aquel estado indefinible, que resultó de la
confusa mezcla que en la invasión de los bárbaros se hizo de una sociedad joven
con otra decrépita, de pueblos rudos y feroces con otros civilizados y cultos, o más bien
afeminados. De aquí provino que en los pueblos antiguos se desplegó
primero el entendimiento que la imaginación.
En
aquéllos, lo primero que se encuentra es
Investiguemos
la causa de tamaña diferencia. Cuando un pueblo está en la infancia, ya sea
propiamente dicha, o bien porque habiendo vivido largo tiempo en la estupidez,
se encuentre en situación semejante a la de un pueblo niño, abunda de
sensaciones y se halla escaso de ideas.
La
naturaleza con toda su majestad, con todas sus maravillas y secretos, es lo que
le afecta más vivamente; su lenguaje es magnífico, pintoresco, poético; las
pasiones no son refinadas, pero en cambio son enérgicas y violentas; y el
entendimiento que busca con candor la región de la luz, ama la verdad pura y
sencilla, la confiesa, la abraza sin rodeos, y no es a propósito para
sutilezas, cavilaciones y disputas. La cosa de menos importancia le sorprende y
admira con tal que hiera vivamente los sentidos y la imaginación; y si un
hombre le ha de inspirar entusiasmo, es menester que le presente algo de
sublime y heroico.
Observando
el estado de los pueblos de Europa en los siglos medios, se nota desde luego que
ofrecían alguna semejanza con un pueblo niño; pero que eran también
muchas y muy reparables las diferencias. Tenían las pasiones mucha energía,
agradaba también sobremanera lo extraordinario, lo maravilloso; y a falta de realidades creaba
la fantasía sombras gigantescas. 37
La profesión de las armas era la ocupación
favorita; las aventuras más peligrosas eran buscadas con afán, y arrostradas
con increíble osadía. Todo esto indicaba desarrollo de sentimiento y de
imaginación, en lo que estas facultades encierran de más fuerte y brioso; pero
¡cosa notable! mezclábase con tales disposiciones una afición singular a los
objetos puramente intelectuales; al lado de la realidad más viva, más ardiente
y pintoresca, se levantaban las abstracciones más frías y descarnadas.
Un
caballero cruzado, ricamente vestido, rodeado de trofeos, radiante con la
gloria adquirida en cien combates; y un dialéctico sutil, disputando sobre el
sistema de los nominales y llevando las abstracciones y cavilaciones hasta un
punto ininteligible: he aquí dos objetos por cierto poco parecidos; y sin
embargo estos objetos coexistían en la sociedad; y no como quiera, sino con
mucho prestigio, favorecidos con toda clase de obsequios y seguidos por
ardientes entusiastas.
646 Aun
atendiendo a la situación extraña en que, según llevo indicado, se encontraron
las naciones de Europa, no es fácil explicar la razón de esta anomalía. Se deja
entender sin dificultad que los pueblos europeos, en su mayor parte salidos de
los bosques del Norte, y que habían vivido por mucho tiempo en guerra, ya entre
sí, ya con los conquistados, debían de conservar con su hábitos guerreros,
imaginación viva y fuerte, y pasiones enérgicas y violentas; lo que no se
concibe tan bien es su inclinación a un orden de ideas puramente metafísico y
dialéctico. No obstante, profundizando la cuestión, no deja de conocerse que
esta anomalía tenía su origen en la misma naturaleza de las cosas.
¿Por
qué un pueblo en su infancia abunda de imaginación y de sentimientos? Porque
abundan los objetos que excitan esas facultades, y porque éstos pueden ejercer
su acción con más fuerza, a causa de que el individuo se halla expuesto de
continuo a la influencia de las cosas exteriores. El hombre primero siente e imagina, después
entiende y piensa; así lo exigen en su naturaleza el orden y dependencia de las
facultades. Y he aquí la razón de que primero se desarrollen en un
pueblo la imaginación y las pasiones, que no el entendimiento: aquéllas
encuentran desde luego su objeto y su pábulo, éste no; y por lo mismo, precedió siempre la edad de los poetas a la de los filósofos.
Infiérese
de aquí que los pueblos niños
piensan poco, porque carecen de ideas; y en esto se halla una diferencia
capital que los distingue de los de Europa en la época de que hablamos: en
Europa abundan las ideas.
Lo
que explica por qué se hacía tanto aprecio de lo puramente intelectual, aun en
medio de la más profunda ignorancia; y por qué se esforzaba el entendimiento en
descollar también, cuando parece que no había llegado su hora. Las verdaderas
ideas de Dios, del hombre y de la sociedad estaban ya esparcidas por todas
partes, merced a la incesante enseñanza del cristianismo; y como quedaban
muchos rastros de la sabiduría antigua, ya cristiana, ya gentil, resultaba que
el entendimiento de un hombre de alguna instrucción se hallaba en realidad
lleno de ideas.
A
pesar de tamañas ventajas, claro es que por efecto de la ignorancia acarreada
por tantos trastornos, habíase de encontrar el entendimiento abrumado y confuso
con aquella mezcla que se le presentaba de erudición y de filosofía; y que
había de escasear de discernimiento y buen juicio, para hacer de una manera
provechosa el simultáneo estudio de
647
Todo esto no obstante se estudiaba a la vez,
de todo se disputaba con ardor; y al lado de los errores y desvaríos que eran
en tal caso inevitables, marchaba la presunción, inseparable compañera de la
ignorancia. Para explicar con acierto varios puntos de
Todo
esto faltaba a la sazón, ni era dable adquirirlo, sino con el transcurso de los
siglos. ¿Y qué sucedía? Lo que por precisión debía suceder, habiendo el prurito
de explicarlo todo: ¿se ofrecía una dificultad?, ¿faltaban datos, noticias para
resolverla? Se echaba por el atajo: en vez de estribar sobre un hecho, se estribaba
sobre un pensamiento; en lugar de un raciocinio sólido, se ponía una
abstracción cavilosa; ya que no era posible formar un cuerpo de sabia doctrina,
se amontonaba un confuso fárrago de ideas y palabras. ¿Quién, por ejemplo, no
se ríe o no se compadece de Abelardo, al verle ofrecer a sus discípulos la
explicación del profeta Ezequiel, y con la condición de no tomarse sino un
tiempo muy escaso para prepararse, y cumplir luego su oferta?
¿No
les parece a los lectores, que en el siglo XII, y tratándose del profeta
Ezequiel, y estando poco preparado el maestro, debió de ser la explicación muy,
feliz e interesante?
Fue
tanto el ardor con que se abrazó el estudio de la dialéctica y de la
metafísica, que en poco tiempo llegaron a eclipsar todos los demás conocimientos.
Esto acarreó gravísimo daño al espíritu; porque absorbida toda su atención en
su objeto predilecto, miró con indiferencia la parte sólida de las ciencias,
cuidó poco de la historia, no pensó en literatura, resultando de aquí que no se
desarrolló sino a medias. Postergado todo lo relativo a imaginación y afectos,
quedó dueño del campo el entendimiento; y no en su parte útil, como lo es la
percepción clara y cabal, juicio maduro, y raciocinio sólido y exacto, sino en
lo que tiene de más sutil, caviloso y extravagante.
Me
atreveré a decir que los hombres que culpan a
648
Ya hemos visto que cuando el entendimiento se apartó del verdadero camino el
desarrollo intelectual era religioso; y de aquí es que aún conservó todavía
este carácter; de lo que dimanó que se vieron aplicadas a los más sublimes
misterios las sutilezas más extrañas.
Casi
todos los herejes de la época eran famosos dialécticos, y empezaron a
extraviarse por un exceso de sutilezas.
Roscelín
era uno de los principales dialécticos de su tiempo, fundador de la secta de
los nominales, o al menos uno de sus principales caudillos; Abelardo era
célebre por su talento sutil, por su habilidad en las disputas, y por su
destreza en explicarlo todo conforme a su talante; el abuso del ingenio le
condujo a los errores de que he hablado más arriba; errores que habría podido
evitar si no se hubiera entregado con tanto orgullo a sus vanos pensamientos.
El espíritu de sutilizarlo todo condujo a Gilberto de
Aquellos
hombres fogosos, que sedientos de saber se lanzaban con ardor sobre la primera
sombra que forjaban sus fantasías, habían menester en gran manera las
amonestaciones de una voz juiciosa que les inspirara sobriedad y templanza.
Daba apenas el entendimiento los primeros pasos en la carrera del saber, y ya
se figuraba saberlo todo; todo pretendía conocerlo; excepto el necio, el no sé;
como le echa en cara San Bernardo al vanidoso Abelardo.
¿Quién no se alegra para el bien de la
humanidad y honor del humano entendimiento, al ver a
Si el
entendimiento humano hubiera seguido en su desarrollo el camino por el cual le
guiaba
649 Roscelín tuvo por adversario a San
Ansemo; éste se mantuvo siempre sumiso a la
autoridad, aquél le fue rebelde; y ¿quién podría comparar al sabio arzobispo de
Cantorberi con el dialéctico de Compiegne?
¡Qué
diferencia tan grande entre el profundo y juicioso metafísico autor del
Monologio y Prosologio, y el frívolo disputador corifeo de los nominales!
Las
sutilezas y cavilaciones de Roscelín ¿valen algo si se las compara con los
elevados pensamientos del hombre que en el siglo XI llevaba ya tan adelante sus
ideas metafísicas, que para probar la existencia de Dios sabía desprenderse de
palabras vanas y quisquillosas, concentrarse dentro de sí mismo, consultar sus
ideas, analizarlas, compararlas con su objeto, y fundar la demostración de la
existencia de Dios en la misma idea de Dios, adelantándose cinco siglos a
Descartes?
¿Quién
entendía mejor los verdaderos intereses de la ciencia? ¿Dónde está el funesto
influjo que para apocar y estrechar el entendimiento de San Anselmo, debió de
ejercer esa autoridad tan temible de
Y
Abelardo, el mismo Abelardo, ¿puede acaso ponerse en parangón con su adversario
católico, con San Bernardo? Ni como hombre, ni como escritor, ¿qué es Abelardo
comparado con el insigne abad de Claraval?
Abelardo se empapa en todas las sutilezas de
la escuela, se disipa en disputas ruidosas, se desvanece con los aplausos de
sus discípulos alucinados por el talento y osadía del maestro, y más todavía
por la extravagancia científica dominante en aquel siglo; y sin embargo ¿que se
han hecho de sus obras?, ¿quién las lee?, ¿quién recurre a ellas para encontrar
una página bien razonada, la descripción de un grande suceso, algún cuadro de
las costumbres de la época, es decir, nada de cuanto puede interesar a la
ciencia o a la historia? ¿Y quién es el hombre instruido que no haya buscado
varias veces todo esto en los inmortales escritos de San Bernardo?
No
cabe más sublime personificación de
No
cabe encontrar más digno representante de las ideas, de los sentimientos que
Parémonos un momento a la vista de esa columna
gigantesca que se levanta a una inmensa altura sobre todos los monumentos de
del siglo; de ese hombre extraordinario que llena el mundo con su nombre, que
le levanta con su palabra, le domina con su ascendiente; que le alumbra en la
oscuridad, que sirve como de misterioso eslabón para unir dos épocas tan distantes
como son la de San Jerónimo y San Agustín, y la de Bossuet y Bourdaloue.
650 La relajación
y la corrupción le rodean, y él se abroquela contra sus ataques con la
observancia más rígida, con la más delicada pureza de costumbres; la ignorancia
ha cundido en todas las clases, él estudia día y noche para ilustrar su
entendimiento; un saber falso y postizo se empeña en ocupar el puesto de la
verdadera sabiduría, él le conoce, le desdeña, le desprecia, y con su vista de
águila descubre a la primera ojeada que el astro de la verdad marcha a una
distancia inmensa de ese mentido esplendor, de ese fárrago informe de sutileza
e inepcias, que los hombres de su tiempo llamaban filosofía.
Si
en alguna parte podía a la sazón encontrar una ciencia útil, era en
Así
este grande hombre, elevándose sobre las preocupaciones de su tiempo, logró
evitar el daño producido en los demás por el método a la sazón dominante; cual
era apagar la imaginación y el sentimiento, falsear el juicio, aguzar
excesivamente el ingenio, y confundir y embrollar las doctrinas.
Leed
las obras del santo abad de Claraval, y notaréis, desde luego, que todas las facultades marchan,
por decirlo así, hermanadas y de frente. ¿Buscáis imaginación? Allí
encontraréis hermosísimos cuadros, retratos fieles, magníficas pinturas.
¿Buscáis efectos?
Le oiréis insinuándose sagazmente en el corazón, hechizarle, sojuzgarle,
dirigirle; ora amedrenta con saludable terror al pecador obstinado, trazando
con enérgica pincelada lo formidable de la justicia de Dios y de su venganza
perdurable; ora consuela y alienta al hombre abatido por las adversidades del
mundo, por los ataques de sus pasiones, por los recuerdos de sus extravíos, por
un temor inmoderado de la justicia divina.
¿Queréis
ternura? Escuchadle en sus coloquios con Jesús, con María; escuchadle hablando
de
¿Queréis
fuego, queréis vehemencia, queréis aquel ímpetu irresistible que allana cuanto
se le opone, que exalta el ánimo, que le saca fuera de sí, que le inflama del
entusiasmo más ardiente, que le arrebata por los más difíciles senderos, y le
lleva a las empresas más heroicas?
651 Vedle
enardeciendo con su palabra de fuego a los pueblos, a los señores y a los
reyes, sacarlos de sus habitaciones, armarlos, reunirlos en numerosos
ejércitos, y arrojarlos sobre el Asia para vengar el santo sepulcro.
Este
hombre extraordinario se halla en todos lugares, se le oye por todas partes:
exento de ambición, tiene sin embargo la principal influencia en los grandes
negocios de Europa; amante de la soledad y del retiro, se ve forzado a cada
instante a salir de la oscuridad del claustro para asistir a los consejos de
los príncipes y de los papas; nunca duda, nunca lisonjea; jamás hace traición a
la verdad, jamás disimula el sacro ardor que hierve en su corazón; y no
obstante es escuchado por doquiera con profundo respeto, y hace resonar su voz
severa en la choza del pobre como en el palacio del monarca; amonesta con terrible
austeridad al monje más oscuro, como al soberano pontífice.
A
pesar de tanto calor, de tanto movimiento, nada pierde su espíritu en claridad
ni precisión; si explica un punto de doctrina, se distingue por su desembarazo
y lucidez; si demuestra, lo hace con vigoroso rigor; si arguye, es con una
lógica que estrecha, que acosa a su adversario, sin dejarle salida; y si se
defiende, lo ejecuta con suma agilidad y destreza. Sus respuestas son amplias y
exactas, sus réplicas son vivas y penetrantes; y sin que se haya formado con la
sutileza de la escuela, deslinda primorosamente la verdad del error, la razón
sólida de la engañosa falacia.
He aquí
un hombre entera y exclusivamente formado por la influencia católica; he aquí
un hombre que ni se apartó jamás del gremio de
Para
honor eterno de
Puede
asegurarse que los hombres más esclarecidos de aquella época, los que menos
parte tuvieron en los lamentables extravíos, que por tanto tiempo llevaron al
entendimiento humano en pos de vanidades y de sombras, fueron cabalmente
aquellos que más adictos se mostraban al Catolicismo.
Ellos
dieron el ejemplo de lo que debía hacerse, si se quería progresar en las
ciencias; ejemplo que, aunque poco imitado por mucho tiempo, hubo al fin de
seguirse en los siglos posteriores; habiendo marchado las ciencias en la misma
razón en que se le ha ido poniendo en planta: hablo del estudio de la
antigüedad.
652 El principal
objeto de los trabajos de aquella época eran las ciencias sagradas; pues que
siendo el desarrollo del entendimiento en un sentido teológico la dialéctica y
la metafísica se estudiaban con la mira de hacer aplicaciones teológicas.
Roscelín, Abelardo, Gilberto de
San Anselmo, San Bernardo, Hugo de San Víctor,
Ricardo de San Víctor, Pedro Lombardo, dijeron: "Veamos
lo que nos enseña la antigüedad, estudiemos las obras de los Santos Padres,
analicemos y cotejemos sus textos; no hay mucho que fiar en puros raciocinios,
que unas veces serán peligrosos y otras infundados".
De esos juicios, ¿cuál ha confirmado la
posteridad? De esos métodos, ¿cuál es el que se adoptó cuando se trató de hacer
serios progresos?, ¿no se apeló a un estudio ímprobo de los monumentos
antiguos?, ¿no se hubieron de arrumbar las cavilaciones dialécticas?
Los
mismos protestantes, ¿no se glorían de haber seguido este camino?; sus
teólogos, ¿no tienen a mucha honra el poder llamarse versados en la
antigüedad?, ¿no tendrían a mengua que se los apellidase puro dialécticos? ¿De qué parte,
pues, estaba la razón?
¿De
los herejes o de
¿Quién
comprendía mejor cuál era el método más conveniente para el progreso del
entendimiento?,
¿Quién seguía el camino más acertado: los
dialécticos herejes o los doctores católicos? Esto no tiene réplica; porque son
pensamientos, son hechos; no es una teoría, es la historia de las ciencias, tal
como la sabe todo el mundo, tal como la presentan monumentos irrefragables; y
los hombres que estuviesen preocupados por la autoridad de M. Guizot, no podrán
por cierto quejarse de que yo haya divagado, de que haya esquivado las
cuestiones históricas, ni pretendido que se me creyese sobre mi palabra.
Desgraciadamente,
la humanidad parece condenada a no encontrar el verdadero camino, sino
después de grandes rodeos:
y así es que, siguiendo el entendimiento la
dirección peor, se fue en pos de las sutilezas y cavilaciones, y abandonó el
sendero señalado por la razón v el buen sentido. A principios del siglo XII
estaba tan adelantado el mal, que no era liviana empresa el tratar de
remediarle; y no es fácil diferentes sentidos hubieran sobrevenido, si
653 Los
versados en la historia científica de aquellos tiempos no tendrán dificultad en
conocer que hablo de Santo Tomás de Aquino, a quien es
menester contemplar desde el punto de vista indicado, si queremos comprender
toda la extensión de su mérito. Siendo este doctor uno de los entendimientos
más claros, más vastos y penetrantes con que puede honrarse el linaje humano, parece a veces que estuvo como mal colocado en el siglo XIII;
y como que uno se duele de que no viviera en los posteriores, para disputar la
palma a los hombres más ilustres de que puede gloriarse
Sin
embargo, cuando se reflexiona mas profundamente, se descubre ser tanta la
extensión del beneficio dispensado por él al humano entendimiento, se conoce
tan a las claras la oportunidad de que apareciese en la época en que apareció, que el observador no puede menos de admirar los
profundos designios de
¿Qué
era la filosofía de su tiempo? La dialéctica, la metafísica, la moral, ¿a dónde
hubieran ido a parar, en medio de la torpe mezcla de filosofía griega,
filosofía árabe e ideas cristianas?
Ya
hemos visto lo que de sí empezaban a dar tamañas combinaciones, favorecidas por
la grosera ignorancia, que no permitía distinguir la verdadera naturaleza de
las cosas, y fomentadas por el orgullo que pretendía saberlo ya todo; y sin
embargo, el mal sólo estaba en sus principios; a medida que se hubiera
desarrollado habría ofrecido síntomas más alarmantes.
Afortunadamente,
se presentó ese grande hombre; de un solo empuje hizo avanzar la ciencia en dos
o tres siglos; y ya que no pudo evitar el mal, al menos lo remedió; porque
alcanzando una superioridad indisputable, hizo prevalecer por todas partes su
método y doctrina, se constituyó como un centro de un gran sistema alrededor
del cual se vieron precisados a girar todos los escritores escolásticos;
reprimiendo de esta manera un sinnúmero de extravíos que de otra suerte
hubieran sido poco menos que inevitables.
Halló
las escuelas en la más completa anarquía, y él estableció la dictadura. Dictadura sublime de que fue investido por su entendimiento de
ángel, embellecido y realzado con su santidad eminente. Así comprendo la misión
de Santo Tomás, así la comprenderán cuantos se hayan ocupado en el estudio de
sus obras, contentándose con la rápida lectura de un artículo biográfico.
Y
este hombre era católico y es venerado sobre los altares de
Y
es de advertir que en Santo Tomás, a pesar de ser su método tan escolástico, se
nota no obstante lo mismo que hemos hecho observar ya con respecto a los
escritores católicos que más se distinguieron en aquellos siglos. Raciocina mucho,
pero se conoce que desconfía de la razón, con aquella desconfianza cuerda, que es señal inequívoca de
verdadera sabiduría. Emplea las doctrinas de Aristóteles,
pero se advierte que se hubiera valido menos de ellas, y se habría ocupado más
en el análisis de los Santos Padres, si no hubiera seguido su idea capital, que
era hacer servir para la defensa de la religión la filosofía de su tiempo.
Mas
no se crea por esto que su metafísica y su filosofía moderna sean un fárrago de
cavilaciones inexplicables, cual parece debiera prometerlo su época; no: y
quien así lo creyera manifestaría haber gastado pocas horas en su estudio. Por
lo que toca a metafísica, no puede negarse que se conoce cuáles eran las
opiniones a la sazón dominantes; pero también es cierto que se encuentran a
cada paso en sus obras trozos tan luminosos sobre los puntos más complicados de
ideología, cosmología y psicología, que parece que estamos oyendo a un filósofo
que escribiera después que las ciencias han hecho los mayores adelantos.
Ya
hemos visto cuáles eran sus ideas en materias políticas; y si menester fuese, y
lo consintiera la naturaleza del escrito, podría presentar aquí muchos trozos
de su Tratado de leyes y de justicia, donde se nota tanta solidez de
principios, tanta elevación de miras, un tan profundo conocimiento del objeto
de la sociedad, sin olvidar la dignidad del hombre, que no asentarían mal en
las mejores obras de legislación que se han escrito en los tiempos modernos.
Sus
tratados sobre las virtudes y vicios en general y en particular, agotan la
materia; y bien se podría emplazar a todos los escritores que le han sucedido,
para que nos presentasen una sola idea de alguna importancia, que no estuviese
allí desenvuelta, o cuando menos indicada.
Sobre
todo, lo que se repara en sus obras, y esto es altamente conforme al espíritu
del Catolicismo, es una moderación, una templanza en la exposición de las
doctrinas, que si la hubiesen imitado todos los escritores, a buen seguro que
el campo de las ciencias se hubiera parecido a una academia de verdaderos
sabios, y no a una ensangrentada palestra donde combatían encarnizadamente
furibundos campeones.
Basta
decir que es tanta su modestia, que no recuerda un solo hecho de su vida
privada ni pública; allí no se oye más que la palabra de la inteligencia que va
desenvolviendo sosegadamente sus tesoros; pero el hombre, con sus glorias, con
sus adversidades, con sus trabajos, y todas esas vanidades con que nos fatigan
generalmente otros escritores, todo esto allí desaparece, nada se ve.VER NOTA
40[viii]
655
CREO
HABER vindicado completamente a
Si
no me engaño, las fases del entendimiento después de la restauración de las
luces comenzada en el siglo XI, fueron las siguientes: primero se sutilizó,
amontonando al propio tiempo erudición indigesta; en seguida se criticó,
entablando oportunamente graves controversias sobre lo que de sí arrojaban los
monumentos; y por fin se meditó, inaugurando la época de la filosofía.
Dialéctica
y fárrago de erudición caracterizan al siglo
XI y siguientes hasta el XVI
Crítica y
controversia forman el distintivo del XVI, y parte del XVII;
El
espíritu filosófico comienza a dominar a mediados del XVII,
y continúa dominando todavía en nuestros tiempos.
¿Qué
provecho trajo el Protestantismo con respecto a la erudición? Ninguno. La
encontró ya amontonada; lo probaré de una manera bien sencilla: brillaban a la
sazón Erasmo y Luís Vives.
¿Contribuyó
a fomentar el estudio de la crítica? Sí: como una enfermedad que diezma a las
naciones promueve el adelanto de la medicina.
Mas
no se crea que sin la falsa Reforma, no hubiera cundido la afición a esta clase
de trabajos; a medida que se desenterraban monumentos, que se difundía el
conocimiento de las lenguas, que se poseían noticias más claras y exactas sobre
la historia, natural era que se tratase de discernir lo apócrifo de la
auténtico. Los documentos estaban a la vista, se los estudiaba de continuo, por
ser éste el gusto favorito de la época: ¿cómo era posible que no se despertase
afición al examen de los títulos por los cuales se atribuían a este o aquel
autor, a tal o cual siglo, y hasta qué punto la ignorancia o la mala fe habían
alterado, quitado o añadido?
A este propósito recordaré lo que sucedió con
las fangosas Decretales de Isidoro
Mercator. Corrían sin contradicción en los siglos anteriores al XV,
merced a la ignorancia de la antigüedad y de la crítica; pero tan pronto como
se tuvo mayor copia de datos y conocimientos, comenzó a bambolear el edificio
del impostor. Ya en el siglo XV, atacó el cardenal de Cusa la autenticidad de
algunas Decrétales que se suponían anteriores al Papa Siricio; las reflexiones
del sabio cardenal abrieron el camino a los que se propusieron combatir las
otras.
Entablóse seria disputa, y como era natural
tornaron parte en ella los protestantes; pero ciertamente que lo mismo se
habría verificado entre los escritores católicos. Cuando se leían los códigos de
Teodosio y Justiniano, las obras de los autores antiguos, y las colecciones de
los monumentos eclesiásticos, era imposible que no se advirtiese que en las
falsas Decrétales se hallaban sentencias y fragmentos de escritos que
pertenecían a épocas posteriores al tiempo en que se las suponía; y que por
consiguiente no viniera primero la sospecha, y luego la demostración del
engaño.
Lo propio que de la crítica, puede decirse de
la controversia; no habría ésta faltado, aun suponiendo la unidad de la fe; y
en prueba de esta verdad, basta recordar lo que aconteció entre las escuelas
católicas. Y si esto se verificaba cuando tenían a la vista al enemigo común,
bien se deja entender que a no estar distraídas por él, se habrían entregado a
la polémica con más vivacidad y calor.
Ni con respecto a la crítica ni a la
controversia llevan ventaja los protestantes a los católicos; porque si bien es
verdad que no todos nuestros teólogos comprendieron la necesidad de hacer
frente a los enemigos de la fe con armas más sólidas y mejor templadas que las
que se tomaban del arsenal de la filosofía aristotélica, también es cierto que
fueron muchos los que se levantaron a la altura debida, haciéndose cargo de
toda la gravedad de la crisis, y de la urgente necesidad de introducir en los
estudios teológicos modificaciones profundas. Belarmino, Melchor Cano, Petau y
otros muchos que fuera fácil citar, son hombres que en nada ceden a los más
aventajados protestantes, por más que se quiera exagerar el mérito científico
de los defensores del error.
657
El conocimiento de las lenguas sabias debía
contribuir sobremanera al progreso de la crítica y de la bien entendida
polémica; y yo no veo que ni en la latina, ni en la griega, ni en la hebrea se
quedaran rezagados los católicos. ¿Fueron por ventura enseñados en la escuela
protestante Antonio de Nebrija, Erasmo, Luis Vives, Lorenzo Valla, Leonardo
Aretino, el cardenal Bembo, Sadoleto, Pogge, Melchor Cano y otros innumerables
que podría recordar?
¿No fueron los papas quienes dieron el
principal impulso a aquel movimiento literario? ¿No fueron ellos quienes
protegían con la mayor liberalidad a los eruditos, quienes les dispensaban
honores, quienes les suministraban recursos, quienes costeaban la adquisición
de los mejores manuscritos? ¿Se ha olvidado por ventura que se llevó hasta el
extremo la afición a la culta latinidad, y que algunos eruditos escrupulizaban
en leer
En cuanto al griego, no hay más que recordar
las causas de su propagación en Europa, para convencerse de que el adelanto en
esta lengua no es debido a la falsa Reforma. Sabido es que con la toma de
Constantinopla por los turcos, aportaron a las costas de Italia los restos
literarios de aquella infortunada nación; en Italia comenzó el estudio serio de
la lengua griega; y desde
Medio siglo antes de la aparición del
Protestantismo, ya enseñaba en París la lengua griega el italiano Gregorio de
Tiferno. En la misma Alemania florecía a fines del siglo XV y principios del
XVI el célebre Juan Reuchlin, que enseñó el griego con lustre y gloria, primero
en Orleáns y Poitiers, y últimamente en Ingolstad. Reuchlin poseía este idioma
con tanta perfección, que hallándose en Roma interpretó tan felizmente y leyó
con pronunciación tan pura un pasaje de Tucídides en presencia del célebre
Argyropilo, que admirado éste, exclamó: Grecia
postra exilio transvolavit Alpes.
Por lo tocante al hebreo, insertaré un notable
pasaje del abate Goujet: "Los
protestantes -dice- quisieran el honor de pasar por los restauradores de la
lengua hebrea en Europa; pero les es preciso reconocer que si algo saben en
este punto, lo deben a los católicos, que han sido sus maestros, y de quienes
nos ha venido todo lo que tenemos de mejor y más útil relativo a las lenguas
orientales. Juan Reuchlin, que pasó la mayor parte de su vida en el siglo XV,
era ciertamente católico, y fue uno de los más hábiles en la lengua hebrea, el
primero de los cristianos que la redujo a un arte. Juan Wessel de Groningue le
había enseñado en París los elementos de dicho idioma, y él a su vez tuvo otros
discípulos a quienes comunicó la afición a su estudio. El ardor por la lengua
hebrea se avivó en Occidente por el impulso de Pico de
658
De los
herejes del tiempo del concilio de Trento que sabían esta lengua, la habían
aprendido los más en el seno de
El
designio de este Papa, que tan bien conocía las ventajas que resultan de hacer
los estudios con solidez, era hacer brotar del estudio de las lenguas un mayor
raudal de luces a propósito para ilustrar a
Una de las causas que más contribuyeron al
desarrollo del entendimiento humano fue la creación de grandes centros de
enseñanza, donde se reuniese lo más ilustre en talento y sabiduría; y desde los
cuales se difundieran los rayos de la luz en todas direcciones. Yo no se cómo
se ha echado en olvido que este pensamiento nada debe a la falsa Reforma, y que
la mayor parte de las universidades de Europa son fundadas mucho tiempo antes
del nacimiento de Lutero.
1.
La de Oxford fue
establecida en el año 895;
2.
la de Cambridge, en 1280;
3.
la de Praga, en
Bohemia, en 1358;
4.
de
5.
la de Viena, en
Austria, en 1365;
6.
la de Ingolstad, en
Alemania, en 1372;
7.
la de Leipzig en 1408;
8.
la de Basilea, en
Suiza, en 1469;
9.
la de Salamanca en 1200;
10.
la de Alcalá en 1517; no siendo preciso
recordar la antigüedad de las de París, Bolonia, Ferrara y otras muchas, que se
habían adquirido el más alto renombre largo tiempo antes de que apareciese el
Protestantismo.
Sabido es que los papas intervenían en la
fundación de las universidades, que les otorgaban privilegios y las favorecían
con ilustres distinciones; ¿cómo se ha podido, pues, afirmar que en Roma se
abrigaba el designio de ahuyentar la luz de las ciencias, manteniendo a los
pueblos en las tinieblas de la ignorancia?
659
Cual si
La posteridad, que juzgará imparcialmente
nuestras disputas, pronunciará, a no dudarlo, un fallo muy severo contra los
pretendidos filósofos que se empeñan en encontrar en la historia pruebas
irrefragables de que el Catolicismo embarazaba la marcha del entendimiento
humano, y de que los progresos de las ciencias fueron debidos al grito de
libertad levantado en el centro de Alemania. Sí: a los hombres juiciosos de los
siglos venideros, como también del presente, les bastará para fallar con
acierto el recordar que Lutero comenzó a propalar sus errores en el siglo de León X.
No era a la sazón el oscurantismo el cargo que
se podía hacer a la corte de Roma; ella marchaba a la cabeza de todos los
adelantos, ella los impulsaba con el celo más vivo, con el entusiasmo más
ardoroso. Por manera que si, algo había que reprender, si algo había que
pudiese desagradar era más bien el exceso que el defecto. No lo dudemos: si un
nuevo San Bernardo se hubiese dirigido al Papa León X, por cierto que no le
reconviniera de abuso de autoridad en contra del entendimiento humano, ni en
daño del progreso de las luces.
"
“Si
660 "Las diversas
ramificaciones de la religión reformada han participado más o menos de lo
bello, a proporción que se han alejado más o menos de la religión católica. En
Inglaterra, donde se ha conservado la jerarquía eclesiástica, las letras han
tenido su siglo clásico; el luteranismo conserva todavía algunas centellas de
imaginación, que el calvinismo procura apagar; y así van descendiendo las
sectas, hasta el cuákero que quisiera reducir la vida social a la grosería de
los modales y a la práctica de los oficios.
"Según todas las
probabilidades, Shakespeare era católico; Milton es evidente que
imitó algunas partes de los poemas de Sainte Avite y de Masenius; Klopstoch ha
tomado lo principal ele las creencias romanas. En nuestros tiempos la elevada
imaginación no se ha manifestado en Alemania, sino cuando el espíritu del
Protestantismo se ha enflaquecido, y desnaturalizado.
Goethe y Schiller encontraron de nuevo su
genio tratando objetos católicos; Rousseau y madame de Stáel son ilustres
excepciones de esta regla; pero, ¿eran tal vez protestantes a la manera de los
primeros discípulos de Calvino?
A Roma acuden los pintores, los arquitectos y
los escultores de las sectas disidentes, a buscar las inspiraciones que la
tolerancia universal les permite recoger.
Os
manifestará ruinas que ha hecho, entre las cuales ha plantado algunos jardines
o establecido algunas manufacturas. Rebelde a la autoridad de las tradiciones,
a la experiencia de los tiempos, a la sabiduría de los antiguos, el
Protestantismo se separo de todo lo pasado, para fundar una sociedad sin
raíces.
Reconociendo por padre a un fraile alemán del
siglo XVI, renunció a la magnífica genealogía que hace remontar al católico por
una serie de santos y de grandes hombres hasta Jesucristo, y de allí hasta los
patriarcas, hasta la cuna del universo. El siglo protestante desde sus primeros
momentos rehusó todo parentesco con el siglo de aquel León, protector del mundo
civilizado contra Atila, y con el siglo de ese otro León, que poniendo fin al mundo bárbaro, embelleció la sociedad,
cuando ya no era necesario defenderla". (Estudios históricos sobre la caída del
imperio romano, y el nacimiento y progresos del cristianismo).
Es sensible que el autor de tan bello pasaje y
que tan atinadamente juzgaba los efectos del Protestantismo en lo tocante a las
letras y a las artes, haya dicho que "
661
¿Qué significan estas palabras? Para decidirlo
con acierto, veamos cómo las entiende el ilustre autor. "La verdad religiosa -dice- es el conocimiento de un Dios
único, expresado por un culto; la verdad filosófica es la triple ciencia de las
cosas intelectuales, morales y naturales". (Estudios históricos,
Exposición).
No es fácil concebir cómo, admitiendo la
verdad de la religión católica, y por tanto reconociendo la falsedad de la
protestante, se podrá llamar a ésta verdad filosófica en pugna con aquélla, que
es la verdad religiosa.
Así en el orden natural como en el
sobrenatural, en el filosófico como en el religioso, todas las verdades vienen
de Dios, todas van a parar a Dios. No cabe, pues, la lucha entre las verdades
de un orden y las verdades de otro; no cabe lucha entre la religión y la
verdadera filosofía, entre la naturaleza y la gracia.
Lo que es verdadero es la realidad, porque la
verdad está en los mismos seres, o mejor diremos, no es otra cosa que los
seres, tales como existen, como son en sí; por lo mismo es muy inexacto el
decir que la verdad filosófica estuvo nunca en lucha con la verdad religiosa.
Según el mismo autor: "la
verdad filosófica es la independencia del espíritu del hombre, ella tiende a
descubrir, a perfeccionar en las tres ciencias de su competencia: la
intelectual, la moral y la natural";
"pero la verdad filosófica
-prosigue-, tendiendo hacia el porvenir, se ha hallado en contradicción con la
verdad religiosa, que está
unida a lo pasado, porque participa de la inmovilidad de su principio
eterno".
Con el respeto debido al inmortal autor del
Genio del cristianismo y cantor de Los Mártires, me atreveré a decir que hay aquí una
lastimosa confusión de ideas. La verdad
filosófica de que nos habla Chateaubriand ha de ser, o la ciencia misma en
cuanto encierra un conjunto de verdades o la reunión de conocimientos,
comprendiendo en ellos así la verdad como el error; o los hombres que los
poseen, en cuanto forman una clase muy influyente de la sociedad.
Si lo primero, es imposible que la
verdad filosófica esté en lucha con la religiosa, es decir, con el Catolicismo;
Si lo segundo, no será extraño
que exista esta oposición, porque habiendo mezcla de errores, algunos de éstos
podrían estar en contradicción con los dogmas católicos;
Si lo tercero, entonces por
desgracia será verdad que muchos hombres distinguidos por sus talentos y saber
habrán combatido la enseñanza católica; pero, como en cambio los ha habido en
no menor número y no menos aventajados, que la han sostenido victoriosamente,
será muy impropio afirmar que, ni aun
en este sentido, la verdad filosófica se haya encontrado en oposición con la
verdad religiosa.
662
No me propongo dar a las palabras del ilustre
autor un sentido malicioso; y antes me inclino a creer que en su mente la
verdad filosófica no era más que un espíritu de independencia, considerado en
general, de una manera vaga, indeterminada, sin aplicación a estos o aquellos
objetos.
Sólo así se podrán conciliar unos textos con
otros textos, porque es bien claro que quien condena con tanta severidad
En tal caso, ciertamente no habrá sido muy
exacto el lenguaje del ilustre escritor; lo que no será de extrañar, reflexionando
que la exactitud en ciencias filosófico-históricas no suele ser el distintivo
de los genios acostumbrados a dejarse llevar por regiones elevadas, a impulso
de los arranques de sublime poesía.
El movimiento filosófico, en lo que tiene de
más libre y atrevido, no tuvo su origen en Alemania, no en Inglaterra, sino en la católica Francia.
Descartes, que inauguró la nueva época, que
destronó a Aristóteles, que impulsó el adelanto de la lógica, de la física y de
la metafísica, era francés y católico.
La mayor
parte de sus más aventajados discípulos pertenecieron también a la comunión de
Hasta Leibnitz, apenas se señaló
La afición a las meditaciones profundas sobre
los secretos del corazón, sobre las relaciones del espíritu humano con Dios v
la naturaleza, la abstracción sublime que concentra al hombre, que le despoja
de su cuerpo, que le hace divagar por las altas regiones que al parecer sólo
debieran recorrer los espíritus celestes, comenzó también en el seno de
663
¿Era, por ventura protestante uno de los más
briosos pensadores del siglo XVII, el genio de quien recordamos todavía con
dolor que fuese alucinado durante algún tiempo por una secta hipócrita y
seductora, el insigne Pascal?
¿No fue él quien planteó esa escuela
filosófico-religiosa que, ora se lanza en las profundidades de la religión, ora
en las de la naturaleza, ora en los misterios del espíritu humano, haciendo
brotar en todas direcciones rayos de vivísima luz en pro de la causa de la
verdad? ¿No fueron sus Pensamientos el libro que consultaron con predilección
los apologistas de la religión cristiana, así católicos como protestantes, que
tuvieron que luchar contra la incredulidad y la indiferencia?
Los profesores de la filosofía de la historia
son tal vez los que más se han señalado por su prurito en achacar a
Por gratitud siquiera debían proceder con más
circunspección; cuando no podían olvidar que el verdadero fundador de la filosofía de la historia era
un católico; que la primera y más excelente obra que se ha escrito
sobre la materia, salió de la pluma de un obispo católico: Bossuet,
en su inmortal Discurso sobre la historia universal,
fue quien enseñó a los modernos a contemplar la vida del humano linaje desde un
punto de vista elevado; a abarcar con una sola ojeada todos los grandes acontecimientos
que se han verificado en el transcurso de los siglos, a verlos en todo su
grandor, en todo su encadenamiento, todas sus fases, con todos sus efectos y
sus causas, y a sacar de allí saludables lecciones para enseñanza de príncipes
y de pueblos.
Y Bossuet era católico, y era
uno de los más ilustres adalides contra
Tocante al movimiento literario, casi podría
dispensarme de vindicar al Catolicismo de los cargos que le pueden hacer sus
enemigos. ¿Qué era la literatura en todos los países protestantes, cuando
664
Así en Inglaterra como en Alemania, no se
conocían muchos géneros de literatura que estaban va vulgarizados en los países
católicos; y cuando en los últimos tiempos se ha tratado de enmendar esta
falta, uno de los mejores medios que se ha excogitado para llenar el vacío, es
tomar por modelos a los escritores españoles, sujetos al oscurecimiento
católico y a las hogueras de
El entendimiento, el corazón, la fantasía, nada le deben al
Protestantismo; antes que él naciese, se desarrollaban
con gallarda lozanía; después de su aparición se desenvolvieron también en el
seno de
No, no podía ser así: la que ha nacido del seno de la luz, no
puede producir las tinieblas; lo que es obra de la misma verdad, no ha menester
huir de los rayos del sol, no necesita ocultarse en las entrañas de la tierra;
puede marchar a la claridad del día, puede arrostrar la discusión, puede llamar
alrededor de sí a todas las inteligencias, con la seguridad de que han de
encontrarla tanto más pura, más hermosa y embelesante, cuanto la contemplen con
más atención, cuanto la miren más de cerca.
AL LLEGAR al término de mi difícil empresa,
séame lícito volver la vista atrás, como el viajero que se repone de sus
fatigas, dando una mirada al dilatado espacio que acaba de recorrer. El temor
de que se introdujera en mi patria el cisma religioso, la vista de los
esfuerzos que se hacían para inculcarnos los errores de los protestantes, la
lectura de algunos escritos en que se establecía que la falsa Reforma era
favorable al progreso de las naciones, todas estas causas reunidas me
inspiraron la idea de trabajar una obra en que se demostrase que ni el
individuo, ni la sociedad, nada le debían al Protestantismo, bajo el aspecto
religioso, bajo el político y literario.
665 Me propuse
examinar lo que sobre esto nos dice la historia, lo que nos enseña la
filosofía. No desconocía la inmensa amplitud de las cuestiones que trataba de
abordar, ni me lisonjeaba de poder dilucidarlas cual ellas demandan; emprendí,
no obstante, el camino con el aliento que inspiran el amor a la verdad y la
certeza de que se defiende su causa.
Al considerar el nacimiento del
Protestantismo, procuré levantar la mirada tan alto como me fue posible;
haciendo la debida justicia a los hombres, atribuí gran parte del daño a la
mísera condición de la humanidad, a la flaqueza de nuestro espíritu, a ese
legado de maldad y tinieblas, que nos trasmitió la caída del primer padre.
Lutero, Calvino, Zuinglio, desaparecieron a mi
vista: colocados en el inmenso cuadro de los acontecimientos, se presentaron a
mis ojos como figuras pequeñas, imperceptibles, cuya individualidad no merecía
ni de mucho la importancia que se les diera en otros tiempos. Leal en mis
convicciones y sincero en mis palabras, confesé con sencillez, bien que con
dolor, la existencia de algunos abusos que se tomaron por pretexto para romper
la unidad de la fe; reconocí que también les cabía una parte de culpa a los
hombres; pero observé que, cuanto más resaltaban su debilidad o su malicia,
tanto mas resplandecía la providencia de Aquel que prometió estar con su
Iglesia hasta la consumación de los siglos.
Echando mano del raciocinio y de la
irrefragable experiencia, probé que los dogmas fundamentales del Protestantismo
suponían poco conocimiento del espíritu del hombre, que eran un semillero
fecundo de error y de catástrofes.
En seguida, volviendo mi atención al
desarrollo de la civilización europea, establecí un incesante parangón entre el
Protestantismo y el Catolicismo; y creo poder asegurar que no me he aventurado
a una sola proposición de alguna trascendencia, que no la haya confirmado con
la prueba de los hechos históricos.
Me ha sido necesario recorrer todos los siglos
desde el establecimiento del cristianismo, y observar las diferentes fases que
en ellos había presentado la civilización; porque no me era posible de otro
modo vindicar cumplidamente a la religión católica.
El lector habrá podido observar que el
pensamiento dominante de la obra es el siguiente: "Antes
del Protestantismo, la civilización europea se había desarrollado tanto como
era posible; el Protestantismo torció el curso de esta civilización, v produjo
males de inmensa cuantía a las sociedades modernas; los adelantos que se han
hecho después del Protestantismo, no se han hecho por él, sino a pesar de
él".
He procurado consultar la historia, y he
tenido sumo cuidado en no falsearla: porque recuerdo muy bien aquellas palabras
del Sagrado Texto: ¿Acaso necesita Dios de vuestra mentira?
666 Ahí están los
monumentos a que me he referido, ahí están en todas las bibliotecas, prontos a
responder a quien los interrogue; leed y juzgad.
Ignoro si en la muchedumbre de cuestiones que
se me han ofrecido, y que me ha sido indispensable ventilar, habré resuelto
algunas de un modo poco conforme a los dogmas de la religión que me proponía
defender; ignoro si en algún pasaje de la obra habré asentado proposiciones
erróneas o me habré expresado en términos mal sonantes. Antes de darla a luz,
la he sometido a la censura de la autoridad eclesiástica; y sin vacilar me
hubiera prestado a su más ligera insinuación, enmendando, corrigiendo o
variando lo que me hubiese señalado como digno de variación, corrección o
enmienda.
Esto no obstante, sujeto toda la obra al
juicio de
[i] NOTA
34 Tal vez no se ha estudiado con la debida atención todo el
mérito de la organización industrial que se introdujo en Europa desde muy
antiguo, y que se anduvo generalizando desde el siglo XII en adelante; hablo de
los gremios y demás corporaciones que se habían formado bajo la influencia de
la religión católica, que estaban comunmente bajo la protección de algún santo,
que tenían fundaciones piadosas para celebrar sus fiestas o acudir a sus
necesidades.
Nuestro
insigne Capmany en sus Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de
la antigrua ciudad de Barcelona, ha publicado una colección de documentos
preciocísimos para la historia de las clases industriales y del desarrollo de
su influencia en el orden político. No serán muchas las obras extranjeras
publicadas en el último tercio del pasado siglo, ni aun en el presente, que
encierren tanto mérito como la de nuestro Capmany dada ya a luz desde 1779.
Hállase
en dicha obra un capítulo sumamente interesante sobre la institución de los
gremios, que traslado a continuación para confundir a aquellos que se imaginan
que hasta ahora
nada se había pensado en Europa que pudiera ser útil a las clases
industriales, que consideran neciamente como un medio de esclavitud y de
exclusivismo lo que lo era en realidad de fomento y de auxilios mutuos. Pacécenle
además que con las filosóficas reflexiones de Capmany no habrá quien no quede
convencido de que desde los más remotos siglos se conocían en Europa los
sistemas a propósito para alentar la industria, ponerla a cubierto de las
turbaciones de la época, conciliar estimación a las artes mecánicas y desarrollar
de una manera legítima y saludable el elemento popular.
No será
tampoco inútil ofrecer esta muestra a ciertos extranjeros que tanto se ocupan
de economía social y política, y que al hacer la historia de ella, se conoce
que no ha llegado a su noticia una obra tan importante para todo lo relativo
al movimiento del mediodía de Europa desde el siglo XI hasta el XVIII.
De
No se ha encontrado hasta ahora memoria alguna
que nos ilumine ni guíe para buscar la épica I fija de la institución de los gremios de
artesanos de Barcelona, pero según todas las conjeturas que nos suministran
los más antiguos documentos, es rnuy verosimil que la erección o formación politicas
de los de menestrales se efectuase en tiempo de Don Jaime I, en cuyo glorioso
reinado las artes se fomentaron, al paso que el comercio y la navegación se
animaban con las expediciones ultramarinas de las armas aragonesas. La
industria había crecido por la
mayor facilidad del
despacho, y la población hija del trabajo reproducía y aumentaba al
mismo trabajo.
La
necesidad formaría en Barcelona como en otras partes los cuerpos de oficios,
cuando se multiplicaron a tal punto las comodidades y fantasías de los hombres,
que los mismos artífices tuvieron que dividirse en comunidades para trabajar
con más seguridad y no ser el uno víctima del otro.
Y
porque el lujo y fantasías del hombre en sociedad, como también los objetos del
comercio, es fácil que reciban muchas alteraciones, así es que han tomado
nacimiento unos oficios y han desaparecido otros. En tal tiempo convino que un
arte se dividiese el, diferentes ramos, y en otro, fué necesario que varias de
ellas se refundiesen en una.
Todas
estas vicisitudes ha experimentado la industria gremial en Barcelona en el
transcurso de cinco siglos.
El
trabajo en hierro ha llegado a sostener muchas veces once y doce oficios
diversos, y por consiguiente, otras tantas clases de familias bien-estantes:
las que hoy están reducidas a ocho por haberse mudado ciertas modas y usos.
Según
la constitución general que reinaba entonces en la mayor parte de los países de
Europa, era necesario dar libertad y privilegios a un pueblo laborioso y mercantil que iba a ser desde
aquella época el recurso y apoyo de sus reyes, distribuyendo los ciudadanos en
diferentes órdenes. Pero esta demarcación no hubiera podido ser constante y
visible sino por medio de la división política de los cuerpos gremiales, que
clasifican a los hombres al paso que a las profesiones; división más necesaria
aun, en las grandes ciudades como Barcelona, que desde mediados del siglo XIII
empezó a gobernarse con una especie de independencia democratica.
Así
es que en Italia, primera región de occidente que restauró el nombre y las funciones
de pueblo, borradas antes por el Gobierno Gótico en los siglos de hierro, se
había conocido ya la industria distribuida en corporaciones que hicieron
sedentarias y honradas a las artes y oficios en aquellas ciudades libres, donde
el artesano se hacía senador y, el senador artesano en medio del flujo y
reflujo de las invasiones.
Las
guerras y facciones, males endémicos entonces de aquel delicioso país, no
pudieron a pesar de sus estragos destruir los oficios asociados, cuya
existencia política, desde que fueron sus individuos admitidos en el Gobierno,
formaba la base de la constitución de aquellos pueblos industriosos y
mercantiles.
Sobre
este sistema municipal y jurisprudencia consular, que siempre han necesitado el
comercio y la industria su compañera, se ordenaron, prosperaron y florecieron
los oficios en Barcelona, hasta formar de esta capital uno de los talleres más
célebres de las manufacturas de la baja edad, conservado hasta nuestros días
con igual reputación y con nuevos incrementos. Bajo el nombre y orden de
corporaciones y comunidades, se plantaron los oficios en Flandes, Francia e
Inglaterra, en cuyos países han subido las artes al último grado de su
perfección y esplendor.
Los
gremios en Barcelona, aun cuando no se hubiesen considerado como una
institución necesaria para arreglar la primitiva forma de su gobierno
municipal, debieran siempre ser reputados por un establecimiento
importantísimo, asi para la conservación de las artes, como para la estimación
de los mismos artesanos.
Primeramente los gremios, según lo ha
mostrado la experiencia de cinco siglos continuados, han hecho un bien
incomparable en Barcelona, sólo con conservar como en depósitos inmortales el
amor, tradición y memoria de las artes. Ellos han formado otros
tantos puntos de reunión, digámoslo así, bajo cuyas handeras se refugiaron
algunas veces las reliquias de la industria para repararse, rehacerse y
sostenerse hasta nuestros tiempos, a pesar de las pestes, guerras, facciones y
otras calamidades que agotan los hombres, trastornan los domicilios y alteran
las costumbres.
Si Barcelona, que ha padecido tantos de estos
azotes físicos y políticos, hubiese tenido sus artífices dispersos, sin
comunidad, interes ni relación entre sí, toda su inteligencia, economía y
actividad hubieran seguraniente desaparecido, como sucede a los castores
perseguidos del cazador, cuando llegan a desunirse.II
Por
un efecto benéfico de la seguridad que gozan las familias en sus oficios
demarcados, y del socorro o montepío que por institución del gremio disfrutan
sus individuos necesitados, quienes desunidos podrían precipitarse en su ruina,
se ha visto que en Barcelona semejantes establecimientos económicos contribuyen
directamente a mantener florecientes las artes, pues destierran del obrador la
miseria y del menestral la indigencia.
Sin
la policía gremial que circunscribe a cada oficio a más de tener los artesanos
muy aventurada su propiedad y su fortuna, los oficios hubieran tal vez perdido
su crédito y permanencia, pues entonces el falsificador, el chapucero y el
aventurero obscuro obtendrían la impunidad de engañar al público, convirtiendo
la libertad en fatal licencia.
Por
otra parte los gremios, siendo unos cuerpos poderosos, dirigidas cada cual por
unanimidad de inteligencia y comunidad de intereses, sabia institución de
aquellas comunidades hacían con ventaja y oportunidad los acopios de las
materias primeras, proveían a las necesidades de sus maestros, adelantaban y
fiaban a sus individuos que carecían de tiempo o de fondos para hacer tales anticipaciones
por su cuenta.
Además
los gremios, como cuerpos que comprendían y representaban la industria nacional,
siendo por lo mismo tan interesados en su propia conservación, dirigían en
otros tiempos sus memorias al Consejo Municipal o a las Cortes, sobre los
perjuicios que experimentaban o preveían muchas veces, ríe la introducción de
géneros falsificados o artefactos extranjeros, que pudiesen causar la ruina de
su industria.
Finalmente.
sin la institución de los gremios, no hubiera podido tener orden ni reglas
constantes la enseñanza, porque donde no hay maestros autorizados y radicados,
tampoco hay discípulos; y todas las leyes sin una potestad ejecutiva que las
haga observar serían vanas o despreciadas. Los gremios son tan necesarios para
la con-servación de las artes, que por medio de sus divisiones económicas y
fabriles dieron en otros tiempos origen y nombre a los diferentes oficios que
hoy conocemos en aquella capital.
Cuando
el herrero trabajaba en su obrador rejas, clavos, llaves, cuchillos, espadas,
etc., se ignoraban los nombres de los oficios de cerrajero, clavetero,
cuchillero, espadero, etc., y como no había enseñanza propia y peculiar de cada
uno de estos ramos de trabajo, cuya división ha formado otras tantas artes
sostenidas por su comunidad respectiva, no se conocían tales oficios.
El segundo bien
político que han producido los gremios en Barcelona, es la estimación y aprecio
que su constitución ha darlo en todos tiempos a los artesanos y a las mismas
artes.
La sabia
institución de aquellas comunidades ha hecho respetable la clase de
menestrales, constituyéndo a un orden visible y permanente en la república. Así
es que el pueblo barcelonés ha manifestado en todos tiempos señales, porte y
modo de vida propios de la conducta de un pueblo honrado; y no habiéndose jamás
podido confundir con ningún cuerpo exento y privilegiarlo (porque los gremios
circunscriben a sus individuos y los hacen conocer por lo que son y valen)
llegó a convencerse de que dentro de su esfera había honra y virtud propia, y
así ha procurado conservarlas. ¡Cuán cierto es que las distinciones de estados
en una nación influyen más de lo que se cree para conservar el espíritu de cada
uno de ellos!
Por otra
parte, los cuerpos gremiales forman unas comunidades regidas por su código
económico, y en ellas se cuentan ciertos empleos y honores a que todos los
individuos pueden aspirar. Y como hasta las preocupaciones de los hombres,
cuando se les da una inclinación, producen a veces admirables efectos, el
gobierno y administración de estos cuerpos, donde el artesano ha gozado
siempre la prerrogativa de dirigir la economía y los intereses
de su oficio y de sus miembros, con el título de cónsul o prohombre, comunicó a
las artes mecánicas de Barcelona una pública y general estimación. En tales
hombres la preeminencia de presidir una fiesta o una junta puede muy bien
dulcificar la dureza del trabajo corporal y la inferioridad de su condición.
1 Los oficios de
Barcelona, reducidos a gremios bien ordenados, al paso que domiciliaron y
conservaron las artes en aquella capital, comunicaron también como cuerpos
políticosde la clase más numerosa del pueblo toda su estirnación a sus
miembros. El artesano oscuro, sin matrícula ni comunidad, queda independiente ,
vaga: muere y con él perece también el arte; otras veces emigra y abandona el
oficio al primer revés de la fortuna. ¿Qué estimación pueden merecer en
cualquier país los oficios errantes y miseros?; la que tienen los amoladores y
caldereros en las provincias de España. En Barcelona todos los oficios han
gozado siempre de un mismo general aprecio, porque todos fueron escogidos y
arreglados bajo de un igual sistema que los ha hecho sedentarios, visibles y
bien-estantes.
2 De la estimación que
adquirieron en Barcelona los oficios, desde que por medio de la policía
grern¡al vinieron a ser cuerpos nacionales v otros tantos órganos de la
economía pública, se originó la loable y útil costumbre de perpetuarlos en las
familias.
Pues
como allí hubiese llegado el pueblo a conocer que dentro de su clase podía
conservar aquel aprecio y respeto debidos a los útiles y honrados ciudadanos,
jamás deseó salir de ella, ni se avergonzó de su destino. Cuando los oficios
son honrados, que es una consecuencia de la estabilidad y propicdad civil de las
corporaciones, naturalmente se hacen hereditarios, y el bien que resulta a los
artesanos y las artes de esta trasmisión de los oficios, es tan notoria y real,
que nos dispensa el trabajo de especificar y encarecer sus saludables efectos.
De esta demarcación y clasificación de los oficios ha provenido que muchas
artes fuesen
otras tantas propiedades seguras para los que tomaron aquella carrera.
De aqui,
pues, nació la propensión de los padres en trasmitir el oficio a sus hijos:
viniendo a formar por este medio una masa indestructible de industria
nacional que comunicaha honor al trabajo, pues establecía costumbres sólidas y
homogéneas, digámoslo así, en el pueblo artesano.
3 Pero
lo que más contribuyó en Barcelona a dar a los oficios mecánicos, no sólo el
aprecio que generalinente no han merecido en España, sino también el honor que
en ninguna república antigua ni moderna han llegado a gozar, fué la admisión de
los cuerpos gremiales a la matrícula de los cargos municipales de una ciudad
colmada de regalías y singulares prerrogativas de independencia, en tanta
manera, que la nobleza, aquella. nobleza gótica, llena de altos dominios,
aspiró a ser incorporada con los menestrales en el Ayuntamiento para los
empleos y supremos honores del gobierno político, que continuó en Barcelona por
más de quinientos años bajo de una forma y espíritu realmente democráticos III
4 Todos
los oficios mecánicos, sin distinción ni odiosidad, merecieron ser habilitados
para componer el Consejo consistorial de sus magistrados: todos tuvieron voz y
voto entré los PP. Conscriptos que representaban la ciudad acaso más
privilegiada del orbe; Una de las más nombradas por sus leyes, su poder y su
opulencia; una de las más respetadas que conoció la baja edad entre las
diferentes repúblicas y potentados de Europa, Asia y África .[i]
Este
sistema político y forma municipal de gobierno era semejante al que regía a las
principales ciudades de Iralia en la edad media, de donde tomó Cataluña muchos
usos y costumbres. En Génova, Pisa, Milán, Pavía, Florencia, Sena y otros
pueblos, cuyo gobierno municipal se componía de jefes del comercio y de las
artes, llamados Consulles, Consiliarii, etc. Priores dártium, se inventó esta
forma popular de gobierno electivo, distribuido en las diferentes clases de sus
ciudadanos, entre los cuales los artífices, que en los siglos XIII y XIV
florecían en sumo grado, componían la parte más considerable de la población, y
por tanto la más rica, poderosa e independiente.
Esta
libertad democrática, al paso que domicilió la industria en Italia, comunicó
singular honor a las profesiones mecánicas. El gran Concejo de aquellas
ciudades se convocaba a son de campana; y el pueblo artesano se dividía en
banderas o gonfalones de sus respectivos oficios. Tal fué la constitución política
de Barcelona desde mediados del siglo XIII hasta principios del presente.
En
vista de esto ¿será pues de admirar que las artes y los artesanos conserven aún
en nuestros días una estimación y aprecio constante que el amor a las
profesiones mecánicas se haya hecho como hereditario? ¿Que el decoro y buena
opinión de sí mismos hayan venido a ser tradicionarios hasta las últimas
generaciones, en las que ya no subsistan los motivos políticos que dieron el
primer impulso, han quedado transmitidas por la sucesión del ejemplo las
costumbres de sus padres?
Muchos
gremios conservan aún en las salas de sus juntas los retratos de aquellos
individuos que en tiempos pasados obtuvieron los supremos empleos de la
república. Esta loable práctica ¿puede dejar de haber grabado en la memoria de
los gremiales las ideas de honor y aprecio que fueron compatibles con el
destino de un menestral?
Seguramente la forma popular del gobierno
antiguo de los barceloneses daría desde los principios cierto impulso y la
inclinación general a las costumbres públicas; porque parece consiguiente que
donde todos los ciudadanos son iguales para la participación
de los honores, ninguno quiera ser inferior a otro en virtud y mérito, aun
cuando por otra parte lo sea en estado y fortuna.
De esta noble emulación, muy natural de
encenderse y propagarse en la concurrencia de todas las Órdenes del Estado,
dimanaron la decencia, el porte y la honradez de los artesanos barceloneses: lo
que ha continuado hasta estos tiempos con admiración universal dentro y fuera
de España.
A causa de
la negligencia de nuestros autores nacionales parecerá esta narración un
descubrimiento, porque hasta ahora las cosas de aquella ciudad y principado no
han merecido los ojos de
A
estos y otros principios puede atribuirse gran parte de la estimación de los artesanos,
por la obligación en que los han constituido siempre de un gran porte y
decencia sus oficios públicos, así del gremio como del gobierno municipal: y
además del ejemplo continuado de la casa de los maescros, que hasta ahora han
vivido en loable comunidad con sus discípulos, ha confirmado a los muchachos en
lo que es decoroso y puesto en orden, pues las costumbres que tienen tanto
poder corno las leyes se han de infundir desde la tierna edad.
Así
es que el desaseo jamás ha podido confundir a los menestrales con los mendigos,
cuyas costumbres licenciosas y holgazanas, como dice un ilustre escritor, es
tan fácil contraer cuando el traje del hombre honrado no se distingue del que
abriga la canalla.
Tampoco
se han conocido en la gente oficial trajes embarazos que tapando los harapos y
encubriendo la holgazanería, embargan los movimientos y agilidad del cuerpo y
convidan a una comoda ociosidad.
Tampoco
se ha conocido el uso de entrar en las tabernas, cuya concurrencia precisamente
encamina a la embriaguez, y al estrago de las costumbres.
Las
diversiones, tan necesarias al pueblo artesano para hacerle tolerable el
trabajo diario fueron siempre recreos inocentes para descansar de sus fatigas,
o para variarlas.
Los
juegos antes permitidos eran la sortija, los bolos, pelota, bochas, el tiro al
blanco, la esgrima y el baile público autorizado y vigilado por la policía, que
de tiempo inmemorial ha sido general diversión de los pueblos de Cataluña en
ciertas temporadas y días festivos del año.
La
materia de plata, acero, hierro, cobre, madera, lana, etc., en que se ejercite
un menestral, nunca ha desconceptuado en Barcelona a los artesanos, pues hemos
visto que todos los oficios tenían igual capacidad para los empleos municipales
de la república, sin excluir los mismos carniceros.
Los
antiguos barceloneses no cayeron en el error político de suscitar preferencias
que pudiesen causar odiosidades entre los oficios.
Consideraron
aquellos vecinos que todos eran igualmente apreciables en sí mismos, pues que
todos concurrían a fomentar y sostener la prosperidad de una capital opulenta y
poderosa por la industria del artífice y del comerciante.
En efecto, en ella jamás ha reinado la idea
común de vileza o infamia contra ninguna profesión mecánica: vulgaridad
perjudicial que en las provincias de España ha hecho una irreparable brecha al
progreso de las artes. Tampoco se conocía el error de poner exclusión en la
entrada de ciertos gremios a los que hubiesen profesado otros oficios: puesto
que allí todos han tenido después igual estimación. En una palabra, en
Barcelona, igualmente que en todos los demás pueblos de Cataluña, nunca han
tenido entrada estos ni otros errores comunes que pudiesen retraer las gentes
honradas de la aplicación a las artes, o a los hijos de continuar en que
ejercieron sus padres IIII
I En prueba de
cuán difícil sea apurar el origen de los gremios, aun en las ciudades de una
policía más antigua y mejor ordenada: Sandi en su historia Civil de Venecia
(tomo II parte I, libro IV pag 767). IV, Pág. 767), que había visto todos los Archivos de
IIComo aquí se repiten
muchos pensamientos frecuentísimos en un escrito publicado en 1718 en la
imprenta de Sancha, con el titulo de Discurso
Económico Politico en defensa del trabajo mecánico de los menestrales, por
don Ramon Miguel Palacio el autor de estas Memorias, temiendo la nota del
plagiario grosero advierte que debiendo tocar la misma materia en este lugar no
podía dejar de adoptar mucha parte de las ideas de aquel escrito, en cuya
publicación tuvo entonces por conveniente ocultar su verdadero nombre.
IIIVéase en el APÉNDICE DE NOTAS el núm. XVXIII y XXX: y se vendrá en conocimiento de la alta consideración y poder
que gozaba en en otros tiempos la ciudad de Barcelona por medio de los
Magistrados Municipales que la representaba,. bajo el nombre vulgar de
Concelleres o Conciliarios.
IIII En
[ii] NOTA 35 He hablado en el texto de los muchos concilios que en
otras épocas se celebraron en
"En los primeros siglos del cristianismo era
mucho más fácil juntar los concilios, porque
"Mas en los tiempos modernos, después que el
mundo culto se ve como dividido, por decirlo así, en tantas soberanías, y que
además se ha engrandecido inmensamente por nuestros intrépidos navegantes, un
concilio Ecuménico ha venido a ser una quimera [ii];
pues sólo para convocar a todos los obispos y hacer constar legalmente esta
convocación, apenas bastarían cinco o seis años”.
[iii] NOTA 36 Ruego a mis
lectores que para convencerse de la verdad y exactitud de cuanto afirmo en el
lugar a que me refiero, lean la historia de las herejías que han afligido
[iv] NOTA 37 Tanta verdad es que fué muy dañoso a la
libertad de los pueblos el quitar del juego de la máquina política la
influencia del clero, que es digno de observarse que buena parte de los teólogos
propendían a doctrinas bastante latas en materias políticas, y que fueron los
eclesiásticos los que con más libertad hablaron a los reyes, aun después que
los pueblos habían ya perdido casi del todo la intervención en los negocios
públicos. Véase cuáles eran las
opiniones de Santo Tomás sobre las formas de gobierno.
Quest. 15.
1ª 2ª
De ratione judicialum praeceptorum, art. 1,
Respondeo dicendum,
quod circa bonum ordinationem
principum in aliqua civitate, vel gente, duo sunt attendenda, quorum unum est, tit omnes
aliquam pattern habeant in principatu; per hoc
enim conservatur pax populi et omnes talem ordinationem amant et custodiunt, tit dicitur
in II Polit.
cap. 1;
aliud est quod attenditur secundum speciem regiminis
vel ordinationis principatuum, cujus cum sint diversae species,
ut Philosophus tradit in
III Polit, cap. V, praecipue
tamen unum regimen est, in quo unus principatur secundum virtutem: et aristocratia, id est, potestas optimorum in
qua aliqui pauci principantur secundumi virtutem.
Unde
optima ordinatio principum est in aliqua civitate vel regno, in quo unus
praeficitur secundum virtutemi qui omnibus praesit et sub ipso sunt aliqui
principantes secundum virtutem, et tamen talis principatur ad omnes pertinet,
tum quia ex omnibus eligi possunt, turn quia etiam ab omnibus eliguntur.
Talis vero est omnis politia bene commixta ex regno in quantum unus praest, et
aristocratia in quantum multi principantur secundum virtutem, et ex democratia,
id est, potestatc populi in quantum ex popularibus possunt eligi principes,
et ad populum pertinet clectio principum, et hoc fuit institutum secundum legem
divinam.
Divus Thomas. 1ª 2ª Q.
90, Art. 4
Et sic ex quatuor praedicitis potest colligi definitio legis,
qum niihl est aliud quam quaedam rationis
ordinatio ad bonum commune
ab eo qui curam communitatis habet
promulgata. Q. 95, art. 4.
Tertio
est de ratione legis humanae ut instituatur
a gubernante communitatem
civitatis: sicut supra dictum est. (Quaest. XC, art. 3).
Et secundum hoc distinguuntur leges humanae secundum diversa regimina civitatum, quorum
unum, secundum Philosophum in
III Polit. cap.
XI, est regnum, quando scilicet civitas gubernatur ab
uno, et secundum hoc accipiuntur constitutiones principum; aliad vero regimen
est aristocratic, id est,
principatus optimorum vel optimatum, et secundum hoc sumuntur responsa
prudentum et etiam senatusconsulta.
Aliad
regimen est oligarchia, id est, principatus paucorum divitum
et potentum et secundum hoc sumitur ivis praetorium, quod etiam honorarium dicitur.
Aliud autem regimen est populi, quod nominatur democratia: et secundum
hoc sumuntur plebiscita.
Aliad autem est tyrannicum quod est omnino corruptum, unde ex
hoc non sumitur aliqua ley. Est etiam et aliquod
regimen ex istis commixtum, quod est optimum et secundum hoc sumitur lex quam
majores natu simul cum plebibus sanxerum, ut Isidorus licit lib. S.
(Etim. C. Cap. X).
Si se atiende
a lo que dicen ciertos declamadores, parece es un
descubrimiento muy reciente, el principio de que
conviene que gobierne la
ley, y no la voluntad del hombre; véase no obstante
con qué solidez y claridad
expone esta doctrina el Angélico Doctor. (1ª. 2ª,
Q. 9S, art. 1).
Utrum fuerit titile aliquas
leges poni ab hominibus.
Ad 2m dicendum, quod sicut Philosophus dicir,
1. Rhetor., melius est omnia ordinari lege, quant dimittere judicum
arbitrio, et hoc propter tria.
Primo quidem, quia facilus est invenire paucus sapientes, qui sufficiant ad
rectas leges ponendas, quam multos, qui requirerentur ad recte judicandum de
singulis.
Secundo, quia illi
qui leges ponum, ex multo tempore considerant quid lege
ferendum sit: sed
judicia de singularibus factis fiunt ex casibus cubito
exortis. Facilius autem ex multis consideratis potest homo videre
quid rectum sit, quarn solum ex aliquo uno facto.
Tertio, quia legislatores
judicant in universali, et de futuris: sed homines judiciis
praesidentes judicant de praesentibus; ad quae afficientur amore vel odio, cut
aliqua cupiditate: et sic eorum depravatur judicium. Quia ergo
justitia animata judicis non invenitur in multis, et quia flexibilis
est: ideo
necessarium fuit, in quibuscumque est possibile, legem determinare
quid judicandum sit, et paucissima arbitrio hominum
committere.
Los
procuradores de las Cortes no se atrevían en España a levantar la voz contra
las demasías del poder. mereciendo con su debilidad las severas reconvenciones
del P. Mariana.
En el
interrogatorio que se le hizo con motivo de la célebre causa formada contra él
por los siete Tratados, confesó
haber llamado a los procuradores a Cortes hombres viles, livianos y
venales, que
no cuidaban sino de la gracia del príncipe y de sus particulares
intereses. sin entender al bien público; y añadió que ésta era la voz y queja
pública al menos en Toledo, donde él residía.
Pasaré por
alto su obra titulada De Regis et Regis
institutione, por haber hablado de
ella en otro escrito. Ciñéndome a su Historia de España haré notar la
libertad con que se expresaba sobre los puntos más delicados sin que el
gobierno civil ni la autoridad eclesiástica se opusieran a ello.
En el Lib.
1,
cap. 4. hablando de los aragoneses, con aquel tono
grave y severo que le distingue. dice: "Tienen los de Aragón y usan de leyes y
fueros muy diferentes de los demás
pueblos de España los más a propósito de conservar la libertad contra
el demasiado poder de los Reyes, para que con la lozanía no degenere y se mude
en tiranía; por tener entendido como es la verdad, que de pequeños principios
se suele perder el derecho de libertad".
Cabalmente
en aquella misma época hablaban con la mayor libertad los eclesiásticos aun
sobre la materia más delicada. que es la de contribuciones. El venerable
Palafox en su Memorial al Rey por la inmunidad eclesiástica decía:
"Cuando
el Hijo de Dios definió con sus mismos labios según el sentimiento de San
Agustín y el grande Abulense y otros graves Autores que los hijos de Dios que
son los Ministros de
Y respondió San Pedro: ab alienis.
Y el Señor
concluyó, y definió: ergo liberi sunt filii. Puede, Señor, hacerse
discreto reparo, que no dijo su Divina Majestad: Reges gentium a quibus
capiunt tributum; sino a quibus accipitunt tributum, manifestando
en la palabra accipunt la suavidad y dulzura que conviene que se conserve
al tributar los reinos, para que se temple y adulce la amargura y dolor que va
envuelta en los mismos tributos.
"46. Porque no hay duda que es utilísimo para que
dure el público estado que primero lo den los súbditos para que luego lo
reciban los Príncipes. Conviene
que lo gasten y admitan los reyes pues consiste en esto la conservación de las
coronas; pero habiéndolo primero voluntariamente ofrecido sus mismos vasallos.
Y de este lugar. y de los labios del Eterno Verbo. la corona católica, en todo
piísima es sin duda que recibió esta santa Doctrina, no permitiendo V. M. ni
sus Serenísimos Antecesores que se cargue tributo que no sea consentido,
ofrecido y votado por sus mismos reinos, siendo mayor, sin comparación,
limitar y templar que fuera al ejecutar todo su real poderío.
"47. Pues. Señor, si los seglares, que no tienen
exención alguna en materia de tributos, gozan la que les concede la benignidad
y piedad de V. M: y sus reyes Catolicísimos, y no pagan si primero no dan y no
se cobra de ellos, si primero no ofrecen, ¿posible es que ha de permitir la
religión y piedad esclarecida de V. M. ni el grande celo de su Concejo. que
los eclesiásticos, hijos y Ministros de Dios los privilegiados y exentos
por todo derecho Divino y Humano en todas las naciones del mundo, y aun entre
los mismos gentiles, sean de peor condición, que no los extraños, los cuales no
son como estos Ministros de
Y en su Historia
real Sagrada hablaba contra la tiranía con un tono el más severo.
"12. Éste es el derecho (dice) que esse Rey que queréis ha de guardaros. Éste que llama derecho es
ironía, como quien dice: Había de gobernar este rey que pedís con derecho: y
para eso lo pedís, pues os quejáis que mi Tribunal no os gobierna con derecho;
y el derecho que guardará ese rey, es no guardar derecho alguno, y vendrá a
ser su derecho una respetada tiranía. Bárbaro es el político, e indigno de ser
tenido por racional, que de este lugar quiere dar éste a los reyes por derecho,
el poder que Dios manifiesta al pueblo por castigo. Aquí no habla el Señor
definiendo lo mejor, no habla dando, no habla calificando; sino sólo refiriendo
lo que había de suceder, y aquello que había de suceder, reprobando. ¿Quién en
la misma justicia funda el origen de la misma tiranía? Dice Dios que el que
ellos desean rey será tirano, no tirano aprobado del Señor, sino reprobado, y
castigado; y esto lo manifestó bien el suceso, pues hubo reyes malos en Israel,
en quien se cumplió la profecía y Santos en quien se logró su misericordia. Los
malos cumplieron a la letra la amenaza, haciendo lo prohibido; los buenos
tomaron para la dignidad lo conveniente, y justo, dentro de lo permitido".
El padre
Márquez en su Gobernador Cristiano examina también extensamente la misma
cuestión, y no tiene reparo en manifestar sus opiniones, así por lo tocante a
la teoría como a la práctica.
Cap. 16, 53
"Hasta aquí son palabras de Filón, que escribió
con ocasión de este acaecimiento; y porque me dan motivo para discurrir sobre
la obligación que tienen en esta parte los reyes cristianos he querido referir
tan a la larga. No llegaré yo a pedirles, que hagan otro tanto como Moysés;
porque no tienen las ayudas de costa que él tuvo para aliviar a sus reynos, ni
la vara que Dios le dió para sacar agua de la piedra en tiempo de necesidad.
Pero advertirles he, que miren mucho en los nuevos servicios que piden a sus
vasallos, y en las nuevas cargas que les imponen: y se den por obligados a
justificar primero la causa con toda verdad, y sin colores pretendidos, trayendo
siempre ante sus ojos, que viven en la presencia de Dios, que les está mirando
a las manos, y ha de pedir cuenta estrecha de lo que hicieren. Porque (como
decía Nazianceno) el Hijo de Dios nació de industria en tiempo de
proscripciones y tributos, para avergonzar a los reyes, que los impusieren por
antojos; y darles a entender que le han de hallar a vuelta de cabeza,
examinando hasta el más olvidado maravedí, y de que menos caso hubiéramos
hecho.
"Con que se reprueba la falsa persuasión
de algunos aduladores, que por ganar gracias de sus Príncipes, les dicen que
lo pueden todo, que son se-ñores de las haciendas, y personas de sus vasallos,
y pueden servirse de ellos en cuanto les estuviere a cuenta: y para probar este
presupuesto, suelen valerse (como ya he visto) de la historia de Samuel, que
pidiéndole rey el pueblo de Dios, le respondió de su parte, que si le quería le
había de recibir con terribles condiciones; porque les quitaría los campos,
viñas y oliva-res para dar a sus criados: se serviría de sus hijas como de
esclavas, ocupándolas en que le amasasen el pan de su mesa, e hiciesen olores
y conservas para su regalo, sin reparar en que, según dice Juan Bodino, es
interpretación de Philipo Melaneton, causa bastante para tenerla por
sospechosa, ni en que, como dijo San Gregorio, y después de él han advertido
los Doctores, allí no se estableció el justo derecho de los reyes, antes se
avisó de la tiranía de muchos; ni se dijo lo que los buenos príncipes podrían
hacer, si-no lo que acostumbrarían los malos.
Pues por haber tomado el Rey Acab la viña de
Naboth, se enojó Dios contra él, y lo pagó de la manera que sabemos; y el rey
David, su escogido, pidiendo sitio para edificar el altar al Jebuseo, nunca lo
quiso de otra forma, que pagando lo que valía.
"Por lo cual, deben los Príncipes
examinar con grande atención la justicia de las nuevas contribuciones; porque
cesando ésta, como los Doctores resuelven, sería robo manifiesto gravar en
poco, o en mucho, a los vasallos.
Tan cierta, y tan católica es esta verdad, que
aun los tributos necesarios afirman hombres de buenas letras, que no los podría
imponer de nuevo el Príncipe sin consentimiento del reino. Porque dicen que no
siendo (como no lo es) señor de las haciendas, tampoco podrá servirse de ellas
sin la voluntad de los que se las han de dar. Y en esta costumbre están de
grande tiempo acá los reinos de Castilla, en que por leyes reales no se reparte
nuevo servicio, sin que primero vengan en él las Cortes; y aun después de la
resolución de éstas, se vuelve a votar en las ciudades; y hasta que venga la
mayor parte de ellas, no piensa el Príncipe que ha obtenido en la pretensión.
En la de Inglaterra hizo la misma ley Eduardo I, como afirman graves autores: y
en el de Francia escribe Philipo de Comines, que antiguamente se hacía otro
tanto, hasta que el rey Carlos VII, apretado de una gran necesidad, hizo de
hecho, y mandó repartir cierta talla, sin esperar la voluntad de las Cortes:
con que causó una llaga muy dañosa en su reino, y de que mucho tiempo correrá
sangre.
Y hay quien ponga en cabeza de este autor, que
entonces se dijo públicamente, que había salido el rey de la tutela del reino:
pero que a él le pa-rece, que sin su consentimiento no pueden los reyes
cargarles un solo maravedí; y que los que hacen lo contrario, incurren en una
excomunión Papal, que debe de ser la de la bula In Coena Domini: pero esto yo
no lo he podido hallar en él……………………………………………………
Y
considerando esto segundo, no recibe duda que no podrá el Príncipe por sola su
autoridad imponer el nuevo servicio contra la voluntad del reino, que por
cualquiera de las razones alegadas hubiere adquirido derecho contra él, como
tengo por cierto del de Castilla. Porque nadie niega que pueden los reinos
elegir a los Príncipes con esa condición desde el principio, o hacerles tales
servicios, que en su recompensa se les prometa no les repartir nuevas cargas
sin su consentimiento; y lo uno y lo otro será visto pasar en fuerza de
contrato, a que no pueden dejar de quedar obligados los reyes, sin que para
esto sea de consideración (como algunos pretenden) haber entrado en el reino
por elección de los vasallos, o por sola fuerza de armas. Porque aunque es más
verosímil que el estado que se da de su voluntad, sacará más privilegios, y
mejores condiciones, que el que adquiere por justa guerra, todavía no se-ría
imposible que un reino eligiese Rey, trasladando en él todo su poder
absolutamente, y sin este resguardo, por obligarle y aficionarle más; ni que el
Rey que sujetó otro con las armas en la mano, le quiera conceder de su voluntad
esta franqueza, por conservarle más grato, y en obediencia más dulce.
Será, pues,
la regla cierta de este derecho privado, el contrato que virtual o expresamente
interviniere entre el Estado y el Príncipe, que debe ser inviolable,
mayormente si se juró".
El Gobernador Cristiano, Libro 2, Capítulo 39,
§ 2
"Y que pueden mandar los Príncipes, que los
vasallos den a menor precio, y aun de balde parte de sus bienes, se suele
fundar en una ley que dice, que llevando una nave muchas mercaderías, y
levantándose una gran tempestad, que obligó a echar unas al agua, los dueños
de la hacienda que quedó salva, tienen obligación de dar prorrata a los que
hicieron la pérdida hasta recompensarles lo que perdieron. De donde Bartulo y
otros han colegido, que en tiempo de necesidad y carestía puede el Príncipe
mandar, que los súbditos den aún de balde, y mucho mejor a menos precio parte
de su hacienda a los que la han menester: y dicen, que no hay duda en que
podría el Príncipe hacer bienes comunes, como lo eran antes del derecho de las
gentes, y consiguientemente quitarlos a uno para darlos a otros de los vasallos.
"Y es cierto que en los derechos de los
reyes de Israel se dice, que el rey que Dios eligiese, quitaría las viñas y
heredades de los súbitos, para hacer merced de ellas a sus criados. Pero de
este texto no se valen los Docto-res; porque, como dijimos en el capítulo XVI
del libro primero, no se habla en él de los derechos de los buenos reyes, sino
de las tiranías de los malos.
Pero si se mira bien
"Y así por solo este lugar, cuando no
hubiera otro en favor de esta doctrina, yo soy de parecer que los reyes no
pueden mandar a sus súbditos que den su hacienda por menos de lo que vale, ni
con color del bien público; porque si éste pudiera valer, no les fuera
dificultoso a los de Israel excusar con él sus tiranías, y decir que era bien
público premiar a los criados, que les servían con fidelidad en tan gran
beneficio de su reino. Y lo que más es, también el rey Acab pudiera decir que
era bien público las recreaciones del Príncipe, en cuya salud se interesan
tanto los pueblos, y tomar con ese color la viña de Nahoth para juntarla con
sus jardines. Y vemos que no le valió éste, ni aun para obligarle a que se la
vendiese, ni el mismo rey se tuvo por agraviado de la repulsa, aunque la
sentía, ni se moviera a tomar la viña si la impía Jezabel no le proveyera de
medios para ocuparla.
"Y la razón que hace por esta parte es
clarísima; porque los reyes son ministros de justicia, y el origen de sus
elecciones fué la necesidad que tienen los pueblos de que se la administren, y
guarden; y como enseña Santo Tomás, no puede ser justo el contrato de compra y
venta, si el precio no es igual en valor a la cosa comprada: bien que el bien
público se ha de preferir al particular; y que si ocurriese una ocasión en que
la república se hubiese de disolver, si un ciudadano no diese su hacienda, se
la podría mandar tomar el Príncipe a menos precio, y aun de balde, como le
puede obligar a que aventure la vida, que es más, defendiendo la causa comun en
justa guerra.
"Pero este caso (como dice el P. Molina)
es imposible, respecto de que siempre podría el Príncipe recompensar el daño
particular, repartiendo el valor en un tributo a todo el cuerpo, que sería
justo, y tendría obligación la república de aceptarle. Y para que se vea con
toda claridad, imaginemos el caso más apretado que puede fingirse, y demos que
un tirano tiene cercado a un Rey en su corte, y está a pique de entrada a fuego
y sangre, y se mueve a levantar el cerco, y retirarse, porque le den una estatua
de oro de gran peso y hechura, que fué de sus antecesores, y se la tomó en un
saco un vasallo del Rey que padece el cerco, siendo su Capitán General, y la
tiene vinculada en el mayorazgo de su casa. O para apretarlo más, su-pongamos
que este tirano tiene en su servicio del ley cercado un deudo a quien quiere
mucho, y se contenta con que quiten el estado a un señor del reino, que tiene
muchos y varios lugares, y hagan a su deudo señor de él.
"Nadie pondrá en duda, que por redimir
las vidas de todos, se podrá venir en el concierto, y que podrá en este caso el
Príncipe hacer lo que se le pide, y quitar la estatua, y aun toda su hacienda a
aquel señor, y dársela al pariente del tirano. Pero nadie dirá, que debería el
señor despojado hacer toda la pérdida de su hacienda; porque quedaría la
república con obligación de restituirle el daño, cargando sobre sí, por vía de
:tributo, el valor de la recompensa, y repartiendo sola su rata al señor, a
quien se había de restituir. Y la razón es, porque es contra justicia natural
que las cargas de todo el cuerpo las lleve sobre sí un miembro solo, que es el
caso de la ley que se trae por la parte contraria. Porque hablen do sucedido el
naufragio, todas las mercaderías que iban en la nave, tenían sobre sí usa carga
real de ir al agua, para aliviar el peso, y red las haciendas y vidas de todos;
y sien do la carga común, no era justo la pagasen todos los dueños de las mer
caderías, que estuvieran más a mano o cargaban más el navío; sino todos
generalmente, aun los que no llevaban cosas onerosas, sino joyas, y diamantes;
porque tampoco éstos, ni aun la misma nave se pudiera conservar, si no la
aliviaran del peso de las otras.
"Y así dice la ley que al señor de la
nave le toca también la obligación de pagar su rata, no porque la había de
socorrer a los dueños de las mercaderías perdidas por verlos en necesidad, que
se puede creer que eran hombres ricos: y aunque la que de presente padecieran,
fuera extrema, quedaran obligados a restituir después lo que se les prestara
por entonces; porque, como resuelven los Doctores, no hay obligación de hacer
donación al rico que padece extrema necesidad, pudiéndosele socorrer
bastantemente por el medio del empréstito, sino porque siendo todos interesados
en salvar la vida y hacienda; el riesgo de la yactura, y la pérdida de lo que
fué al agua, ha de correr por cuenta de todos, y no de solos los dueños de lo
que se hundió. Y que ésta sea la legítima interpretación, se echará de ver en
el sumario de aquel título, y en las palabras de la misma ley, que dicen: Eo
quod id tributum servatae merces deberent.
"Pero fuera de este caso, u otro de igual
apretura, no se habiendo de disolver la república, porque esta casa dejara de
salir de poder de este señor, y pasar al del otro, no podría el Príncipe obligar
al dueño de ella a darla por menos de su justo valor, y mucho menos de balde;
porque estando en pie las mismas personas y bienes de un reino, al cuerpo
colectivamente no le importa que éstos sean los ricos y aquéllos los pobres, ni
al revés, respecto de que nadie tiene grado fijo en su comunidad de que no
pueda subir ni bajar. Y esta variedad que cada hora acaece entre los miembros
pasando los bienes de unas manos a otras con pérdidas de éstos, y ganancia de
aquéllos, es inseparable de las repúblicas, por la poca constancia de todo lo
temporal, sin que por eso el bien público pierda, ni gane".
[v] NOTA 38 Creen
algunos al hablar de la muerte de la libertad en España, que es fácil reducir
la cuestión a un solo punto de vista: como si el reino hubiese tenido siempre
la unidad que no alcanzó hasta el siglo XVII, y aun entonces de un modo
muy incompleto. Basta leer la historia, y muy particularmente los códigos de
las diferentes provincias de que se formó la monarquía, para convencerse de que
el poder central se anduvo creando y robusteciendo con mucha lentitud, y que
cuando la obra estaba ya casi consumada en Castilla, restaba todavía mucho que
hacer por lo tocante a Aragón y Cataluña.
Nuestras
constituciones, nuestros usos y costumbres en el siglo XVII son evidente prueba
de que la monarquía de Felipe II, tal como la concebimos robusta e
irresistible, no se había planteado todavía en la corona de Aragón. Me
abstendré de aducir documentos, y ele recordar hechos que todo el mundo conoce,
por no aumentar sin necesidad el volumen de este tomo.
[vi] NOTA 39 Conocida es la inmortal obra del conde de Maistre sobre
el poder de los papas, y cuán victoriosamente deshizo las calumnias de los
enemigos de
"Es una cosa en extremo notable,
pero nunca, o muy pocas veces notada, que los papas jamás se han servido del
inmenso poder que disfrutaban, para engrandecer sus estados. ¿Qué cosa más
natural, por ejemplo, ni de más tentación para la naturaleza humana, que
reservarse alguna de las provincias conquistadas a los sarracenos, y que los
papas concedían al primer ocupante para rechazar
Sin embargo, jamás lo hicieron, ni
aun respecto de las tierras que les eran vecinas, como el reino de las Dos
Sicilia sobre el cual tenían derechos incontestables, a lo menos según las
ideas de aquel tiempo, y por el cual se contentaron con un vano dominio
eminente, reducido bien pronto a la famosa Hacanea, que el mal gusto del siglo
les disputa todavía.
"En hora buena hayan podido los
papas hacer valer en aquel tiempo este dominio eminente, o feudalidad universal
que una opinión igualmente universal no les disputa. Hayan podido exigir
homenajes, imponer contribuciones, aun arbitrariamente si se quiere: no tenemos
interés en examinar aquí estos puntos.
Pero siempre será cierto que los papas nunca han
buscado, ni se han aprovechado de la ocasión para aumentar sus estados a
expensas de la justicia: cuando ninguna otra soberanía temporal siguió este
buen ejemplo, y que aún hoy mismo con toda nuestra filosofía, nuestra
civilización y nuestros bellos libros, no habrá acaso en Europa una potencia en
estado de justificar sus posesiones delante de Dios y de la razón".
(Lib. 2, Cap. 1)
[vii] "Aug. Quid ipsi homines et populi, ejusne generis
rerum sunt, ut interire mutarive non possint xternique omnino sint? - Evodius.
Mutabile plane atque tempori obnoxium hoc genus esse quis dubitet? -Aug. Ergo
si populus sit bene moderatus et gravis, communisque utilitatis diligentissimus
custos, in quo unusquisque minoris rein privatam quam publicara pendat, nonne
recte lex fertur, qua huic ipsi populo liceat creare sibi magistratus, per quos
sua res, id est, publica administretur? - Ev. Recte prorsus. - Aug. Porro si
paulatim depravatus idem populus rem privatam reppública; pra'ferat, atque
habeat venale suffragium, corruptusque ab eis qui honores amant, regimen in se
flagitiosis consceleratisque committat; nonne itera recte, si quis tunc
extiterit vir bonus, qui plurimum possit, adimat huic populo potestatem dandi
honores, et in paucorum bonorum, vel etiam unius redigat arbitrium? - Ev. Et id
recte. - Aug. Cura ergo dux ista' leges ita sibi videantur esse contraria:, ut
una earum honorum dandorum populo tribuat potestatem, auferat altera, et cura
ista secunda ita lata sit, ut nullo modo araba' in una civitate simul esse
possint, num dicimus aliquam earum injustam esse et ferri minime debuisse? -
Ev. Nullo modo."
[viii] NOTA 40 He aquí algunos pasajes
notables de San Anselmo, en que manifiesta los motivos que le inducían a
escribir y el método a que pensaba acomodarse.
Praefatio beati Anselmi Episcopi Cantuariensis in
Monologium.
Quidam
fratres saepe me studioseque precati sunt, ut quadam de illis, quae de
meditanda divinitatis essentia, et quibusdam aliis hujus meditationi
cohaerentibus, usitato sermone colloquendo proturelam, sub quodam eis meditationis
exemplo describerem. Cujus scilicet scribendae meditationis magis secundum
suam voluntatem quam secundum rei facilitatem aut meam possibilitatem hanc
mihi formam praestiterunt: quatenus auctoritate Scripturae penitus nihil in ea
persuaderetur. Sed quidquid per singulas investigationes finis assereret, id
ita esse plano stilo et vulgaribus argumentis simplicique disputatione, et
rationis necessitas breviter cogeret, et veritatis claritas patenter
ostenderet. Voluerunt etiam ut nec simplicibus peneque fatuis objectionibus
mihi occurrentibus obviare contemnerem, quod quidem diu tentare recusavi,
atque mecum re ipsa comparans, multis me rationibus excusare tentavi.
Quanto enim
id quod petebant, usu sibi optabant facilius, tanto mihi illud acta injugebant
dificilius. Tandem tamen victus, tum precum modesta importunitate, tum studii
eorum non contemnenda honestate, invitus quidem propter rei difficultatem, et
ingenii mei imbecillitatem, quod precabantur incoepi, sed libenter propter
eorum caritatem, quantum potui secundum ipsorum definitionem effeci. Ad quod
cum ea spe sim adductus, ut quidquid facerem illis solis a quibus exigebatur,
esset notum, et paulo post idipsum, ut vilem rem fastidientibus, contemptu
esset obruendum, scio enim me in eo non tam precantibus satisfacere potuisse,
quam precibus me prosequentibus finem posuisse. Nescio tamen quomodo sic praeter
spem evenit, ut non solum praedicti fratres sed et plures alii scripturam
ipsam, quisque eam sibi transcribendo in longum memoriae commendare
satagerent, quam ego saepe tractans nihil potui invenire me in ea dixisse, quod
non catholicorum patrum, et maxime beati Augustini scriptis cohaereat.
IDEM. Quod
hoc licet inexplicabile sit, tamen credendum sit. Cap. 62.
Videtur
mihi hujus tam sublimis rei secretum transcendere omnem intellectus aciem
humani: et idcirco conatum explicandi qualiter hoc sit, continendum puto.
Sufficere namque debere existimo rem incomprehensibilem indaganti, si ad hoc
ratiocinando pervenerit, ut eam certissime esse cognoscat, etiamsi penetrare
nequeat intellectu quomodo ita sit, nec idcirco minus his adhibendam fidei
certitudinem, quae probationibus necessariis nulla alia repugnante ratione
asseruntur, si suae naturalis altitudinis incomprehensibilitate explicari non
patiantur. Quid autem tam incomprehensibile, quam id quod supra omnia est?
Quapropter si ea quae de sua essentia hactenus disputata sunt necessariis
rationibus sunt asserta, quamvis sic intellectu penetrari non possint ut quae
verbis valeant explicari: nullatenus tamen certitudinis eorum nutat soliditas.
Nam si superior consideratio rationabiliter comprehendit incomprehensibile
esse, quomodo eadem summa sapientia sciat quae fecit de quibus tam multa non
scire necesse est; quis explicet quomodo sciat, aut dicat seipsam, de qua aut
nihil, aut vix aliquid homini scire possibile est?
Incipit
prooemium in Prosoloquium librum Anselrni Abbatis Beccensis, et Archiepiscopi
Cantuariensis.
Postquam
opusculum quoddam velut exemplum meditandi de ratione fidei, cogentibus me
precibus quorumdam fratrum in persona alicujus tacite secum ratiocinando quae
nesciat investigantis edidi, considerans illud esse multorum concatenatione
contextum argumentorum, coepi mecum quaerere: si forte posset inveniri unum
argumentum, quod nullo alio ad se probandum, quam se solo indigeret, et solum
ad astruendum quia Deus vere est; et qui est summum bonum nullo alio indigens
et quo omnia indigent ut sint et bene sint, et quaecumque credimus de divina
substantia sufficeret. Ad quod cum saepe studioseque cogitationes converterem,
atque aliquando mihi videretur jam capi posse quod quaerebam, aliquando mentis
aciem omnino fugeret: tandem desperans volui cessare, velut ab inquisitione
rei quam inveniri esset impossibile. Sed cum illam cogitationem, ne mentem meam
frustra occupando ah aliis in quibus proficere possem impediret, penitus a me
vellem excludere, tunc magis ac magis nolenti et defendenti, se coepit, cum
importunitate quadam ingerere. Quadam igitur die cum vehementer ejus
importunitati resistendo fatigarer, in ipso cogitationem conflictu sic se
obtulit quod desperabam ut studiose cogitationem amplecterer, quam sollicitus
repellebam.Aestimans igitur quod me gaudebam invenisse, si scriptum esset
alicui, legenti placiturum. De hoc ipso et quibusdam aliis sub persona conantis
erigere mentem suam ad contemplandum Deum, et quaerentis intelligere quod
credit, subditum scripsi opusculum. Et quoniam nec istud nec illud cujus supra
memini, dignum libri nomine, aut cui auctoris praeponeretur nomen judicabam:
nec tatuen sine aliquo titulo, quo aliquem in cujus manus venirent, quodammodo
ad se legendum invitarent, dimittenda putabam, unicuique dedi titulum: ut exemplum
meditandi de ratione fidei, etsequens fides quaerens intellectum diceretur.
Sed cum jam a pluribus et his titulis utrumque transumptum esset, coegerunt me
plures et maxime reverendus Archiepiscopus Lugdunensis Hugo nomine, fungens in
Gallia legatione apostolica, praecepit auctoritate, ut nomen meum illis
prxscriberem. Quod ut aptius fieret illud quidem Monoloquium, id est,
soliloquium, istud vero Prosoloquium, id est Alloquium nominavi.
Por lo tocante a lo que he indicado relativamente a
la demostración de la existencia de Dios en lo que se adelantó a Descartes,
léanse los pasajes siguientes, sin que por esto intente yo manifestar mi
opinión sobre el mérito de la demostración mencionada. Aquí se trata de
observar la marcha del espíritu humano, no de resolver cuestiones
filosóficas.
Prosoloquium
D. Anselmi,cap. III.
Quod Deus
non possit cogitari non esse.
Quod utique
sic vere est, ut nec cogitari possit non esse. Nam potest cogitari esse
aliquid, quod non possit cogitari non esse, quod majus est quam quod non esse
cogitari potest. Quare si id, quo majus nequit cogitari, potest cogitari non
esse: idipsum, quo majus cogitari nequit, non est id quo majus cogitari nequit,
quod convenire non potest. Sic ergo vere est aliquid, quo majus cogitari non
potest, ut nec cogitari possit non esse. Et hoc es tu, Domine Deus Noster. Sic
ergo vere es, Domine Deus meus, ut nec cogitari possis non esse. Et merito. Si
enim aliqua mens posset cogitare aliquid melius te, ascenderet creatura super
Creatorem: et judicaret de Creatore, quod valde est absurdum. Et quidem
quid-quid est aliud praeter solum te, potest cogitari non esse. Solus igitur
verissime omnium, et ideo maxime omnium babes esse. Cur itaque, dixit
insipiens in corde suo: non est Deus? Cum causa in promptu sit rationali menti,
te maxime omnium esse? Cur, nisi stultus et insipiens?
Quomodo
insipiens dixit in corde suo quod cogitari non potest. Cap. IV.
Verum
quomodo dixit insipiens in corde suo quod cogitare non potuit: aut quomodo
cogitare non potuit quod dixit in corde, cum idem sit dicere in corde, et
cogitare? Quod si vere, imo quia vere, et cogitavit: quia dixit in corde et non
dixit in corde, quia cogitare non potuit; non uno tantum modo dicitur aliquid
in corde vel cogitatur. Aliter enim cogitatur res, cum vox eam significans
cogitatur: aliter cum idipsum, quod res est, intelligitur. Illo itaque modo,
potest cogitari Deus non esse: isto vero, minime. Nullus quippe intelligens id quod
Deus est, potest cogitare quia Deus non est: licet haec verba dicat in corde,
aut sine ulla, aut cum aliqua extranea significatione. Deus enim
est id quo majus cogitari non potest. Quod qui bene intelligit, utique
intelligit idipsum sic esse, ut nec cogitatione queat non esse. Qui ergo
intelligit sic esse Deum, nequit eum non esse cogitare. Gratias tibi, bone
Domine, gratias tibi, quia quod prius credidi te donante, jam sic intelligo te
illuminante: ut si te esse nolim credere, non possim non intelligere.
Ejusdem
Beati Anselmi Liber pro insipiente incipit.
Dubitanti,
utrum sit; vel neganti quod sit aliqua talis natura, qua nihil majus cogitari
possit: tamen esse illam, huic dicitur primo probari: quod ipse negans vel
ambigens de illa, quod dicitur intelligit; deinde, quia quod intelligit necesse est, ut non in solo intellectu, sed
etiam in re sit. Et hoc ita probatur: quia majus est esse in intellectu et in
re, quam in solo intellectu. Et si illud in solo est intellectu, majus illo
erit quidquid etiam fuerit in re, at si majus omnibus, minus erit aliquo, et
non erit majus omnibus, quod utique repugnat. Et ideo necesse est ut majus
omnibus, quod est jam probatum esse in intellectu, et in re sit: quoniam aliter
majus omnibus esse non poterit. Responderi potest, quod hoc jam esse dicitur in
intellectu meo, non ob aliud, nisi quia id quod dicitur intelligo.
Por los
pasajes que acabo de insertar habrán podido convencerse los lectores de que en
Para convencer de cuán falsamente afirma
Guizot que Abelardo no atacaba las
doctrinas de
EPISTOLA
CCCLXX
Reverendissimo Patri et Domino, INNOCENTIO
Dei gratia summo Pontifici, Henricus
Senonensium Archiepiscopus,Dasrnotensis Epiiscopus, Sanctae Sedas Apostolicae
famulus, Aurelianensis, Antisiodorensis, Trecensis, Meldensis Episcopus
devotas orationes et devitam obedientiam.
Nulli
dubium est quod ea quae Apostolica firmantur auctoritate, ratta semper
existunt: nec alicujus possuent deinceps mutilari cavillatione, vel invidia
depravari. Ea propter ad vestram Apostolicam Sedem, Beatissime
Pater, referre dignun censuimus Quaedam qua nuper in nostra contigit tractari prasentia. Quae quoniam et nobis, et
multis religiosis ac sapientibus viris rationabiliter acta visa sunt, vestrae
serenitatis expectant comprobari
judicio, simul et auctoritate perpetuo roborari. Itaque cum per totam
ferie Galliam in civitatibus, vicis et castellis, a Scholaribus non solum
intra Schollas, sedetiam triviatum nec a linera tris, aut provectis tantum, sed
a pueris et simplicibus, aut certe
stultis, de Sancta Trinitate,
quae Deus est, disputaretur: insuper alia multa ab eisdem, absona prorsus et
absurda, et plane fidei Catholicae, sanctorumque Patrum auctoritatibus
obviantia preferrentur: cumque ab his qui sane sentiebant, et eas ineptias
rejiciendas esse censebant, saepius admoniti corriperentur, vehementius
convalescebant, et auctoritate magistri sui Peto Abailardi, et cujusdam ipsius
libri, cui Theologiae indiderat
nomen; necnon et aliorum ejusdem opusculorum freti, ad astruendas
adinventiones illas, non sine multarum animarum dispendio, sese magis ac magis
armabant. Qua enim et nos et alios pluses non parum moverant ac laserant; ande
tamen quaetionem facere verebantur.
Verum
Dominus Abbas Clarae-vallis, his a diversis et saepius auditis, immo certe in
praetaxato magistri Petri Theologiae libro,
nec non et aliis ejusdem libris, in quorum forte lectionem incederat,
diligenter inspectis, secreto prius, ac deinde secum duobus aut tribus
adhibitis testibus, juxta Evangelicum praeceptum, hominem convenit. Et ut
auditores suos a talibus compesceret, librosque suos corrigeret, amicabiliter
satis ac familiariter illum admonuit. Plures etiam Scholarium adhortatus
est, ut et libros venenis plenos repudiarent et rejicerent: et a
doctrina, quae fidem laedebat Catholicam, caverent et abstinerent.
Quod magister Petrus minus patienter et nimium
aegre ferens, crebro nos pulsare coepit, nec ante voluit desistere, quoad
Dominum Clara-vallensem Abbatem super hoc scribentes, assignato die, scilicet
octavo Pentecostes, Senonis ante nostram submonuimus venire praesentiam; quo
se vocabat et offerebat paratum magister Petrus ad probandas et defendendas de
quibus illum Dominus Abbas Clara-vallensis, quomodo praetaxatum est,
reprenhenderat sententias. Caeterum Dominus Abbas, nec ad assignatum diem se
venturum, nec contra Petrum sese disceptaturum nobis remandavit. Sed quia
magister Petrus interim suos nihilominus coepit undequaque convocare
discipulos, et obsecrare, ut ad futuram inter se, Dominumque Abbatem
Clara-vallensem disputationem, una cum illo suam sententiam simul et scientiam
defensuri venirent; et hoc Dominum Clara-vallensem minime lateret; veritus
ipse, ne propter occasionem absentiae suae tot profanae, non sententiae sed
insaniae, tam apud minus intelligentes, quam earumdem defensores majore dignae
viderentur auctoritate, praedicto quem sibi designaveramus die, licet eum
minime suscepisset, tactus zelo pii fervoris, imo certe sancti Spiritus igne
succensus, sese nobis ultro Senonis prae-sentavit. llla vero die, scilicet octava
Pentecostes, convenerant ad nos Senonis Fratres et Saffraganei nostri Episcopi,
ob honorem et reverentiam sanctorum, quos in Ecclesia nostra populo
revelaturos nos indixeramus, Reliquiarum.
Itaque
presente glorioso Rege Francorum Ludovico cum Wilhelmo religioso Nivernis
Comite Domino quoque Rhemensi Archiepiscopo, cum quibusdam suis suffraganeis
Episcopis nobis etiam, et suffraganeis nostris, exceptis Parisiis et Nivernis,
Episcopis praesentibus, cum multis religiosis Abbatibus et sapientibus, valdeque
litteratis clericis adfuit Dominus Abbas Clara-vallensis; adfuit magister
Petrus cum fautoribus suis. Quid multa? Dominus Abbas cum librum Theologiae
magistri Petri proferret in medium, et qua annotaverat absurda, imo haeretica
plane capitula de libro eodem proponeret, ut ea magister Petrus vel a se
scripta negaret, vel si sua fateretur, aut probaret, aut corrigeret, visus est
diffidere magister Petrus Abailardus, et subterfugere, respondere noluit, sed
quamvis libera sibi daretur audientia, tutumque locum, et aequos haberet
judices, ad vestram tamen, sanctissime Pater, appellans praesentiam, cum suis a
conventu discessit.
Nos
autem, licet appellatio ista minus Canonica videretur, Sedi tamen Apostolicae
deferentes, in personam hominis nullam voluimus proferre sententiam: Caeterum
sententias pravi dogmatis ipsius, quia multos infecerant, et sui contagione ad
usque cordium intima penetraverant, saepe in audientia publico lectas et
relectas, et tam verissimis rationibus, quam Beati Augustini, aliorumque
Sanctorum Patrum inducti a Domino Clara-vallensi auctoritatibus, non solum
falsas, sed et haereticas esse evidentissime comprobatas, pridie ante factam ad
vos appellationem damnavimus. Et quia multos in errorem perniciossimum et
plane damnabilem pertrahunt, eas auctoritate vestra, dilectissime Domine,
perpetua damnatione notari; et omnes qui pervicaciter et contentiose illas
defenderint, a vobis, aequissime Pater, justa poena mulctari unanimiter et
multa precum instantia postulamus.
Saepe
dicto vero Petro, si Reverentia vestra silentium imponeret, et tam legendi,
quam scribendi prorsus interrumperet facultatem, et libros ejus perverso sine
dubio dogmate respersos condemnaret, avulsis spinis et tribulis ab Ecclesia
Dei, praevaleret adhuc laeta Christi seges succrescere, florere, fructificare.
Quaedam autem de condemnatis a nobis capitulis vobis, Reverende Pater,
conscripta transmisimus, ut per haec audita reliqui corpus operis facilius
aestimetiss.
Véase
cómo explica San Bernardo el método y los errores del famoso Abelardo. En el
capítulo I del tratado que escribió con el título De erroribus Petri Abailardi
dice:
Habemus
in Francia novum de veteri magistro Theologum, qui ab ineunte aetate sua in
arte dialectica lusit; et nunc in Scripturis sanctis insanit. Olim damnata et
sopita dogmata, tam sua videlicet quam aliena suscitare conatur, insuper et
nova addit. Qui dum omnium qua sunt in celo sur-sum, et qua; in terra deorsum,
nihil praeter solum Nescio nescire dignatur; ponit in coelum os suum, et scrutatur
alta Dei, rediensque ad nos refert verba ineffabilia, quae non licet homini
loqui. Et dum paratus est de omnibus
reddere
rationem, etiam quae sunt supra rationem et contra rationem praesumit, et
contra fidem. Quid enim magis contra rationem, quam ratione rationem
conari transcendere? Et quid magis contra fidem, quam credere nolle quidquid
non possit ratione attingere?
Y en el
capítulo 49 recopila en breves palabras los desvaríos del dialéctico.
Sed
advertite caetera. Omitto quod dicit spiritum timoris Domini non fuisse in
Domino: timorem Domini castum in futuro saeculo non futurum: post
consecrationem panis et calicis priora accidentia quae remanent pendere in
aere: daemonum in nobis suggestiones contactu fieri lapidum et herbarum, prout
illorum sagax malitia novit; harum rerum vires diversas, diversis incitandis
et incendendis vitiis, convenire: Spiritum Sanctum esse animam mundi: mumdum
juxta Platonem tanto excellentius animal esse, quanto meliorem animam habet
Spiritum Sanctum. Ubi dum multum sudat quo modo Platonem faciat christianum,
se probat ethicum. Haec inquam omnia, aliasque istiusmodi noenias ejus non
paucas praetereo, venio ad graviora. Non quod vel ad ipsa cuneta respondeam,
magnis enim opus voluminibus esset. Illa loquor quae tacere non possum.
Cum de Trinitate loquitur, dice en
El Papa
Inocencio, al condenar las doctrinas de Abelardo, dice: In Petri Abailardi
perniciosa doctrina, et praedictorum haereses et alia perversa dogmata
catholicae fidei obviantia pullulare coeperunt.-